Al calor de los naipes, en una noche glacial(por Groucho Marx)

Hubo una vez un americano llamado Larry Blank,dotado de extraordinario talento cómico, que, como tantos otros profetas, no pudo serlo en su tierra.

Como no era tonto, decidió romper amarras y zarpar hacia países más acogedores.Así fue como un buen día nuestro hombre se encontró en Londres.Por una u otra causa, los ingleses pensaron que era el cómico más gracioso desde los tiempos de EnriqueViii, y, de la noche a la mañana, se convirtió en una popular estrella.

Con sus gracias, Larry Blank ganaba bastante dinero,pero, aun así, su principal fuente de ingresos era el juego.Pocas cosas había que no supiera hacer con una baraja, y eran esas pocas las únicas que no hacía.Sus especialidades eran el póker y el pinacle, y en ellas había encontrado una sencilla solución para que nadie le ganara los cuartos: marcaba las cartas.Pero lo hacía con tal habilidad, que las señales delos naipes sólo eran visibles bajo una potente lupa.Afortunadamente para él, son pocos los jugadores que van por el mundo dotados de tal equipo.

Entre su carrera teatral y el juego, se había hecho,probablemente, el actor más rico de Inglaterra, pero era miserable por naturaleza y vivía en un piso bastante zarrapastroso del Soho.

En aquella época estuvimos trabajando en Londres, y Chico y Harpo, que también se pirraban por las cartas (en realidad, eran dos de los mejores jugadores de los Estados Unidos), empezaron a jugar al póker con míster Blank.La reputación de tahur de éste había precedido a su persona.Nadie le acusaba de falta de honradez, pero, por otra parte, nadie le acusaba de ser honrado.La opinión general, dentro del escaso círculo de sus amistades, víctimas casi todas de sus artimañas, era que, no sólo había algo podrido en Dinamarca, sino que también en Soho había algo que atufaba.Sin embargo, hasta que Harpo y Chico no perdieron en una semana sus ingresos de dos semanas, no se dieron cuenta de que el éxito de Mr.Blank en la mesa de póker no podía atribuirse enteramente a su suerte.Ganaba con demasiada continuidad y de forma algo singular.

Finalmente, Chico y Harpo se percataron de que les estaba tomando el pelo y llegaron a la conclusión de que, si querían regresar a América sin hacer de polizones, tenían que recurrir, también a alguna treta.

Así fue como un buen día, le dijeron a Blank, sin darle importancia:

—Tiene usted demasiada suerte en el póker.La próxima vez jugaremos al pinacle.

No hubo objeción por parte de Mr.Blank.Después de todo, las cartas trucadas siempre serían cartas trucadas.Mientras pudiera valerse de ellas, igual le daba jugar al bacarrá que a la mona.La puja en el pinacle es bastante parecida a la del bridge, y a los muchachos les resultó bastante fácil establecer una serie de señales para indicarse recíprocamente sus juegos y la forma de llevarlos adelante.A la noche siguiente, cuando se sentaron ante la mesa de juego,

Mr.Blank desenfundó dos barajas y dijo:—Andando.

—Si no le importa, Larry -dijo Chico-, usaremos estas cartas nuevas, todavía precintadas, que hemos traído.Perdone, pero es que sufro una alergia que contrajeen Oriente, y cada vez que huelo a cartas viejas me pongo a estornudar.

Mr.Blank se dio cuenta de que le acababan de clavar sus cañones, pero tenía la seguridad de que, con su instinto de tahur, podría pelar a aquellos infelices aun sin las cartas marcadas

.—Bueno -respondió-.Lamento lo de su alergia.También estuve en Hong Kong, y, verdaderamente,aquello apestaba.

Y tras este cortés comentario, añadió:

—¿Empezamos?

El apartamento de Mr.Blank era lo menos confortable que puede imaginarse.Contenía cuatro sillas, una mesa y una diminuta chimenea, donde ardían cuatro escuchimizados palitroques.Si el lector está familiarizado con las incomodidades de las casas del Soho, le será fácil comprender las causas de la persistente decadencia del Imperio británico.Desde medianoche hasta las tres de la madrugada, Mr.Blank perdió continuamente, y, por una extraña coincidencia, Chico y Harpo ganaron sin cesar.Al cabo de las tres horas, se habían adueñado debuena parte del dinero de Mr.Blank, y estaban dispuestos a marcharse.En cambio, Mr.Blank, poco acostumbrado a perder, estaba desesperado y les rogó que continuaran.Ellos le contestaron que les gustaría seguir, pero le hicieron ver que, si bien la temperatura del piso resultaba apropiada para el patinaje sobre hielo, se prestaba poco para juegos de salón.A pesar de todo, accedieron finalmente, con una sola condición.Mr.Blank habría de aportar algo de leña para animar el esmirriado fuego de la chimenea.

—Son las tres de la mañana.A estas horas no veo la manera de conseguirla -objetó Mr.Blank.

