Fragmento 429(Fernando Pessoa)

Dos versiones de un mismo fragmento del Libro del Desasosiego de Fernando Pessoa. La primera es una traducción de Angel Crespo y la segunda del argentino Santiago Kovadloff.

233

En todos los lugares de la vida, en todas las situaciones y convivencias, he sido siempre, para todos, un intruso. Por lo menos, he sido siempre un extraño. En medio de parientes, como de conocidos, he sido siempre como alguien de fuera. No digo que lo he sido, siquiera una sola vez, aposta. Pero lo he sido siempre por una actitud espontánea de la media de los temperamentos ajenos.

He sido siempre, en todas partes y por todos, tratado con simpatía. A poquísimos, creo, habrá alzado la voz tan poca gente, o arrugado la frente, o hablado alto o /de soslayo/(*216.) Pero la simpatía con que siempre me han tratado, ha estado siempre /exenta/ de afecto. Para los más naturalmente íntimos he sido siempre un huésped que, por ser huésped, es bien tratado, pero siempre con la atención debida al extraño y la falta de afecto merecida por el intruso.

No dudo de que todo esto, de la actitud de los demás, derive principalmente de alguna oscura causa /intrínseca/ a mi propio temperamento. Soy por ventura de una frialdad comunicativa tal que involuntariamente obligo a los otros a reflejar mi modo de poco sentir.

Trabo, por índole, rápidamente conocimientos. Me tardan poco las simpatías de los demás. Pero los afectos no llegan nunca. Dedicaciones, nunca las he conocido. Amar, ha sido cosa que siempre me ha parecido imposible, como el que me tutease un extraño.

No sé si sufro con esto, si lo acepto como un destino indiferente en que no hay ni que sufrir ni que /aceptar/.

Siempre he deseado agradar. Me ha dolido siempre la indiferencia ajena. Huérfano de la Fortuna, tengo, como todos los huérfanos, la necesidad de ser objeto del afecto de alguien. He pasado siempre hambre de la realización de esa necesidad. Tanto me he adaptado a esa hambre inútil(*217) que, a veces, no sé si siento la necesidad de comer.

Con esto o sin esto, la vida me duele. Los demás tienen quien se dedique a ellos. Yo nunca he tenido quien siquiera pensase en dedicarse a mí. Sirven a los otros: a mí me tratan bien.

Reconozco en mí la capacidad de provocar respeto, pero no afecto. Desgraciadamente, no he hecho nada con que justificar ese respeto empezado [por] quien lo siente de modo que nunca llega a respetarme de veras. Pienso a veces que me gusta sufrir. Pero, en verdad, yo preferiría otra cosa.

No tengo cualidades de jefe, ni de secuaz. Ni siquiera las tengo de satisfecho, que son las que valen cuando aquellas otras faltan. Otros, menos inteligentes que yo, son más fuertes.

Organizan mejor su vida entre la gente; administran más hábilmente su inteligencia. Tengo todas las cualidades necesarias para influir, menos el arte de hacerlo, o el deseo, incluso, de desearlo.

Si un día amase, no sería amado.Basta que yo quiera una cosa para que se muera.

Mi destino, sin embargo, no tiene la fuerza de ser mortal para nada. Tiene la debilidad de ser mortal en las cosas que son para mí.

(216*) En el original «terça». Nuestra traducción es hipotética.
(217*) Lectura dudosa

……..

429

En todos los lugares de la vida, en todas las situaciones y convivencias, yo fui siempre, para todos, un intruso. Fuí siempre, por lo menos un extraño. Entre familiares, así como entre conocidos, fuí siempre sentido como alguien de afuera. No digo que lo fuí, ni siquiera una vez, como algo que me propuse. Pero lo fuí siempre por una actitud espontánea que resultó evidente al promedio  de los temperamentos ajenos.

Fuí siempre, en todas partes y por parte de todos, tratado con simpatía. A poquísimos, creo, habrá la gente alzado tan poco la voz o fruncido el entrecejo, o interpelado con algún desdén como a mí. Pero la simpatía que siempre me dispensaron estuvo vacía de afecto. Para los más íntimos siempre fuí un huésped al que, por ser huésped, se trató bien, pero con la atención característica dispensada al extraño y la falta de afecto que merecen los intrusos.

No dudo que todo esto, en la actitud de los demás, derive de cualquier oscura causa intrínseca a mi propio temperamento. Soy quizás de una frialdad comunicativa, que involuntariamente, obliga a los demás a reflejar mi modo de sentir poco. Por temperamento, entablo relaciones rápidamente. No tardan en interrumpir a mi alrededor  las expresiones de simpatía de los demás. Pero el afecto que busco no llega nunca. No conocí nunca a nadie que se consagrara a mí. Que me amaran, fue algo que siempre me pareció imposible, tan impensable como que un extraño me tutee.

No sé si sufro por eso o si lo acepto como a un destino indiferente, ante el cual no hay que padecer, ni en el que no hay nada que acatar. Siempre quise gustar. Me dolió siempre resultar indiferente. Huérfano de la fortuna, siento como todos los huérfanos la necesidad de ser querido por alguien. Tuve siempre hambre de realización de esa necesidad. Tanto me adapté a la presencia de ese hambre inevitable que, a aveces, ni siquiera sé si siento necesidad de comer. Con o sin esto la vida me duele.

Los demás tienen quienes se dediquen a ellos. Yo nunca tuve ni siquiera quien pensase dedicarse a mí. A los otros se los sirve; a mí se me trata bien. Reconozco en mí la capacidad de inspirar respeto, pero no afecto. Desgraciadamente, tampoco llegué a ser nadie que justifique ante sí mismo ese respeto sentido por los demás; de modo que, a mí, nunca llegan a respetarme de veras. Pienso a veces que disfruto del dolor. Pero lo cierto es que preferiría otra cosa.

No tengo las cualidades de un jefe ni las aptitudes de un secuaz. Ni siquiera me siento autosatisfecho, que es la cualidad que compensa cuando las otras faltan. Otros, menos inteligentes que yo, son más fuertes. Perfilan mejor su vida entre la gente; administran más hábilmente su inteligencia. Reúno todas las condiciones para ser influyente, menos el arte de hacerlo, o las ganas, incluso, de desearlo.

Si un día me enamorase, no sería correspondido.

Basta que yo quiera algo para que ese algo no pueda ser. Mi destino, sin embargo, no tiene la fuerza de ser mortal con alguna finalidad. Tiene la debilidad de ser mortal en las cosas que no llego a concretar.

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