Carta al sargento Kirk(por Juan Sasturain)

Carta al Sargento Kirk

Cañadón Perdido

Arizona State, USA

Querido Kirk, espero que al recibo de la presente te encuentres bien, disfrutando de un seco, enérgico verano en el desierto –no recuerdo un solo día de lluvia en tus andanzas– en compañía de los tuyos: Maha, el Corto y el barbado Doctor Forbes.

Te aclaro –hace tiempo que no tendrás noticias mías– que si me vieras no me reconocerías; he crecido un poco –eso sería lo de menos– tengo la cara llena de pelos y se me han poblado los alrededores de mujeres y de hijos.

Suelo tener la cabeza ocupada en mil asuntos sin importancia, y casi he olvidado –te pido me perdones– el episodio de Corazón Sutton, la cara del cacique Pawnee y el nombre del jefe de Fort Vance.

En fin, bien sabes que han pasado algunos años desde entonces, cuando nos veíamos todas las semanas y compartíamos una intimidad que enorgullecía.

Puedo darte –si quieres– noticias de tus viejos: Hugo se volvió a Italia hace mucho y se dedica a ser famoso y tratar de olvidarte en otros hijos. A veces lo consigue: habrás oído hablar del otro Corto, el Maltés, un poco irónico para tu amistad, pero es hombre de agua y de este tiempo, tu desierto al día y sin remordimientos.

En cuanto a Héctor, el viejo, no se fue. Anduvo algunos años lidiando por estos arrabales del mundo y de la democracia, eligiendo bien en general –me entiendes: del lado de los indios– y no le fue mejor que a ti: perdió amigos el buen nombre en las editoriales, cuatro hijas. No es mucho en un país lleno de sangre; es demasiado para un hombre solo. Ahora es uno más en una lista larga y llena de agujeros ; otros reciben tardíos premios en su nombre.

De tus amigos, algo te puedo contar. Juan Salvo, el extraviado Eternauta, volvió para juntarse con la gente, hizo la guerra como un acto de amor, los Ellos le dejaron la historieta y se quedaron con la historia por ahora. Ernie anduvo por Vietnam y fue un fracaso: alguien tecleaba la Remington por él, le trabucaba los papeles o algo así.

De Ticon, nunca más supe. Tampoco de Caleb o Numock, sólo versiones muy lavadas de aquellos bosques grises con indios adornados e ingleses de paseo. Al sombrío e infalible Randall lo fueron desbancando oscuros primos mellizos, hasta ese Cobra hijo de Freud y Serrat, una caricatura. En fin…

Pero no era mi intención llenar estas cuartillas con recuerdos de amigos de papel o carne y hueso. Claro que no. Sin embargo, no sabría decirte en realidad por qué te escribo.

Acaso sea la burguesa soledad, ciertas mentiras descubiertas entre dientes o el aire esquivo y apurado con que paso delante del espejo.

Te diré que no es fácil andar a estas alturas del mundo y de la historia personal. Casi envidio tu ranch y tus caballos, esa amistad viril sin psicoanálisis y hasta olvidé que en tu mundo de comanches y balazos no habría lugar para mi cobardía. No me acuerdo ahora de grandes cabalgatas ni de puñetazos providenciales; sólo queda una escena: el manchón de una hoguera en la noche y tu simple certeza para explicarle al Corto que más vale luchar por una causa justa que hacerlo simplemente por dinero. Los comentarios corren por mi cuenta.

Pero en un país sin hogueras ostensibles y el desierto almidonado por la espada no es fácil leer tus aventuras sin nostalgia. Y no te digo la pavada de la moda a lo Presley o los Cadillac del ’50. Quiero decir que todo se ha complicado en estos años; han venido cortos, lluviosos, sin verano, mal barajados para la aventura y con cierto aire de perdonavidas del que te mira pasar porque mañana te la dará sin asco y por la espalda. Y ese pibe que cabalgaba a tu lado a los doce años, hoy se ha bajado del caballo, desensilló hasta que aclare otra vez, la próxima, el bueno, que le dicen.

Tu me recuerdas –la culpa es de él, de Oesterheld, este tuteo literario que entorpece los cariños–, tú me recuerdas, te decía: cuarto grado, miércoles de mañana, me comía la vereda en el camino hacia la Hora Cero que desplegaba tu blanca y seca geografía. Un desierto, un cañadón, el atajo salvador, un tomahawk en la punta de un indio, una bala que buscaba tu brazo, el hombro o alguna costilla cruzada en el camino al corazón.

Hoy los tomahawk llueven de punta o por televisión, las balas suelen encontrar corazones grandes, vulnerables, ya no hay atajos salvadores y no quedan sargentos desertores en el Séptimo de Caballería.

Quiero decir que las historias tuyas eran un prólogo simple, un golpecito en el medio de la espalda hacia adelante. La vida reservaba la sortija en un recodo con la certeza de tus corazonadas. El mundo era un globo por inflar, una mujer por besar, una escalera alfombrada por el escenógrafo de la Paramount. Sólo había que esperar que el director golpeara las palmas, alguien encendiera las luces, y todo empezara de una vez.

Es cierto; todavía esperamos las palmadas, el chasquido de la luz del set y la metafísica patada en el culo que nos mande de una vez a escena.

Pero no hay tiempo para las frustraciones de la pequeña –chiquitiiiiita– burguesía, especie en extinción desde años ha en sus variantes más coloridas. Algunos suelen deambular por oficinas hostiles o países aparentemente democráticos, sentirse juntos en la cancha de fútbol o las librerías de viejo, de pasada. Correr como un imbécil por Palermo, creer en Ramakrishna o el poder terapéutico de la mosca en mano, en la confluencia cívico militar y otros fantasmas son estrategias endebles para los que nacimos con el empujón de tu mirada segura bajo el kepí encasquetado con la solidez de los ideales de la juventud. Por eso es mentira esta película: al fondo del cañadón, espaldas contra la roca y las balas y las flechas silbando alrededor clásicamente, viendo caer la gente como moscas –la idea es pobre, verdadera– escuchamos un clarín salvador, un galope nutrido de casacas azules y banderita al viento. Pero no, no venís vos al frente. Es Reagan. Cambiemos de canal, de vida, de esperanza.

Al fin, querido Kirk, dear Sargent, espero que a la terminación de la presente te encuentres bien, en compañía –ya te lo dije– de los tuyos y ahora también de los (pedazos) míos, disfrutando del aire limpio de un cielo blanco de revista vieja. Te informo, al respecto, que ahora los kioscos son verdes y blindados como los sueños de un general de caballería de estos tiempos, y hay poco para leer si no es en los ojos de la gente. Se escribe mucho y bien sobre la cría del conejo, la proliferación de las hemorroides, temas básicos para entender lo que nos pasa. Tal vez por eso me dedico a juntar figuritas con tu cara, hablarle a la gente de pavadas, tomar mate y hacerme cada día más tanguero. Una estrategia de amor, no una coartada. Pero tampoco es este el lugar para salvarse o encontrarle todas las patas al gato personal, que nunca importa demasiado sino a uno.

Al final, creo que está claro –lo veo ahora, después de tantas vueltas– que no pienso volver atrás ni pedirte un caballo fresco de los que cría el Corto en sus corrales para escapar de mí o de lo que sea.

Supongamos, mejor, que yo te invito y te venís –o vienes, como quieras–, que hay algo urgente por hacer y con sentido: salvar a la muchacha, defender a los indios o cualquiera otra causa siempre abierta. En eso estamos. Un abrazo. Tu amigo

Juan


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