Parece tan milagroso ver como de repente comienzan a agitarse las cosas que siempre han permanecido muertas, inmóviles ¿No?.
Una vez estuve mirando en una plaza, en la que no había nadie y sin que notara el viento, puesto que me hallaba a cubierto tras una casa, como unos enormes trozos de papel corrían girando como locos y se perseguían unos a otros, como si se hubiesen jurado la muerte. Un momento mas tarde parecían haberse calmado, pero de repente les sobrevino un brusco enfado y, con una rabia sin sentido, se movieron a toda velocidad de un lado para otro, se apretujaron en una esquina y de nuevo se separaron como posesos para, finalmente, desaparecer tras una esquina.
Un grueso periódico fue el único que no pudo seguirlos; se quedo tirado en el asfalto y se abría y cerraba lleno de odio; parecía que le faltara el aliento y procurara respirar. Me sobrevino una oscura sospecha: ¿Que pasaría si, al fin de cuentas, las cosas con vida fueran algo semejante a esos trozos de papel? ¿No es posible que haya un viento incomprensible e invisible que nos llevara de un lado para otro, y determinara nuestras acciones, mientras que nosotros, en nuestra simpleza, creemos vivir bajo nuestra propia y libre voluntad? ¿Y si la vida en nosotros no fuera mas que un enigmático remolino de aire?.

Libro: El Golem.

Autor: Gustav Meyrink

Anuncios
Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

La soberbia en el periodismo deportivo (por César Luis Menotti)

Menotti: Hay que tener mucho cuidado. Yo veo las agresiones, la soberbia de tipos que no jugaron nunca al fútbol y agreden, ofenden. Dicen: “Se equivocó en el cambio, tendría que entrar tal”. ¿Vos quién sos? Decí que el cambio que hizo perjudicó al equipo. Y listo. Pero no digas que vos hubieses hecho otro cambio. ¡Vos no lo vas a hacer nunca porque no sos entrenador! Hay un conjunto de pibes jóvenes que creen que saben todo y analizan con una soberbia que no se condice con su condición de periodista. “Yo el penal lo hubiese tirado…”. ¡No, vos no lo hubieses tirado ni lo vas a tirar nunca porque vos no vas a entrar nunca a jugar 11 contra 11 en la cancha de Boca! Entonces aprendé, escuchá lo que se siente al ponerse una camiseta y entrar en una cancha. Sé prudente. Esto no quiere decir ser obsecuente, pero sé prudente. Hay una imprudencia en el periodismo que también atrapa a los entrenadores”,

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Cuesta tanto a veces cumplir las pequeñeces ( por Lucio V. Mansilla)

Yo me dispuse a cumplir sus últimas voluntades.

Llamé al sargento primero de la compañía de Granaderos, y con esa preocupación fanática que nos hace cumplir estrictamente los caprichos póstumos de los muertos queridos, le pagué el peso que le debía el cabo.

Confieso que después de hacerlo, sentía un consuelo inefable. ¡Cuesta tanto a veces cumplir las pequeñeces!

Es por eso que el hombre debe ser observado y juzgado por sus obras chicas, no por sus obras grandes.

En el cumplimiento de las últimas, está interesado generalmente el honor o el crédito, el amor propio o el orgullo, el egoísmo o la ambición.

En el cumplimiento de las primeras no influye ninguno de esos poderosos resortes del alma humana, sino la conciencia.

Libro: Una excursión a los indios ranqueles

Autor: Lucio V. Mansilla

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Bar VIII (por Alejandro Dolina)

El Hombre Sabio se sentó en silencio. El loro dijo:
—El amor es una puerta y un beso es la llave. Eso explica el fervor amoroso de todos los parroquianos. Y el carácter efímero de todos los romances. Aquí nos amamos a paso de búsqueda. Sólo nos detenemos a mirar al otro el tiempo indispensable para saber que no es el que buscábamos. Sin embargo, cada elección incorrecta refuerza la esperanza del amante desengañado.
El secreto está en no comprender, en no advertir que no importa cómo se repartan las parejas. Ningún amor está por encima de los demás y todas las llaves están falseadas. Pero conviene no saberlo.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

La tribu (por Isaac Asimov)

– Los solarianos -dijo Baley- han renunciado a algo que la humanidad ha tenido durante un millón de años, algo más valioso que el poder atómico, las ciudades, la agricultura, las herramientas, el fuego, todo, porque es algo que hizo posible todo lo demás.

