Sobre el corazón (Entrevista a Manuel Moretti)

Por Celina Artigas

Hace dos meses salió El costado izquierdo, sexto disco de Estelares –primero de producción propia–  y, también, la excusa para que Manuel Moretti repase los anteriores discos, sus rumbos sinuosos, los sitios por donde anduvo.

Hace veinte años, Manuel dormía en una habitación exactamente igual a ésta. La otra quedaba en una casa sobre calle 41, al 633, en La Plata, y ésta, en un departamento viejo sobre Jean Jaurés, en el corazón partido de Almagro –barrio donde también vivieron Prodan y Gardel–. En la primera, otros shines cubrían el suelo y otro televisor –frente a la cabecera–  titilaba las luces de un zapping desinteresado durante los noventa. Había un talco de otra marca, libros que ya no tiene, otro cenicero lleno de colillas y viejos modelos de zapatillas que estacionaban como veleros, contra el colchón, buscando salvarse de un naufragio.

Sobrevivió de entonces el reproductor de vhs –que ya no anda y a cuyo lado hasta las ruinas de Pompeya parecen un Feijoo–; la mala costumbre del colchón en el piso y la capacidad de sobreadaptarse a un lugar incómodo. Trajo desde el pasado esas cajas que ahora están mitad abiertas, mitad cerradas y todas desparramadas por ahí. Los juguetes de Juana –su hija– marcan allí un territorio nuevo y la ropa está a punto de entrar o salir de una valija. Se va: mañana, pasado. Volverá otro día. Pero antes de que pueda desarmar y ordenar todo lo que hay guardado entre cartones, se irá otra vez.

A pesar de su propia voluntad, todavía Manuel sigue siendo aquel: el peregrino. Y la que habita, la cueva donde puede poner en orden, al menos, sus ideas –esas que dan cuenta de una maravillosa y sensible manera de percibir el mundo–  y donde el poeta de la soledad puede refugiarse escribiendo fórmulas de deducción lógica para ponerse a salvo o volar entre las nubes de la mañana del aviador.

 ¿Viste el frío descomunal de Siberia?

Es casi una paradoja que alguien que analiza todo, descrea del conocimiento racional; que aunque le cante insistentemente al amor tema sentirlo y busque una y otra vez volver a la soledad; que cuando ama prefiera la ausencia porque la distancia lo emociona. Pero no son más que contradicciones y, cuando compone, logra escabullirse de ese padecimiento. Levanta vuelo hasta hallar el lugar de las metáforas vírgenes y volver. A traducir cierta sabiduría de un nivel de verdad que arrasa con todo en las canciones. Así ha vivido durante mucho tiempo.

En el disco que está casi en la calle, El costado izquierdo, hay una canción llamada Aleluya que cuenta la historia de un tipo lleno de miedos. Una línea de su estrofa dice algo como: tras el pinar se logra ver la lengua del cielo. “La lengua del cielo… Yo no sé qué es eso, pero apareció. Para la comunicación de las sensaciones están los poetas, los escritores, ¿no? Pero las traducciones son muy antojadizas y tienen una base racional. Yo no creo en la razón como modo de conocimiento. Me parece absolutamente desconfiable porque todo lo que sabemos resulta de los sistemas de interpretación del hombre occidental, del hombre blanco y yo estoy en contra de sus instituciones, su modo de conocimiento y la forma que le ha dado a la cultura. Sé que somos racionales pero no me instrumento en función de la razón para comunicarme. Me encuentro mejor con alguien en un registro de intuiciones o percepciones sensoriales…  cuando alguien dice algo como: ¿viste el frío descomunal de Siberia? ¿Viste lo que es eso, man? Y habla de haber andado por lugares que no todo el mundo chequeó; recorridos de una soledad que no tiene posibilidad de una traducción racional”.

En la época en que recién había dejado las drogas, una tarde Manuel se encontró en la Placita de 8 y 43, en La Plata, donde aún hay un bar, con un pibe que era sobrino de Stroesner –dictador de Paraguay–. Hablaron por horas, durante ese tiempo en que, para Manuel, los atardeceres eran eternos, angustiantes. Antes de perderse en la oscuridad del fuera de campo, el pibe le dijo: crea, hacé algo con esa desesperación que toma todo  tu mundo interno; dedicate a escribir. “Fue la primera vez que me encontré con alguien que dije: sabe de lo que estoy hablando cuando ni siquiera yo sé de qué estoy hablando”.

Desde entonces o desde antes, tal vez, Manuel vive volando adentro de su cabeza; tratando de correr las lianas que amenazan ensombrecerlo todo, luchando contra el temor. Hay algo enternecedor y salvaje en su forma de encarar los objetos y las actividades de la vida cotidiana. Es alguien que a pesar de poder hacer un razonamiento lógico que da con la falla central del Estado Moderno no puede ver que está a punto de incendiarse el pelo que cuelga por fuera de un diminuto jarrito donde, sobre la hornalla enorme de la retaguardia del anafe, hierve una infusión de agua y jengibre con la que se vaporiza. Levanta la cabeza, de pronto. Sus lentes están completamente empañados. “¿Sabés qué me molesta…? Todo es tan previsible… Ustedes, las mujeres… Y ya sé todo lo que me vas a decir… lo sé porque pienso demasiado rápido. La gente está enredada en su propio complejo de Edipo y desde ahí elige el amor…“. Su característica irritación lo condena una y otra vez a la soledad pero, también, puede salvarlo milagrosamente de un episodio trágico.

