Nacho Vegas: Gijón, 9 de diciembre de 1974(Parte I)

36 años del gran Nacho Vegas. Les dejo varios fragmentos de su libro Política de Hechos Consumados

Seres hipotéticos y seres poco memorables.
De ellos se compone la existencia, básicamente. En las noches ebrias, en el sexo, en el amor… Allí habitan los Seres Hipotéticos, desilusionándonos, desesperanzándonos, y, en fin, desesperándonos. Los Seres Poco Memorables, no obstante, también viven en las noches ebrias, en el sexo y hasta en el amor. En los mismos lugares, aunque en dimensiones diferentes.
Cojamos a la Sra. A. Ella anhela al Sr. C, aunque sabe que nunca lo tendrá. Es un Ser Hipotético. Al mismo tiempo se acuesta con el Sr. B, que no es sino un Ser Poco Memorable, y al que en poco tiempo acabará relegando a algún insignificante compartimento de su memoria. ¿Puede limitarse la existencia de la Sra. A a un cuadro tan vulgar? ¿No es posible que exista un Ser Real y Memorable que se instale en su vida? Bien, supongamos pues que aparece un Sr. Ch del que la Sra. A se enamora. Pero para ser sinceros hemos de admitir que las posibilidades reales de supervivencia del Sr. Ch entre el Sr. B y el Sr. C son más bien escasas.
¿Cómo enfrentarse al tiempo con lo que no existe y lo que desearíamos que no existiera? ¿Quién ganaría una guerra entre la imaginación y el olvido? Y sin embargo anhelamos a unos y despreciamos a los otros sólo cuando se trata de los demás. ¿Qué es uno para uno mismo? Una frustración. ¿Y qué es lo que desearía hacer y no puede? Olvidarse de sí mismo. ¿Acaso es el tedio una solución? Que me corten la cabeza.

Para una persona con una esmerada conciencia de sí misma, el insomnio es, oh paradoja, la mayor de las pesadillas.
Pero hay algo que hace preferible las pesadillas al insomnio, como hay algo que hace preferible el sueño a la vigilia.
De aquellas sólo somos conscientes cuando salimos de ellas, cuando despertamos: sensación de alivio.
La vida, sin embargo, no admite alivio de sí misma, a no ser que optemos por utilizar drogas bien fuertes.
No me digan que su vida es una pesadilla porque les acusaré de ligereza.
La vida es más un vastísimo y doloroso insomnio.

Amaneceres secos y enfermos. Días en los que tanto espero, Noches de bolsillos rotos.
En la ventana, una lechuza inmóvil en el dintel.
Con ojos redondos y amarillos me mira, ulula, desaparece.

….

INUNDACIÓN
Esta noche en la que algo anega mi pecho
y puja por salir, una pareja de moscas
revolotea alrededor de la bombilla encendida.
Incluso ellas parecen saber mejor lo que quieren.
Pero una tropieza con la bombilla y al instante
cae fulminada. Vale. Decidiré y al día siguiente
cambiaré mi decisión. Seguiré siendo joven durante
un tiempo, y comeré si es que estoy hambriento.
Os querré a todos, y para ello me cuestionaré
a mí mismo si es necesario. Os desearé
y volveré a reafirmarme en vuestro nombre.
¡Juro que sólo haré aquellas cosas que tenga que hacer!
Y amaré tanto, que si amara solamente un poco más
estaríamos hablando de canibalismo.

NUEVA SERONDA
Es asombrosa la fuerza
con la que !a lluvia golpea el cristal de la ventana:
una multitud que aplaude.
Me inclino en decorosa reverencia ante la ovación
desde dentro, desde la seguridad relativa.
Con la llegada del otoño un frió húmedo
se instala poco a poco: en la ropa, en las sábanas.
En la carne y, finalmente, en los huesos.
Nos acostumbraremos, nos acostumbraremos.
Y como el sargento despidiéndose de Esmé,
trataremos de mantener intactas nuestras aptitudes.
In…tac…tas.
Afuera, la mar emite su murmullo eterno
y mi palabra favorita es INEXTIRPABLE.

Congelados
Fuimos congelados
por voluntad propia
según dicen.
Hubo un fallo en la máquina;
se pudrió el silencio.
Es más;
envejecimos.
(Fue larga nuestra ausencia.)
¡Hagámosle frente a nuestra política de incomprensibles hechos consumados!
¿Somos nosotros
o es el mundo el que ha cambiado?
¡No respondas! Canturrea, canturrea conmigo: “Ya no estoy callado, tralará, ahora estoy
vació.”
LLAMADAS
Hoy ha vuelto a llamar.
Quería saber de mi porque hacía
tanto tiempo que no hablábamos, dijo.
Y sin embargo, me había llamado la semana
anterior. Pero quería contarme
cómo le había ido en los últimos días.
Me dijo que se había liado con uno que
le pasaba cocaína pero que iba a dejarlo.
El sábado le abrieron a un tío la cabeza
en los baños de un bar, y fue por su culpa.
Pero odio esta clase de cosas, me dijo.
Me dijo que la depresión le había durado
hasta hoy mismo y que se comía
las pastillas como caramelos para la garganta.
Todavía te quiero, me dijo. ¿La quería yo a ella
aunque sólo fuera un poquito? Ya sabes que sí, dije.
Vivimos en ciudades diferentes y
cuando colgamos celebro que esté tan lejos,
aunque un día pueda ser a ella a quien le rompan
la cabeza en unos baños. Pero su voz permanece
unos minutos rebotando en las paredes de mi memoria.
Que nunca llame más.