-No me haga adivinar, Baley. ¿A qué se refiere?

-La tribu, señor viceministro. La colaboración entre individuos. Solaria la ha desechado por completo. Es un mundo de individuos aislados y el único sociólogo del planeta está encantado que sea así. Ese sociólogo, por cierto, nunca oyó hablar de la sociomatemática, porque esta inventando su propia ciencia. No hay nadie que pueda enseñarle, nadie que pueda ayudarle, nadie que pueda pensar en algo que él podría pasar por alto.

 

Libro: El sol desnudo

Autor: Isaac Asimov

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Manejando a través del infierno (por Charles Bukowski)

La gente está exhausta, infeliz y frustrada, la gente es
amarga y vengativa, la gente está engañada y temerosa,
la gente es iracunda y mediocre
y yo manejo entre ellos en la autopista y ellos
proyectan lo que les han dejado de sí mismos
en su manera de manejar.
Algunos más odiosos, algunos más disimulados
que otros.
A algunos no les gusta que los pasen, e intentan
evitar que otros lo hagan.
Algunos intentan bloquear los cambios de carril.
Algunos odian los autos más nuevos, más caros.
Otros en esos autos odian los autos más viejos.
La autopista es un circo de emociones
chiquitas y baratas, es
la humanidad en movimiento, la mayoría
viniendo de un lugar que
odia
y yendo a otro lugar que odia todavía
más.
Las autopistas nos enseñan en qué
nos hemos convertido y
muchos de los choques y muertes son la colisión
entre seres incompletos, entre vidas penosas
y dementes.
Cuando manejo por las autopistas veo el alma de
mi ciudad y es fea, fea, fea: los vivos han
estrangulado
su corazón.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Dios es el dolor producido por el horror a la muerte (por Fiódor Dostoyevski)

Y, según usted, ¿qué es lo que impide a la gente suicidarse? —pregunté. Me miró distraídamente, como si tratase de recordar lo que estábamos diciendo.

—Sé…, sé poco todavía… Dos prejuicios impiden a la gente, dos cosas; sólo dos: una muy pequeña y otra muy grande. Ahora bien, la pequeña es también grande.

—¿Cuál es la pequeña?

—El dolor físico.

—¿El dolor? ¿Es eso tan importante… en tales casos?

—Lo más importante. Hay dos clases: los que se matan por una congoja aguda, o por despecho, o por locura, o por lo que sea…, esos se matan de improviso. Esos apenas piensan en el dolor físico, y se matan de improviso. Hay otros que lo hacen por raciocinio…; ésos piensan mucho.

—Pero ¿de veras hay quienes lo hacen por raciocinio?

—Muchísimos. Si no fuera por el prejuicio que hay, habría más; muchísimos; todos.

—¿Cómo que todos?

Guardó silencio.

—¿Es que no hay modos de morir sin dolor?

—Figúrese —dijo parándose ante mí—, figúrese una piedra del tamaño de una casa grande; está suspendida en el vacío y usted debajo de ella; si se le cae encima, en la cabeza, ¿sentirá usted dolor?

—¿Una piedra como una casa? Horrible, claro.

—No hablo de horror. ¿Le causará dolor? —¿Una piedra como una montaña, con un peso de millones de libras? Claro que no lo causará. —Pero si está usted debajo de ella mientras está suspendida tendrá miedo de que le cause dolor. Todos tendrán miedo: el mayor sabio del mundo, el mejor médico, todos. Todos sabrán que no causará dolor y todos tendrán miedo de que lo cause.

—Bien, ¿y cuál es el motivo importante?

—El otro mundo.

—Es decir, el castigo.

—No importa eso. El otro mundo, nada más que el otro mundo.

—Pero ¿es que los ateos creen en el otro mundo?

Se quedó callado otra vez.

—¿Usted quizá juzga por usted mismo?

