Ultimas palabras(por Alejandro Dolina)

Viendo que Karl Marx se moría, Hellen, su ama de llaves, le pidió que le dictara unas últimas palabras para publicarlas.

Marx se negó redondamente:
—Las últimas palabras son para los tontos que no han dicho en su vida lo suficiente.
Sin embargo, una muchedumbre de ilustres personajes se han creído en el caso de cerrar su existencia con unas frases.
Cabe observar que no siempre es la voluntad del agonizante la que divulga estos discursos finales, sino más bien la memoria o la inventiva de los testigos. El “tú también, Bruto” de Julio César no parece destinado a impresionar a la posteridad y debe su fama al testimonio de los asesinos.
Distinto es el caso de Sócrates. Antes de beber la cicuta, el maestro pidió a un amigo que se encargara de devolver un gallo que le estaba debiendo a un tal Asclepius. Uno simpatiza con es te gesto y con este hombre capaz de recordar sus pequeñas deudas cuando estaban por matarlo. Sin embargo, es posible sospechar un oculto deseo de lucirse. Tal vez Sócrates quería hacer inolvidable aquella escena y juzgó elegante adornarla con una demostración de desdén metafísico. En realidad no le importaba pagar sus deudas sino mostrar la grandeza de su espíritu.
En cierto sentido, puede afirmarse que el de las últimas palabras es un género literario. Anotemos algunos preceptos básicos. El principal de ellos exige morir después de completar el texto.
También es indispensable la presencia de testigos. Estaríamos entonces ante una disciplina artística imposible de ejercer en soledad.
Por lo general, conviene la utilización de un estilo solemne y pomposo, como si cada palabra estuviera grabada en mármol.
Algunas cuestiones inquietantes: ¿Cómo sabe alguien que está diciendo sus últimas palabras? Para el caso, hay que elegir una muerte más bien lenta y previsible. Los asesinatos, los accidentes, y cualquier fallecimiento repentino, pueden dejarnos fuera del catálogo. Acaso sea posible prevenirse y decir unas frases adecuadas antes de correr algún peligro, por las dudas. Enfrentar lo desconocido con las últimas palabras ya dichas.
El arquitecto Hugo Zambrano estaba muy satisfecho de sí mismo. Constantemente se postulaba a la admiración general con pequeñas proezas mundanas. Rara vez dejaba pasar la ocasión de lucirse. Aun estando solo, respondía a las preguntas de los programas de la televisión o completaba crucigramas.
Con los años se le hizo costumbre pensar en su muerte. Y resolvió adornarla con unas palabras que hicieran reventar de envidia a los vecinos. Las preparó cuidadosamente con fragmentos de discursos escolares. Después esperó.
Pasó el tiempo, llegaron la vejez y los achaques.
Una noche, creyéndose morir, Zambrano soltó su parlamento:
Perdono a mis ofensores ahora que me dispongo a atravesar la puerta oscura…
Hubo una larga espera silenciosa. La muerte no llegaba. El trato de sus familiares lo obligó a decir otras cosas. Las últimas palabras se le habían vuelto penúltimas.
El arquitecto se salvó pero creció en él el temor de que las circunstancias le dejaran como últimas unas palabras vulgares.
Para evitarlo repetía su despedida cada tanto. Los vecinos de la calle Granaderos lo oían murmurar antes de cruzar la ardua avenida Avellaneda:
Perdono a mis ofensores…
Finalmente, Zambrano ya no decía otra cosa que sus últimas palabras.
Ante cualquier pregunta cotidiana el hombre respondía:
Perdono a mis ofensores…
El arquitecto murió una mañana de junio y los vecinos sospechan que fue asesinado por sus familiares, después de obligarlo a decir algo humillante.
Sin llegar a los extremos transitados por Zambrano, es razonable prevenir esa falta de imaginación que es tan corriente en la agonía, alistando de antemano un batallón de frases de clausura.
Llegado el caso, es posible encargarle el trabajo a otras personas. Pancho Villa tenía un secretario norteamericano que le escribía sus discursos. Herido de muerte, Villa le preguntaba desesperado qué últimas palabras debía decir.
Sábato ha dicho que hay que ser muy vanidoso y frivolo para esforzarse en la oratoria en un momento semejante.
Me impresiona esta escena: son los últimos momentos de una larga enfermedad. Los familiares están exhaustos después de se manas de desvelos. Los médicos se empeñan en unas últimas e inútiles diligencias. La mujer solloza. La miseria se avecina. Y el moribundo comienza una arenga… No hay derecho.
Un detalle final: la muerte golpea impaciente su talón en el suelo.
Manuel Mandeb sostenía que los oradores in artículo monis iban directamente al infierno, donde los demonios los atormentaban con agradecimientos de premios, con brindis de fin de año y descripciones de tardes soleadas a cargo de periodistas deportivos.
El hombre austero y digno debe irse silenciosamente de todas partes. En las fiestas no insistirá en interminables despedidas. Al ser exonerado de un empleo, no pedirá explicaciones. Expulsado por una novia, se abstendrá de todo reproche. Y llegado el caso, se morirá sin conferencia de prensa.

Libro: El libro del fantasma

Autor: Alejandro Dolina

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