– Yo tengo un plan de organización para lograr unas agrupaciones sanitarias de voluntarios. Autoríceme usted a ocuparme de ello y dejaremos a un lado la administración oficial. Yo tengo amigos por todas partes y ellos formarán el primer núcleo. Naturalmente, yo participaré.

– Comprenderá usted que no es dudoso que acepte con alegría. Tiene uno necesidad de ayuda, sobre todo en este oficio. Yo me encargo de hacer aceptar la idea de la prefectura. Por lo demás, no están en situación de elegir. Pero…

Rieux reflexionó.

– Pero este trabajo puede ser mortal, lo sabe usted bien. Yo tengo que advertírselo en todo caso. ¿Ha pensado usted bien en ello?

Tarrou lo miró con sus ojos grises y tranquilos.

-¿Qué piensa usted del sermón del Padre Paneloux, doctor?

La pregunta había sido formulada con naturalidad y Rieux respondió con naturalidad también.

-He vivido demasiado en los hospitales para gustarme la idea del castigo colectivo. Pero, ya sabe usted, los cristianos hablan así a veces, sin pensar nunca realmente. Son mejores de lo que parecen.

-Usted cree, sin embargo, como Paneloux, que la peste tiene alguna acción benéfica, que abre los ojos, que hace pensar.

-Como todas las enfermedades de este mundo. Pero lo que es verdadero de todos los males de este mundo lo es también de la peste. Esto puede engrandecer a algunos. Sin embargo, cuando se ve la miseria y el sufrimiento que acarrea, hay que ser ciego o cobarde para resignarse a la peste.

Rieux había levantado apenas el tono, pero Tarrou hizo un movimiento con la mano como para calmarlo. Sonrió.

-Si –dijo a Rieux alzando los hombros-, pero usted no me ha respondido. ¿Ha reflexionado bien?

Tarrou se acomodó un poco en su butaca y dijo: – ¿Cree usted en Dios, doctor?

También esta pregunta estaba formulada con naturalidad, pero Rieux titubeó.

-No, pero ¿eso qué importa? Yo vivo en la noche y hago por ver claro. Hace mucho tiempo que he dejado de creer que esto sea original.

-¿No es eso lo que le separa de Faneloux?

-No lo creo. Paneloux es un hombre de estudios. No ha visto morir bastante a la gente, por eso habla en nombre de una verdad. Pero el último cura rural que haya oído la respiración de un moribundo pensará como yo. Se dedicará a socorrer las miserias más que a demostrar sus excelencias.

Rieux se levantó, ahora su rostro quedaba en la sombra.

-Dejemos esto –dijo-, puesto que no quiere usted responder.

Tarrou sonrió sin moverse de la butaca.

-¿Puedo responder con una pregunta?

El doctor sonrió a su vez.

-Usted ama el misterio, vamos.

-Pues bien –dijo Tarrou-, ¿por qué pone usted en ello tal dedicación si no cree en Dios? Su respuesta puede que me ayude a mí a responder.

Sin salir de la sombra, el doctor dijo que había ya respondido, que si él creyese en un Dios todopoderoso no se ocuparía de curar a los hombres y le dejaría a Dios ese cuidado. Pero que nadie en el mundo, ni siquiera Paneloux, que creía y cree, nadie cree en un Dios de este género, puesto que nadie se abandona enteramente, y que en esto por lo menos, él, Rieux, creía estar en el camino de la verdad, luchando contra la creación tal como es.

-Ah –dijo Tarrou-, entonces, ¿esa es la idea que se hace usted de su oficio?

-Poco más o menos –dijo el doctor volviendo a la luz.

Tarrou se puso a silbar suavemente y el doctor se le quedó mirando.

-Si –dijo-, usted dice que hace falta orgullo, pero yo le aseguro que no tengo más orgullo del que hace falta, créame. Yo no sé lo que me espera, lo que vendrá después de todo esto. Por el momento hay unos enfermos a los que hay que curar. Después, ellos reflexionarán y yo también . Pero lo más urgente es curarlos. Yo los defiendo como puedo.

-¿Contra quién?

Rieux se volvió hacia la ventana. Adivinaba a lo lejos el mar, en una condensación más oscura del horizonte. Sentía un cansancio inmenso y al mismo tiempo luchaba contra el deseo súbito de entregarse un poco a este hombre singular en el que había algo fraternal, sin embargo.

-No sé nada, Tarrou, le juro a usted que no sé nada. Cuando me metí en este oficio lo hice un poco abstractamente, en cierto modo, porque lo necesitaba, porque era una situación como otra cualquiera, una de esas que los jóvenes eligen. Acaso también porque era sumamente difícil para el hijo de un obrero, como yo. Y después he tenido que ver lo que es morir. ¿Sabe usted que hay gentes que se niegan a morir? ¿Ha oído usted gritar: “¡Jamás!” a una mujer en el momento de morir? Yo sí. Y me di cuenta en seguida de que no podría acostumbrarse a ello. Entonces yo era muy joven y me parecía que mi repugnancia alcanzaba al orden mismo del mundo. Luego, me he vuelto más modesto. Simplemente, no me acostumbro a ver morir. No sé más. Pero después de todo…

Rieux se calló y volvió a sentarse. Sentía que tenía la boca seca.

-¿Después de todo? –dijo suavemente Tarrou.

-Después de todo… –repitió el doctor y titubeó nuevamente mirando a Tarrou con atención-. Esta es una cosa que un hombre como usted puede comprender. ¿No es cierto, puesto que el orden del mundo está regido por la muerte, que acaso es mejor para Dios que no crea uno en él y que luche con todas sus fuerzas contra la muerte, sin levantar los ojos al cielo donde Él está callado?

-Sí –asintió Tarrou-, puedo comprenderlo. Pero las victorias de usted serán siempre provisionales, eso es todo.

Rieux pareció ponerse sombrío.

-Siempre, ya lo sé. Pero eso no es una razón para dejar de luchar.

-No, no es una razón. Pero me imagino, entonces, lo que debe ser esta peste para usted.

-Sí –dijo Rieux-, una interminable derrota.

Tarrou se quedó mirando un rato al doctor, después se levantó y fue pesadamente hacia la puerta. Rieux le siguió. Cuando ya estaba junto a él, Tarrou, que iba como mirándose los pies, le dijo:

-¿Quién le ha enseñado a usted todo eso, doctor?

La respuesta vino inmediatamente.

-La miseria.

Libro: La Peste

Autor: Albert Camus

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