—Nadie puede juzgar por sí mismo —dijo encolerizado—. La libertad completa existirá cuando dé lo mismo vivir que no vivir. Esa es la meta que todo hombre persigue.

—¿La meta? Pero quizás entonces nadie querrá vivir…

—Nadie —sentenció sin vacilar.

—El hombre teme la muerte porque ama la vida; así es como lo entiendo yo —apunté— y así es como lo ordena la naturaleza.

—Eso es ruin y ahí es donde está todo el engaño —dijo con ojos chispeantes—. La vida es dolor, la vida es terror y el hombre es desdichado. Ahora todo es dolor y terror. Ahora el hombre ama a la vida porque ama el dolor y el terror, y ahí está todo el engaño. Ahora el hombre no es todavía lo que será.

Habrá un hombre nuevo, feliz y orgulloso. A ese hombre le dará lo mismo vivir que no vivir; ése será el hombre nuevo. El que conquiste el dolor y el terror será por ello mismo Dios. Y el otro Dios dejará de serlo.

—Entonces, según usted, ¿ese otro Dios existe?

—No existe, pero es. En la piedra no hay dolor pero sí lo hay en el horror de la piedra. Dios es el dolor producido por el horror a la muerte. Quien conquiste el dolor y el horror llegará a ser Dios. Entonces habrá una vida nueva, un hombre nuevo, todo será nuevo. Entonces la historia se dividirá en dos partes: desde el gorila hasta la aniquilación de Dios y desde la aniquilación de Dios hasta…

—¿Hasta el gorila?

—Hasta la transformación física de la tierra y el hombre. El hombre será Dios y se transformará físicamente; y el mundo se transformará, y se transformarán las cosas, y las ideas y todos los sentimientos. ¿Qué piensa usted? ¿Se trasformará entonces el hombre físicamente?

—Si todo da lo mismo, vivir o no vivir, todos se matarán, y en eso quizá consistirá la transformación.

—Da lo mismo. Matarán el engaño. Todo el que quiera la libertad suprema debe tener el atrevimiento de matarse. Quien se atreva a matarse habrá descubierto el secreto del engaño. Más allá de eso no hay libertad; ahí está todo; más allá no hay nada. Quien se atreve a matarse es un dios. Ahora cualquiera puede hacer que no haya Dios y que no haya nada. Pero nadie lo ha hecho hasta ahora.

—Ha habido millones de suicidas.

—Pero no ha sido por eso; ha sido por terror y no por eso; no ha sido para matar el terror. Quien se mate sólo por eso, para matar el terror, llega en ese instante mismo a ser Dios.—Tal vez no tenga tiempo —observé yo.

—Da lo mismo —respondió con calma, con sosegado orgullo, diría que con cierto desprecio—. Lo lamento, pero usted parece reírse —agregó al rato.

—No comprendo muy bien el hecho de que esta mañana estuviera usted tan irritado y que ahora esté tan tranquilo, aunque habla acaloradamente.

—¿Esta mañana? Lo de esta mañana fue ridículo —contestó sonriendo—. No me gusta lanzar improperios a la gente y no me río nunca —añadió tristemente.

—Sí. Se ve que no pasa usted las noches muy alegremente con eso de beber té —me levanté y recogí la gorra.

—¿Eso piensa? —se sonrió con un aire de sorpresa—. ¿Y por qué no? No…, no sé —volvió a turbarse—, no sé de otros, pero yo tengo la sensación de que no puedo hacer lo que hacen otros. Cada cual piensa en algo y enseguida pasa a pensar en otra cosa. Yo no puedo pensar en otra cosa; toda mi vida he pensado en lo mismo. Dios me ha atormentado toda mi vida —concluyó de pronto con notable candor.

Libro: Los demonios

Autor: Fiódor Dostoyevski

 

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Una generosa idea que acaba por esclavizarlos para siempre (por Dostoyevski)

Era uno de esos rusos idealistas de quienes se apodera de pronto una generosa idea que acaba por esclavizarlos para siempre. Son incapaces de sobreponerse a ella, la abrazan con pasión y pasan el resto de su vida como en las últimas convulsiones bajo un peñasco que se ha desplomado sobre ellos y los tiene medio aplastados.

