El licenciado Rubén Carrasco

SUSTITUCIONES II

EL LICENCIADO RUBÉN CARRASCO

 

El licenciado Rubén Carrasco alquilaba un departamento barato en la calle Rivadavia. Para llegar a su puerta había que peregrinar por pasillos traicioneros y acertar con fórmulas precisas de letras y números. Las instalaciones eran lamentables y los inquilinos no eran dueños de guardar el mínimo secreto sonoro.

Una noche, mientras trataba de dormirse, Carrasco oyó un canto de mujer en el departamento vecino.

“Llueve, la calle está desierta…”

El licenciado se durmió pensando que tal vez tenía una vecina hermosa. Desde entonces, anduvo siempre atento, espiándole los ruidos a la mujer de al lado y eligiendo para sus modestos actos cotidianos, sonidos dignos y prudentes.

En pocos días, ya casi no había uno solo de sus ruidos que no estuviera destinado a la seducción. Había adquirido la costumbre de comentar en voz alta todas sus acciones y construía con mucho trabajo unas frases penetrantes que luego repetía a los gritos como si fueran una ocurrencia del momento.

Cuando los silencios se prolongaban demasiado, Carrasco se inquietaba. Temía que su vecina se ausentara para siempre. Muchas veces, acercaba una copa a la pared y permanecía largo rato esperando un rumor que lo tranquilizara.

Cierta madrugada, un sollozo despertó a Rubén Carrasco. En calzoncillos, corrió hasta la pared y con los labios besando el revoque sentenció:

—Ninguna palabra explica el llanto.

Y una voz le contestó:

—Por eso lloro.

Hubo un silencio demasiado largo. Los sollozos cesaron. Carrasco sintió la alarma del payador y comprendió que era necesario decir algo en ese mismo instante o callar definitivamente. Casi con desesperación manoteó el primer enunciado que pasó por su mente.

—Llueve, la calle está desierta.

Ella le preguntó si le gustaban los valses y entonces fueron construyendo a través del muro una interminable conversación de fingidos asombros ante coincidencias que son inevitables entre las personas vulgares. Ella le prometió que se llamaba Mara y que amaba la pintura.

Al otro día, reanudaron el diálogo y se entusiasmaron tanto en las mutuas descripciones que resolvieron demorar el encuentro personal y seguir con un juego de suposiciones al que llamaban la fantasía. Y así, algo tan simple como salir al pasillo y saludarse pasó a ser para ellos un sueño adolescente, un anhelo ennoblecido por la improbabilidad.

—Algún día estaremos juntos —se juraban a través de los ladrillos de canto.

Pasaron los meses. Mara y el licenciado Carrasco no dejaban de conversar ni un solo día. Establecieron un código de golpes en el tabique que reemplazaban ventajosamente a las palabras. Ella solía describirle minuciosamente los cuadros que decía pintar. Y él, en camiseta, le recitaba unos poemas de Almafuerte que había encontrado en una revista. Los amigos dejaron de visitar al licenciado, porque les prohibía cualquier palabrota y los instalaba en charlas insoportables cuyo único propósito era impresionar a Mara.

Por fin, casi a finales del invierno, empezaron a preparar un encuentro. Estuvieron de acuerdo en elegir la esquina de Cabildo y Juramento, para evitar las habladurías del edificio. Después de varias postergaciones, Rubén Carrasco y su vecina Mara quedaron en verse a las cinco de la tarde de un miércoles de noviembre.

Pero a último momento, el licenciado tuvo miedo. Después de todo, el tabique era también la máscara y la protección contra la mirada petrificadora de Medusa. Con toda prudencia, Carrasco pidió a su amigo Julio Páez que lo reemplazara. Páez fue de mala gana. Su testimonio posterior no le fue muy útil a Carrasco. Al parecer, tomaron el té ceremoniosamente y ella era rubia.

Pasaron dos semanas de silencio. Un día, Mara dijo:

—Te hacía distinto.

—No siempre soy igual.

En los meses que siguieron, casi no hablaron sobre la tarde de su encuentro. Recién en mayo se dieron otra cita. A Carrasco le costó convencer a Páez. Tuvo que elegir una esquina más cómoda para su amigo y también un horario nocturno.

Según Páez, esa noche se besaron. Carrasco se puso celoso y exigió a su amigo que precisara bajo juramento el alcance de sus aproximaciones. Más tarde, junto a la pared, adoptó un tono melosamente policial.

—Vamos, Mara, dígame… ¿qué fue lo que más le gusto la otra noche?

Volvieron a encontrarse dos veces más. Después, Páez se negó enfáticamente a proseguir con aquellas citas donde tenía que responder por cosas que jamás había prometido.

Las conversaciones se hicieron menos frecuentes. Un día, él creyó oír una voz masculina. Pero no estaba seguro. Hasta que un 9 de julio, cinco años después del primer diálogo, el licenciado Rubén Carrasco decidió confesarlo todo.

—Mará, usted no conoce al verdadero Rubén.

—Claro que no. Nadie conoce a nadie, nuestras percepciones son engañosas, etcétera…

—No es eso. Simplemente quiero confesarle que nunca nos hemos visto. He mandado a otra persona en cada una de nuestras citas.

—Rubén… es extraño lo que me dice. Pero tal vez usted, o su reemplazante, tampoco han visto a la verdadera Mara.

—Sospecho que usted no desea hablar sobre la ambigüedad del conocimiento.

—Sospecha bien. Mara jamás fue a las citas. En su lugar mandó a una compañera de trabajo… Úrsula. Ella recibió sus besos, Rubén, o mejor dicho, los de su amigo.

—Salgamos al pasillo y veámonos frente a frente, tal cual somos. Mara, mi amor…

—Yo no soy Mara. Ella se mudó hace dos años y le dejó el departamento y el encargo de seguir con estas charlas a su mejor amiga… Inés.

—No importa, necesito abrazarla, Inés…

—La verdad es que Inés también se mudó. Yo soy Cristina. Vivo aquí hace apenas tres meses.

Las conversaciones se hicieron cada vez menos frecuentes. Un año más tarde, el licenciado Rubén Carrasco se mudó sin comunicárselo a su vecina.

Ahora, el departamento es ocupado por otro señor.

Bar del infierno – Alejandro Dolina

 

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Una respuesta a El licenciado Rubén Carrasco

  1. Anónimo dijo:

    Muy buen cuento!!!! XD

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