Los chicos se levantaron disponiéndose a salir y dijeron:

—Lo sentimos, pero, en tal caso, la partida haconcluido.

—Esperen, muchachos -dijo él-.Los muebles que tengo son todos bastante viejos.Los compré ya hace años por una miseria.¿Se avendrían a continuar si convierto en leña unade estas sillas?

—Conforme -respondieron.

Sabían que le tenían atrapado y que, cuanto más jugaran, más sería el dinero de Mr.Blank que cambiaría de manos.Se produjo una hoguera alegre y reconfortante, pero al cabo de unos minutos, la silla se había consumido.La habitación se fue enfriando de nuevo y se hizo preciso sacrificar una segunda silla.Los muchachos seguían ganando; animados por el templado ambiente y por la elevada suma que le estaban soplando a Mr.Blank, se sentían enteramente felices.Finalmente, la última silla pasó a la chimenea.Continuaron entonces el juego arrodillados.Si alguien hubiera entrado en la habitación en aquel momento, probablemente se habría creído hallarse ante tres píos mahometanos entregados a sus oraciones.

El fuego se extinguió finalmente y la temperaturadescendió a niveles antárticos.Nuestro trapacero amigo estaba desesperado.No podía comprender su persistente mala suerte.Nunca le había sucedido nada semejante.¿Habrían señalado las cartas de forma que ni él mismo lo notaba? No, no podía ser.Había visto cómo rompían el precinto de las barajas con sus propios ojos.Si, por lo menos, conseguía retenerlos un poco más,estaba seguro de que cambiaría su suerte y podría recuperar lo perdido.Así fue como suplicó a los chicos en tono realmente patético:—¿Por qué no juegan, siquiera, una horita más?

—Nos gustaría hacerlo, Larry -dijo Harpo-, pero mire cómo tengo los dedos: azules y entumecidos.Apenas puedo sostener las cartas.

Chico, por su parte, comentó:—El otro día leí en la prensa que se aproxima laedad de hielo que venían anunciando desde hace siglos.Yo diría que ha llegado esta noche.

Mr.Blank esbozó una pálida sonrisa y dijo:—Queda la solución de quemar también la mesa, si no les importa sentarse en el suelo y jugar sobre la alfombra.Es una mesa barata y nunca armonizó con el resto del mobiliario.Dado que el resto del mobiliario se había disipado ya chimenea arriba, la cosa tenía muy poco sentido.Supongo que, en aquellos momentos, sus sesos se hallaban seriamente afectados por la impresión de su desacostumbrada mala suerte.

Los chicos, que seguían ganando, repusieron:—De acuerdo.En realidad, casi preferimos jugar en el suelo.

Pedazo a pedazo, la mesa fue pasto de las llamas.Cuando su último fragmento quedó convertido en cenizas, el frío volvió nuevamente, como un pariente pobre en Nochebuena.Harpo empezó a estornudar y a Chico le castañeteaban los dientes.

Por último, éste dijo:—Bueno, Larry, son las siete, nos estamos helando y,además, tenemos hambre.Nos volvemos al hotel, a deshelarnos y a comer algo.Observaré, de paso, que Mr.Blank, sobre ser un cochino tramposo, no se distinguía precisamente por su hospitalidad.Mis hermanos llevaban allí siete horas y todo lo que les había ofrecido había sido una taza de Bovril y unas galletas.Hacia las siete de aquella fría y húmeda madrugada,Mr.Blank llevaba perdidos seis mil dólares y todo su mobiliario, y los chicos habían ganado seis mil dólares y estaban flirteando con la pulmonía y la inanición.El juego había de cesar.Iban sus vidas contra su dinero.Ya no quedaba nada que pudiera quemarse en la chimenea.Mr.Blank, desesperado, llegó a pensar en sacrificar al fuego su propio cuerpo, pero, después de pensarlo,acabó por desistir.¿Cómo iba a poder seguir jugando desde la chimenea?Así que, por vez primera en su prolongada y tortuosa carrera, Mr.Blank se vio forzado a admitir que había perdido la noche.Antes de marcharse, Chico y Harpo le dieron veinte dólares, y le sugirieron que, si habían de volver ajugar allí, convendría que encargara algo de leña.Mr.Blank era un tramposo, pero en cambio, no era idiota.De modo que tomó los veinte dólares y dijo:—No creo que volvamos a jugar.Con esta vez he tenido bastante.

Ya en la escalera, Harpo y Chico cambiaron un jubiloso apretón de manos y se sumieron a tientas enla penumbra de la madrugada.Consiguieron un taxi y encargaron al conductor queles llevara a toda prisa al restaurante más caldeadode Londres.El chófer pareció extrañado por el requerimiento.—Yo diría -dijo- que lo que quieren ustedes es un“buen” restaurante.—No nos importa que sea bueno o no -dijo Harpo-.Limítese a llevarnos a uno que tenga buena calefacción.Cuando se reanude nuestra circulación sanguínea,decidiremos dónde comemos.

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