Libro: Los demonios

Autor: F. Dostoyevski

Alianza Editorial. Página 52

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Esta bandera no ondea con cariño (por Charles Bukowski)

hoy todo son ordenadores y más ordenadores

y pronto todo el mundo tendrá uno,

los niños de 3 años tendrán ordenadores

y todo el mundo conocerá todo

lo relacionado con los demás

mucho antes de que lleguen a conocerse

y por eso nadie querrá conocerse.

nadie querrá conocer a nadie

nunca jamás

y todos serán

unos solitarios

como lo soy yo hoy.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Y no hay prácticamente nada de trágico en ello (por Haruki Murakami)

Hay cosas de las que uno se olvida, otras desaparecen y otras mueren. Y no hay prácticamente nada de trágico en ello.

Libro: La caza del carnero salvaje

Autor: Haruki Murakami

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

No siempre podemos decir qué es lo que nos mantiene encerrados (por Vicent Van Gogh)

No siempre podemos decir qué es lo que nos mantiene encerrados, lo que nos confina, lo que parece enterrarnos, y sin embargo sentimos ciertas barreras, ciertas rejas, ciertos muros. ¿Es todo ello imaginación, fantasía? Yo no lo creo. Y entonces nos preguntamos: Dios mío, ¿va a durar mucho, va a durar siempre, va a durar toda la eternidad? ¿Y sabes qué es lo que nos libera de esa cautividad? Un afecto muy profundo y muy serio. Ser hermanos, ser amigos, el amor, eso es lo que abre las puertas de la cárcel gracias a un poder supremo, a una fuerza mágica,
Vicent Van Gogh, carta a su hermano, Julio de 1880

 

(extraído del principio de la gran autobiografía de Andre Agassi)

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

El coronel dice que te quiero (por Juan Forn)

Cuando un escritor no puede publicar, cuando las editoriales le rechazan cada cosa que manda, ¿cómo llama a lo que guarda en el cajón? Solos de máquina de escribir, les decía Sergei Dovlatov, y tenía una buena cantidad de ellos en sus cajones, en la Unión Soviética de Brezhnev. Dovlatov fue discípulo de Anna Ajmátova y de Joseph Brodsky, aprendió de ellos a tener la guardia alta siempre, pero su época ya era herbívora: “Los herederos de Stalin son decepcionantes. En tiempos de Stalin se publicaban libros, y luego se fusilaba a los autores. Ahora ni se fusila ni se publica”. Por decir cosas como esta, el joven Dovlatov fue a parar a un campo en Siberia… pero como guardia: así habían cambiado los tiempos en la URSS, de Stalin a Kruschev y la gerontocracia.

Dovlatov quería estudiar Letras pero le dieron a elegir: tractorista o servicio militar. Eligió servicio militar: lo mandaron de guardia a un penal de delincuentes comunes en Siberia, donde pasó más tiempo castigado en una celda que como carcelero. Volvió tres años después a Leningrado con un libro en la mochila. La novedad de aquel libro era que rebatía la representacion clásica de la literatura concentracionaria: el prisionero como víctima y el guardia como encarnación del régimen. Dovlatov mostraba en cambio lo que tenían en común, la influencia mutua: “Los carceleros no se distinguen demasiado de los presos. Hablan la misma jerga, piensan las mismas cosas. Y el mundo exterior tampoco se distingue mucho del mundo carcelario. A ambos lados del alambre hay un mundo básicamente igual, poblado por habitantes mezquinos, egoístas, estúpidos, perezosos y venales”.

