¿Con qué derecho un católico o un marxista me acusaría, por ejemplo, de pesimismo? No soy yo quien ha inventado la miseria de la criatura ni las terribles fórmulas de la maldición divina. No soy yo quien ha creado ese “Nemo bonus” ni la condenación de los niños sin bautismo. No soy yo quien ha dicho que el hombre era incapaz de salvarse por sí solo y que desde el fondo de su pequeñez no tenía esperanza más que en la gracia de Dios. En cuanto al famoso optimismo marxista… Nadie ha llevado más lejos la desconfianza con relación al hombre, y finalmente las fatalidades económicas de este universo se presentan como más terribles que los caprichos divinos.

Los católicos y los comunistas me dirán que su optimismo es de mayor alcance, que es superior a todo el resto y que Dios o la Historia, según los casos, son las conclusiones satisfactorias de su dialéctica. Yo tengo el mismo razonamiento: si el cristiano es pesimista en cuanto al hombre, es optimista en cuanto al destino humano. Pues bien. Yo diré que, pesimista en cuanto al destino humano, soy optimista en cuanto al hombre. Y no en nombre de un humanismo que siempre me ha parecido corto, sino en nombre de una ignorancia que trata de no negar nada…

Eso es, creo, cuanto os tenía que decir. Estamos ante el mal. Y para mí es cierto que me siento un poco como el Agustín de antes del cristianismo, que decía: “Buscaba de dónde viene el mal y no salía de él”. Pero es cierto también que yo sé, con otros pocos, lo que hay que hacer, si no para disminuir el mal, al menos para no añadirle nada. No podemos impedir quizá que esta creación sea una de aquellas con que se tortura a los niños. Pero podemos disminuir el número de torturados. Y si vosotros no nos ayudáis a ello, ¿quién, pues, en el mundo, podrá ayudarnos?

(A. Camús, “El incrédulo y los cristianos”, -Fragmentos de una disertación hecha en el convento de dominicos de Latour-Naubourg en 1948-, Aguilar, “Obras completas de Camús”, Tomo II, México, 1973, pg. 360).

… Creo que tengo una idea justa de la grandeza del cristianismo, pero quedamos algunos en este mundo perseguido que tenemos el sentimiento de que si Cristo ha muerto por algunos, no ha muerto por nosotros. Y, al mismo tiempo, nos negamos a desesperar del hombre. Sin tener la ambición irrazonable de salvarle, queremos por lo menos servirle. Si bien nosotros consentimos en prescindir de Dios y de la esperanza, no prescindimos tan cómodamente del hombre.

(A. Camús, “Moral y Política”, en “Obras completas de Camús”, tomo II, México, 1973, pg. 287)

Mi papel, lo reconozco, no es el de transformar al mundo ni al hombre: no tengo suficientes virtudes ni luces para eso. Pero quizá lo es el de servir, desde mi puesto, a algunos valores sin los que no vale la pena vivir en el mundo, incluso transformarlo, sin los que un hombre, incluso nuevo, no merecerá que se le respete.

(A. Camús, “Actualidades I”, en “Obras completas de Camús”, tomo II, México, 1973, pg. 357). 

Recopilación de fragmentos 

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