Un artista de palacio(por Alejandro Dolina)

Un artista de palacio

El príncipe Yu Kiang, de la provincia de Kiang-si, solía entretener sus ocios convocando a su palacio a los artistas más renombrados de la región. Por cierto, en aquellas lejanías existía una antiquísima tradición de arte y sabiduría. Y algunos pensaban que allí vivían los mejores poetas del Imperio. Pero el príncipe tenía la drástica costumbre de hacer cortar las cabezas de los artistas que no alcanzaban a complacerlo. Y la verdad es que ninguno le agradaba. Acaso pensaba, como muchos poderosos, que un hombre sólo puede admirar lo que le es superior y que cualquier homenaje al mérito ajeno implica un reconocimiento de inferioridad.

En diez años, centenares de artistas habían cantado y pintado frente al príncipe Yu Kiang. Ninguno había sobrevivido. Al principio, esta crueldad fue un estímulo para los creadores jóvenes. Ellos pensaban que el príncipe estaba esperando nuevas formas de belleza para saludarlas con un perdón. Pero muy pronto resultó evidente que Yu Kiang no se conmovería jamás. Pasaron los años. Ya no quedaban artistas en las tierras de Kiang-si. El príncipe solía enviar melifluos embajadores a las provincias vecinas para seducir con engaños a actores remotos, que no conocían las costumbres de palacio. Un día, se presentó ante Yu Kiang un recitador de adivinanzas soeces. Vestía del modo menos discreto, se acompañaba con las toscas panderetas de los bárbaros de Tartaria y mostraba sus posaderas cuando alguno de los presentes equivocaba la solución de sus enigmas. Se llamaba K’iau Ni. El príncipe simpatizó instantáneamente con aquel individuo. Recordó, al oírlo, los mecanismos infantiles y vulgares que provocaban su risa y su admiración antes de que los preceptores taoístas lo previnieran contra la pereza del alma. Desde luego, le perdonó la vida. Pero además lo nombró ministro y cantor principal de la Administración de la Provincia. Todas las noches, K’iau Ni recitaba versos ínfimos y avergonzaba a las nobles doncellas con palabras indecentes. Su poder y su riqueza aumentaban día a día. Los jóvenes artistas registraron esta consagración como una señal estética y desde entonces, en la tierra de Kiang-si, todos los poetas quisieron ser como K’iau Ni. El lenguaje literario fue el mismo que el de los vendedores de limones. Ya nadie empleó su vida en hallar la secreta simpatía que vincula palabras y conceptos aparentemente lejanos. El arte tuvo un solo significado y no cuatro o cinco, como sostenían los poetas decapitados por Yu Kiang. Reglas milenarias como “La silla de al lado”, “El último ojal del Emperador”, “El ojo que no ve”, “Las siete similitudes” o “Lo que se dice distinto pero se escribe igual” fueron reemplazadas por incisos elementales, que remitían —por lo general— a las funciones menos nobles del cuerpo. —¿Qué tiene el pescador en su mano? —preguntaban los seguidores de K’iau Ni. Inmediatamente los cortesanos y capitanes de la guardia caían al suelo babeando de risa. El príncipe Yu Kiang ya no cortó la cabeza a ningún artista. Sus noches fueron animadas por los poetas cerriles de la escuela de K’iau Ni. Muchos creyeron que aquélla era una buena noticia y se alegraron por la suerte de los nuevos cantores. Pero los hombres sabios vaticinaron cosechas insuficientes, inundaciones pertinaces, lluvias de sangre y terremotos ejemplares, porque la cara del mal es la cara de la estupidez. Y porque ningún reino puede ser digno si el complejo misterio del arte es reemplazado por los pasatiempos de los mercaderes.

(BAR DEL INFIERNO – ALEJANDRO DOLINA)


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