El joven Dovlatov volvió con ese libro en la mochila y, según sus propias palabras, aburrió a todo el mundo. “Entendí por qué Turgueniev se burlaba de Dostoievski recién salido de prisión. Quizá sea una ligera bravuconada demostrar familiaridad con un material de la vida tan inquietante para los demás”. Desde que volvió de Siberia en 1964 hasta que fue expulsado por indeseable de la URSS en 1978, Dovlatov no logró publicar nada en su país. En los doce años siguientes, en Nueva York, publicó doce libros cortitos y fulgurantes y después murió tal como había vivido: de un coma alcohólico. Ya conté su historia acá, un viernes hace años (“El borracho de la casa toma la palabra”), pero la muchachada platense del sello Añosluz acaba de editar otro de los libros de Dovlatov, con el hermoso título de El Oficio, y no pude resistir la tentación, porque la buena noticia es doble: no se trata en realidad de un libro sino de dos juntos, que hablan de lo mismo. El primero se llama “El libro invisible” y cuenta las tribulaciones de Dovlatov para intentar publicar en la URSS aquel libro sobre su experiencia carcelaria. El segundo se llama “El diario invisible” y cuenta la delirante experiencia de hacer un diario en ruso en Nueva York.

La gran diferencia entre Leningrado y Nueva York según Dovlatov era que, allá, la ausencia de oportunidades le daba el derecho a considerarse un genio no reconocido: “Para mis amigos en Rusia, la falta de éxito oficial se veía compensada con una morbosa satisfacción: fracasar era nuestra manera de derrotar la estupidez que nos rodeaba, lo único que sabíamos hacer bien”. En Nueva York, en cambio, descubrió que “el severísimo mandato de ser geniales” era lo que le había impedido hasta entonces dominar el propio oficio. Ahora en Occidente podría decir lo que quisiera y publicar cualquier cosa que escribiera, porque de golpe tuvieron, él y tres amigos, un diario entero a su disposición. No sabían inglés, no tenían una moneda, desconocían hasta lo más rudimentario de la rutina periodística, cuando un simpático mecenas les dio 16 mil dólares y les pidió “un diario ruso para judíos”. En realidad salía una vez por semana, igual que el otro diario en ruso que existía en Nueva York, que llevaba sesenta años clavado en el tiempo, glorificando la monarquía de los Romanov y el catolicismo ortodoxo.

Dovlatov y sus amigos aplicaron en su diario la teoría de la lógica inversa: lo que no se podía en la URSS sí se podía en Occidente, pensaron, y dieron rienda suelta al sarcasmo que era moneda corriente pero rigurosamente clandestina en la URSS. Hicieron por escrito lo que se practicaba sólo en forma oral en su país. Por un instante fueron un éxito entre la comunidad de emigrados rusos, hasta que el diario rival los acusó de ser agitadores profesionales enviados por Moscú, y no paró hasta hundirlos. En un momento fabuloso de El Oficio, Dovlatov le contesta al geronte director del otro diario: “Somos la tercera ola de la emigración, tenemos una sensibilidad enfermiza a la demagogia y a la propaganda, y un rechazo instintivo a la retórica, tenemos una desorientación moral y política y una resistencia vital que se transforma fácilmente en agresión. Odiamos el estéril espiritismo de la segunda ola y nos hacen reír los delirios infantiles de ustedes, los de la primera ola. Sí, nosotros tenemos lo soviético adentro, es cierto. Nuestra tarea principal es vencernos a nosotros mismos. El régimen no es nuestro único enemigo. Somos rusos: además está nuestra estupidez y nuestra pereza y nuestro egoísmo y nuestro fariseísmo y nuestra intolerancia y codicia y venalidad”.

Lo que más temía Dovlatov en Occidente era transformarse en “escritor occidental promedio”. No había mucho riesgo de que eso sucediera. “El encanto, como se sabe, equilibra toda clase de defectos”, dijo una vez. Cierto; cien por ciento cierto en su caso. “El talento es como la lujuria. Difícil de disimular. Y más difícil todavía de simular”, dijo también. “Las cartas en las que ofrezco un texto a una revista o a una editorial las hago siempre en papel de lija, para que no se las puedan pasar por el culo”. Podría seguir citando dagas voladoras como ésta hasta el final de la página, pero prefiero terminar con mi momento Dovlatov favorito. Ocurre cuando su mujer emigra, con la hijita de ambos, a Estados Unidos. Él no quiere saber nada con irse, le firma los papeles de divorcio y sale a festejar con los amigos, en un raid etílico que culmina dieciocho meses después, frente a un coronel de la KGB, que le dice, desde el otro lado del escritorio: “Escúcheme, Dovlatov, mire las cartas que le escribe a esta mujer, ¿no se da cuenta de que la quiere? Hágame el favor, acá tiene el pasaporte. Deje de hacer papelones y váyase de una vez”. Dovlatov llama por teléfono a su mujer desde Leningrado para anunciarle que va para allá. Su esposa le pregunta por qué. “Porque el coronel dice que te quiero”, le contesta él.

