El negocio de la contracultura(por Joseph Heath y Andrew Potter)

Durante mucho tiempo acepté la teoría contracultural de que el sistema tiene una capacidad inagotable para integrar a los disidentes mediante la apropiación. Pero al ir pasando los años, cada vez era más difícil negar lo obvio. En un principio, las personas responden a las conductas sociales extrañas con desaprobación. Así es como funciona la cultura humana. También es una respuesta perfectamente comprensible. Cuando vemos subir a nuestro vagón de metro a una persona claramente trastornada, nadie corre a sentarse a su lado. Esto no se debe tanto al miedo en sí como al hecho de que no se sabe lo que puede ocurrir y nadie quiere meterse en líos. Sin embargo, la rebeldía contra-cultural no es algo casual, sino que responde a unos esquemas muy claros. Por eso los hippies o los punks pueden «hacerse notar» con su forma de vestir sin que nadie les considere unos lunáticos. En otras palabras, las normas alternativas de la subcultura la identifican como un movimiento de disensión y no como una simple desviación social. Pero precisamente debido a ello, la gente acaba acostumbrándose. Es «normal» ver a un grupillo de punks en el centro comercial. Y al final la gente ya no reacciona con indignación, porque ya sabe en qué consiste el asunto. Así es como se transforma la cultura. No consiste en una apropiación, sino en un mecanismo de adaptación.

Creo que éste es el error básico del pensamiento contracultural: interpretar el hecho de que las normas sociales acaben imponiéndose como una señal de que el orden social en su conjunto es un sistema represivo. Además, juzga la resistencia a la infracción como una confirmación de su teoría. A menudo se trata de un simple embellecimiento de la conducta antisocial, es decir, transgredir por el simple hecho de transgredir. Esta mentalidad en la vida diaria suele ser inofensiva, pero políticamente puede resultar desastrosa. Lleva a los activistas contraculturales no sólo a rechazar las instituciones sociales existentes sino cualquier otra alternativa que se proponga, aduciendo que al final se institucionalizará e impondrá por la fuerza. Por eso la contracultura rechaza la política izquierdista tradicional, que cataloga de «institucional».

Esta tendencia a rechazar soluciones institucionales para los problemas sociales nos lleva directamente al pecado capital de la contracultura. Siempre rechazan las soluciones sencillas para los problemas sociales concretos, abogando por alternativas más «profundas» o «radicales» que jamás se podrían aplicar eficazmente Como se demuestra en los siguientes capítulos, este pecado capital contamina todas las parcelas de la política contracultural. Afecta a los kamikazes culturales y al movimiento anticonsumista, a los críticos del sistema educativo, a las organizaciones medioambientales, a los grupos antiglobalización y feministas, así como a los partidarios de las religiones englobadas en el «New Age». Al rechazar cualquier propuesta que no implique una transformación total de la conciencia y la cultura de la humanidad, los activistas de la contracultura suelen acabar agravando precisamente los problemas que pretendían solucionar.

fragmento del Libro: Rebelarse vende (el negocio de la contracultura)

Autores: Joseph Heath y Andrew Potter

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