TORMENTAS ELÉCTRICAS
Tendrías que ver esto.
Está teniendo lugar la mayor de las tormentas eléctricas que he visto en mi vida, y es algo asombroso.
El cielo comenzó a iluminarse con destellos azules, cada vez con más frecuencia.
Los truenos hacían pensar en bloques enteros de casas derrumbándose.
Te puedo asegurar que llegué a pasar verdadero miedo.
A veces la luz del relámpago que entraba por la ventana era tan intensa que apuesto a que si durara más podría cegar a una persona.
Me quedé tumbado en la cama, inmóvil, y me puse a pensar en historias acerca de tormentas eléctricas.
No recordé ninguna.
Nada digno de aparecer en los telediarios, o de salir en las primeras planas de los periódicos.
Puedo hablar de desbordamientos, de terremotos o de vendavales.
Pero nada de catástrofes provocadas por rayos.
Ahora estoy haciendo memoria.
Alguien me contaba hace algún tiempo la historia de unos familiares suyos.
Una noche un rayo entró en su casa, en medio del campo, y los frió a todos uno por uno.
¿Se puede sentir alguien seguro, incluso en su propio hogar?
Si fuera fotógrafo saldría ahora mismo corriendo con mi cámara, bajaría a la playa, y esperaría a que mi objetivo captara el momento en el que un rayo desgarra en dos el firmamento.
Como el fotógrafo del cielo.
Pero no lo soy, y me alegro.
No quiero salir de aquí, no podría.
Carver también le tenía miedo a las tormentas eléctricas.
¿Quién no?
¡Te juro que acaba de caer uno justo aquí enfrente!
Uno no puede confiar mucho en los pararrayos.
Dicen que los hay por toda la ciudad, pero yo no conozco ninguno.
Suele oírse que las iglesias, con sus campanarios, atraen a los rayos.
Yo vivo enfrente de una, y confío en que San Pedro vele por nosotros.
Si al menos estuvieras aquí conmigo, sería diferente.
Tú estarías más asustada que yo y a mí me daría la risa, y te prometería que iba a salvarte la vida qunque seguiría teniendo miedo.
Pero no estás, y la tormenta eléctrica ilumina de tal forma tu ausencia que me duelen los ojos.
Los relámpagos y truenos se alejan, y sólo queda el chaparrón.
¿Qué ocurre cuando cae un rayo en medio del océano?
¿No debería morir toda la fauna marina?
¿No debería electrocutarse cualquier persona que en ese momento se esté dando un baño en el mar, en cualquier lugar del mundo?
Yo no sé nada de estas cosas, pero creo haber llegado a la conclusión de que las tormentas eléctricas no existen.
No son reales, aunque yo las siento de verdad.
Y me aterran.
Entonces tomo conciencia de mi soledad.
Te extraño hasta el dolor,
te escribo de este modo,
y el cielo al fin se calma y nos quiere dar un respiro,
y con ello consigo dormirme aun a sabiendas de que nuevas tormentas eléctricas esperan,
acurrucadas,
detrás de mis ventanas.

6 ANOTACIONES EN LA LIBRETA VERDE
Me hablaba de la enfermedad irreversible que padece alguien: “Es como un juego, las neuronas del cerebro se confunden y se matan entre ellas como si fueran sus propias enemigas”.

En un anuncio de la televisión te preguntan: “¿Me harás el favor de ser feliz?”.

Me dijo: “Cuando empiece a trabajar en el verano pienso comprarme una bicicleta. Se gasta mucho dinero en transporte para ir a trabajar”. Cosas que los dos sabemos que nunca hará.

¿Por qué me quedó grabado el hecho de que mi hermano me dijera “papá está muerto” y no “papá murió”?

Sam Peckinpah en la nota de pésame que le envió a Alberta, la mujer de Jim Thompson,  a la muerte de este: “Sabía que podía ocurrirme a mí, pero nunca que pudiera ocurrirle a Jim -lo extraño-.”

La carta póstuma que mi padre nos dejó a mí y a mis dos hermanos: “…ahora no me apetece nada morirme, pero si hiciste las cosas mal esto no depende de tus gustos y yo siento que poco a poco me va quedando menos. Cuando leáis esto

LOS AÑOS DE LA CASETA

(…)Un año mis padres y sus amigos dejaron de alquilar la caseta. Ahora, cuando miro hacia

aquellos días, considero si aquella fue o no una buena época. Al menos yo debía de sentir que sí, pero ¿que sabe un crío sobre cómo andan las cosas? ¿Y qué sé yo ahora de lo que ocurría realmente? Poca cosa. Por lo que a mí respecta, los recuerdos se limitan a: vergüenza, chapuzones, tortilla y filetes empanados, hamacas que pesaban un quintal. ¿Y qué han hecho con sus vidas esos adultos que nos rodeaban? Mentalmente voy recopilando los datos de que dispongo: hacerse daño, hacerse daño, hacerse daño,engañarse, hacerse daño Envejecer, Algunos, además (como mi padre), llevar una vida poco saludable. Y morirse.

….

La existencia del espíritu es una anomalía de la vida(E.M. CIORAN)

Cuando alguien que de verdad me importa

me está gritando desde el baño

que la deje en paz,

que qué es lo que quiero yo de ella,

que haga el favor de no hacerle más daño,

y yo no dejo de preguntarme

cómo he podido llegar a esto.

Tengo un reproche que hacerle al mundo.

Lo culpo por haber desatado sobre mí

toda la furia de este mal incurable,
de esta patología del espíritu:
El doble don de la sensibilidad suficiente
para apreciar las cosas buenas y sencillas,
y la absoluta incapacidad para disfrutar de ellas.
No es la mala vida la que me mata, no;
es la vida toda
y mi conciencia extrema de ella
-vislumbre de la muerte.
Primero maldigo. Luego
reclamo un poco de atención:
Dimito como ser humano.


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