(En el período entre que su esposa se fue y él partió de la URSS, esos meses que pasó mayormente alcoholizado, Dovlatov era guía en un museo Pushkin. Después escribió un libro sensacional sobre la experiencia, los muchachos de Añosluz lo tradujeron el año pasado: La Reserva Nacional Pushkin. La foto que acompaña estas líneas es de esa época. Dovlatov es, por supuesto, el gigante de camperón de cuero que mira fiero.)

 

Publicado en pagina 12

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Fragmentos de Conquista de lo inútil (por Werner Herzog)

Introducción
Con la desquiciada furia de un perro que ha hincado los dientes en la pierna de un ciervo ya muerto y tira del animal caído hasta el extremo de que el cazador abandona todo intento de calmarlo, se apoderó de mí una visión: la imagen de un enorme barco de vapor en una montaña. El barco que, gracias al vapor y por su propia fuerza, remonta
serpenteando una pendiente empinada en la jungla, y por encima de una naturaleza que
aniquila a los quejumbrosos y a los fuertes con igual ferocidad, suena la voz de Caruso, que acalla todo dolor y todo chillido de los animales de la selva y extingue el canto de los
pájaros. Mejor dicho: los gritos de los pájaros, porque en este paisaje inacabado y
abandonado por Dios en un arrebato de ira, los pájaros no cantan, sino que gritan de dolor, y árboles enmarañados se pelean entre sí con sus garras de gigantes, de horizonte a horizonte, entre las brumas de una creación que no llegó a completarse. Jadeantes de
niebla y agotados, los árboles se yerguen en este mundo irreal, en una miseria irreal; y yo, como en la stanza de un poema en una lengua extranjera que no entiendo, estoy allí,
profundamente asustado.
San Francisco, 18 | 6 | 79

….

A la noche terminé de leer un libro, y como me sentía muy solo, enterré el libro al borde de la selva con una pala prestada.

…..

La vida en el mar debe ser el más puro infierno, un infierno de peligro constante e inmediato, que no se acaba, a tal punto insoportable que, durante la evolución, algunas especies —el hombre incluido— se arrastraron, huyeron a algunos témpanos de tierra firme, que después serían los continentes

……

Siento que estoy en una sala de conciertos donde se estrena una obra orquestal poco conocida y al final nadie sabe bien si terminó, es decir si deben aplaudir, y como nadie quiere quedar como un ignorante empezando demasiado temprano a batir las palmas, cada uno espera un momento a ver qué hacen los demás, ese momento de silencio e indecisión en el que la ovación no acude a redimir: en ese momento, pero dilatado por meses, he caído ineluctablemente.

……

 

 

Libro: Conquista de lo inútil

Autor: Werner Herzog

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Por un momento se apoderó de mi la sensación de que mi trabajo, mi visión, me destruirían (por Werner Herzog)

Por un momento se apoderó de mi la sensación de que mi trabajo, mi visión, me destruirían, y por un segundo me permití una mirada sobre mí mismo que de otra forma no consentiría jamás: por instinto, por principio, por un impulso de supervivencia, una mirada nacida de una curiosidad más bien material: si mi visión no me había destruido ya. Me tranquilizó saber que aún respiraba

Libro: Conquista de lo inútil

Autor: Werner Herzog

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

En su idioma no hay ninguna expresión para “Gracias” (por Werner Herzog)

La familia que nos había dado la olla con agua caliente se nos acercó en grupo y preparamos atún para ellos y les dimos té, acá es costumbre compartir siempre la comida . Walter dice que es tan natural que en su idioma no hay ninguna expresión para “Gracias”.

Libro: Conquista de lo inútil

 Autor: Werner Herzog

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario