Fernando Pessoa x2

Pero no es sólo el cadáver,
esa persona horrible que no es nadie,
esa novedad abísmica del cuerpo usual,
ese desconocido que aparece por ausencia en la persona que conocemos,
ese abismo cavado entre vernos y entendernos.
No es sólo el cadáver que duele en el alma con miedo,
que pone un silencio en el fondo del corazón,
las cosas habituales externas de quien murió
también perturban el alma, con más ternura en el miedo.
Aunque sean de un enemigo,
¿quién puede ver sin nostalgia la mesa en que se sentaba,
la pluma con que escribía?
¿Quién puede ver sin una angustia propia
el chaquetón de un mendigo muerto, donde él metía las manos (ya ausentes para siempre) en los bolsillos,
los juguetes, ahora horriblemente ordenados, del niño muerto,
la carabina del cazador desaparecido con ella más allá de todos los montes?
Todo eso me pesa de repente en el entendimiento extranjero,
y una nostalgia del tamaño de la muerte me atemoriza el alma…
…………….
Poema en línea recta
Nunca conocí a nadie a quien le hubiesen roto la cara.
Todos mis conocidos fueron campeones en todo.
Y yo, que fui ordinario, inmundo, vil,
un parásito descarado,
un tipo imperdonablemente sucio
al que tantas veces le faltó paciencia para bañarse;
yo que fui ridículo, absurdo,
que me llevé por delante las alfombras de la formalidad,
que fui grotesco, mezquino, sumiso y arrogante,
que recibí insultos sin abrir la boca
y que cuando la abrí fui más ridículo todavía;
yo que resulté cómico a las mucamas de hotel,
yo que sentí los guiños de los changadores,
yo que estafé, que pedí prestado y no devolví nunca,
que aparté el cuerpo cuando hubo que enfrentarse a puñetazos,
yo que sufrí la angustia de las pequeñas cosas ridículas,
me doy cuenta que no hay en este mundo otro como yo.
La gente que conozco y con quien hablo
nunca cayó en ridículo, nunca sufrió un insulto,
nunca fue sino príncipe -todos ellos príncipes- en la vida…
¡Ah, quién pudiera oír una voz humana
que confiese no un pecado sino una infamia;
que cuente no una violencia sino una cobardía!
Pero no, son todos la Maravilla si los escucho.
¿Es que no hay nadie en este ancho mundo capaz de confesar que una vez
fue vil?¡Oh príncipes, mis hermanos!
¡Basta, estoy harto de semidioses!
¿Dónde está la gente de este mundo?
¿Así que en esta tierra sólo yo soy vil y me equivoco?
Admitirán que las mujeres no los amaron,
aceptarán que fueron traicionados
-¡pero ridículos nunca!-
Y yo que fui ridículo sin haber sido traicionado,
¿cómo puedo dirigirme a mis superiores sin titubear?
Yo que fui vil, literalmente vil,
vil en el sentido mezquino e infame de la vileza.
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