El ateísmo y la maldad

 

El ateísmo y la maldad

Por: Mauricio García Villegas

 

EN COLOMBIA MUCHA GENTE CREE que los ateos son gente que está más cerca del mal que los creyentes.

 

Así lo sugiere una encuesta reciente en donde el 51% de los colombianos desconfía de un presidente que no crea en Dios. Me inquieta ese porcentaje tan alto, y el hecho de que en los Estados Unidos suceda algo parecido no me parece ningún consuelo.

La identificación entre ateísmo y maldad pudo haber tenido alguna justificación en el pasado, cuando no había explicación para los fenómenos naturales más simples, como la salida del sol, las tormentas eléctricas o los eclipses. Cuando todo era un misterio la incertidumbre era insoportable. Los dioses cumplían entonces la función de mantener la esperanza y de evitar la desintegración social. Ser ateo era, en estas condiciones, ir en contra del orden establecido.     

Todo esto cambió radicalmente a mediados del siglo XIX, cuando Charles Darwin publicó su teoría de la evolución de las especies y puso en evidencia la larga duración del mundo y la compleja realidad del universo. Ningún libro sagrado pudo entonces superar la creatividad fáctica de la evolución natural. Desde entonces, el mundo empezó a desencantarse: la astronomía reemplazó a la astrología, el médico al exorcista y el historiador al cuentero.

El mejor conocimiento de la historia y de las culturas, en el siglo XX, también alimentó el escepticismo religioso. Hace cien mil años que apareció el primer ser humano sobre la Tierra y desde entonces ha habido infinidad de religiones, cada una con sus dioses y su liturgia. En la actualidad existen 19 grandes religiones y miles de credos pequeños. Casi todos surgieron en los últimos tres mil años. Si contamos hacia atrás, el número de dioses que ha existido se multiplica por miles, quizás por cientos de miles. Por eso, muchos ateos piensan que las deidades actuales desaparecerán algún día, de la misma manera como Zeus, Thor, Amón-Ra o los unicornios rosados desaparecieron en el pasado. Para ellos, también existe algo así como una teoría de la evolución de las religiones.

Desde un punto de vista escéptico, ser creyente es algo tan arbitrario, tan transitorio y también tan respetable como el patriotismo: ambos sentimientos se fundan en la convicción de que uno pertenece al mejor país y obedece al mejor dios, simplemente por el hecho de haber tenido unos padres y un lugar de nacimiento determinados.

Por supuesto que son muchas las cosas que la ciencia no puede probar, empezando por inexistencia de Dios (lo cual tampoco prueba que existe). Así las cosas, tener o no tener fe en un dios es una manera personal y legítima de lidiar con la duda que todos llevamos dentro, como parte de nuestra existencia. Los escépticos tienen tantas razones para no creer como los creyentes tienen razones para lo suyo, aunque cada uno piense que sus razones sean las mejores. El hecho es que la diferencia entre ambos no se puede plantear en términos de buenos y malos, como se hacía antes y como todavía lo hacen algunos creyentes (ni tampoco en términos de verdad y falsedad, como lo hacen algunos ateos).  

Antes de que usted lo diga, amigo lector, confieso que lo que acabo de escribir está lleno de banalidades, de ideas obvias. Lo que pasa es que en Colombia, con un Procurador que despacha con la Biblia, un Presidente que le reza a la Virgen María en los actos públicos y la mitad de la población que cree que para ser bueno hay que creer en Dios, lo trivial resulta siendo lo importante

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