¡Lanzan pecado capital n° 34! (blog de Podeti)

Los nuevos tiempos originan nuevos pecados, así que toca actualización de este listado de pecados capitales.

El agregado en calidad de UR-GEN-TE sería el pecado n° 34, que podríamos llamar “El Enigmatismo”: El pecador, en este caso, sería el típico ganso desesperado por parecer interesante, y en vez de lograrlo escalando el Matterhorn o dedicándose a la falsificación de cuadros renacentistas, pretende hacerlo creando una intriga módica. Para ello, utilizando las infinitas posibilidades que nos da la tecnología del siglo XXII, agarra y pone en su blog o su Facebook –por ejemplo- la frase “A veces la vida nos golpea”. O “A punto de dar un giro de 190°”.

Este elemental procedimiento sin esfuerzo -que enfurecería al maestro del suspense Alfred Hitchcock- en estos modernos tiempos de carros veloces, supercomputadoras y comunicación simultánea con millardos de personas suele crear la reacción inmediata de otros gansos –más gansos aún que el enigmatista, si es ello posible- que reclaman a los gritos (gritos tipeados) una aclaración, ratificación o rectificación: “¿Pero qué pasóoo, Manuuuuu?”, “¡Contá, contá, no nos dejes en suspenso!”, “¿Es por mí? ¿Eh? ¿Lo decís por mí? ¿Qué problema tenés conmigo? ¿Soy yo?”

A continuación, el enigmatista irá largando data en cuentagotas hasta que por fin se enfurruñará y dirá que “no puede decir mucho más”, y luego se cubrirá el rostro con las manos, sollozando, como hacía Ugo Tognazzi en “Amigos Míos” cuando se quería ir de joda con sus camaradas. Sus perritos falderos quedarán desconcertados y angustiados, y se escribirán entre ellos preguntándose si alguien sabe algo. Es, desde luego, el juego más viejo el mundo: Se llama “Histeria”, es jugado por la totalidad de las personas en mayor o menor medida en determinados períodos de tiempo, y sus víctimas preferenciales son los masoquistas, infelices y emocionalmente dependientes (o sea, todos ustedes). Lo más probable es que al Enigmatista no le haya pasado nada, o que lo que le haya pasado sea tan banal que le dé vergüenza contarlo con todas las letras.

La segunda variante del Enigmatista es el “Ensayo Nebuloso”, donde menciona tangencialmente discusiones que ha mantenido con conocidos o gente de Internet, siempre referidas como “cierta gente”. “En algunas discusiones con cierta gente, bla, bla, bla”. “No quiero dar nombres pero cierta gente insiste en decirme boludeces como bla, bla, bla”. Lo que busca este tipo de Enigmatista es no sólo vengarse de sus enemigos (reales, imaginarios o frankensteiniados a partir de varios contrincantes diferentes) sin temor a represalias legales, sino ocultar la pobreza de su artículo tras el verdadero interés despertado: “¿Pero con quién te peleaste?” “¿Pero a quién te referís?” “¿Lo decís por mí? ¿Es por mí, no? ¿Es por la discusión que tuvismo el otro día? ¿Soy yo?”

Tras estas tácticas, el Enigmatista oculta un discurso vacío, negro e infinito, parecido a la antimateria, de una temperatura cercana al cero absoluto. En cambio, el “Callado” suele ser atacado con acusaciones como “El que está callado se hace el interesante, cuando en realidad no tiene nada para decir”. En defensa del Callado, tengo que decir que probablemente no tenga nada para decir, pero no lo oculta. No está haciendo nada malo. No hay ninguna obligación de tener algo para decir. El tipo sencillamente está ahí parado, callado. Tal vez esté pensando en el programa ese de History Channel sobre gente de los pantanos. Déjenlo en paz.

El Enigmatista, en cambio, lanza un grito para hacerse oir en medio de la discusión, pero es un grito sin discurso, un grito vacío y silencioso cuyo único mensaje (enterrado bajo kilos y kilos de palabras de colorines) es “¡Escuchenménnnnn!”. Es un niño caprichoso de cuarenta años.

Al Enigmatista le corresponde un círculo del Infierno donde un montón de gente pasa frente a él secreteándose entre sí, mirándolo y lanzando risitas o meneos de cabeza de reprobación, mientras él, encadenado, intenta escuchar algún atisbo de palabra infructuosamente por todala Eternidad (en realidad todo lo que estos íncubos se secretean entre sí es la seguidilla de sílabas que aparecían en los lomos de la Enciclopedia Salvat: A-Arre, Arre-Buru, Buru-Coqui, Coqui-Elec, Elec-Frau, etc.).

En el mundo real hay que ignorarlo, darle la espalda y eventualmente molerlo a palos, y lo digo con conocimiento de causa. No puedo decir mucho más (sollozo).

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