“Y, además, a mí la soledad ya no me pesa. Ya pasó, ya no la siento. Se acabó. Si el amor me llega a los ochenta años, bienvenido sea. No tengo ningún tipo de ansiedad ni miedo a estar solo”, dice y bufa contra el vapor que envuelve la cocina. Es una lástima que Tarsila Do Amaral no haya llegado a conocerlo. De haberlo hecho, seguramente hubiese dedicado algunas obras al respecto. Difícil encontrar ejemplar más bello del hombre primitivo que para resguardarse de una colonización, le arranca el corazón a su conquistador, lo disecciona y, luego, se lo come crudo, destruyendo y fundando, en ese mismo acto, una cultura nueva: de una verdad poderosamente visceral.

A unos días del primer encuentro hay un llamado para convenir fecha de encuentro para la semana siguiente. Antes de cortar, dice: “Esperá. Te quería decir algo. En realidad, el nuevo disco es el de un hombre que no quiere estar más solo. Eso”. Aleluya es apenas una canción de este nuevo disco en el que los Estelares decidieron dejar atrás las puntuales escuchas e intervenciones de Juanchi Balerión –su productor– para embarcarse en la aventura de producirse solos, tratando de averiguar –después de un largo aprendizaje– qué son capaces de darse a sí mismos como banda. Y la verdad está por verse. O escucharse.

(Sí… mejor).

 

 Una temporada en el infierno

Manuel no sabía qué quería hacer cuando se fue de Junín. En capital ingresó en la UBA para estudiar Medicina y dejó. Después dejó, también, Arquitectura y Filosofía. Fueron tres años –del 84 al 87–  de escalas técnicas entre La Plata y Buenos Aires, en casas de amigos y el tiempo en que no encontraba el rumbo mientras desechaba soluciones. Ni curar, ni construir, ni pensar.

Volvió a Junín y comenzó a manejar camiones, como su padre. Y a veces viajaban juntos. Por las rutas argentinas surgieron las primeras charlas amigables. Su padre le contó del sueño blanco –un lugar entre dormir y estar despierto– propio de los cansados veteranos del camino y Manuel lo experimentó. Entre idas y vueltas sin saber a dónde empezó a drogarse. “Empecé tomando antipsicóticos que le robaba a mi mamá. El alopidol me desequilibró, además de que yo estaba desequilibrado por la angustia, con problemas familiares y sin saber lo que quería”. Vino la temporada fría. Se rindió a las drogas que lo llevaron por la noche inmensa de la soledad, al frío descomunal de Siberia. Anduvo desorientado como cría de leopardo y regresó a La Plata. “Regresé porque tenía una intuición y la certeza de que no estudiaría nada más. Estaba muy loco pero lo único que sabía era que tenía que expresarme. Dije: ya no hay más razón, papá. Y ese fue el inicio de mi enojo con la razón. Yo había sido siempre un tipo muy centrado y solitario, obediente y buen alumno. Si los pibes de la escuela me decían curita… (se ríe)”.

El chico tímido, un poco culposo que trataba de hacer siempre las cosas bien, empezó a romperse. La razón se rompió toda. Y después de tres años de chifladura se instaló en la casa de Chirola [Fernando Migliorini, quien sería luego el guitarrista de Licuados Corazones, su primera banda; una que tocaba rock más corrosivo] y el Pájaro [Rickard, compositor y cantante de Pájaros] y se tiró de cabeza a la facultad de Bellas Artes y la Escuela de Teatro. “Vivíamos en esa casa donde nadie podía estudiar nada, estábamos completamente despelotados. Un año y medio o dos tomaba desde que me levantaba hasta que me acostaba. A mí me pintaba el bajón a cualquier hora e iba a la casa del dealer. Me levantaba a las nueve o diez de la mañana y desayunaba con merca… Llegaba a Arte Dramático completamente colocado y me parecía que las cosas me salían bárbaro. Una profesora de Expresión Corporal, para la muestra de fin de año, se enojó conmigo porque yo no estudiaba y no tenía método… nunca tuve método para nada… si hasta para hablar no sé… y me dijo:hay que trabajar. Con el talento solo no se hace nada. Creo que ese fue el momento en que descubrí que tenía talento”.

Antes de aprender a tocar la guitarra había compuesto Ardimos; esa poderosa canción que prende fuego parlantes; que dio origen al nombre de un disco pero que cayó dentro de otro: Sistema Nervioso Central y que quedó entre los frames de la película de Eduardo Pinto, Caño dorado. Pero también había compuesto otras canciones para entonces. “Yo estaba en un viaje de expresión mal… componía todo el día, grababa… tocaba la guitarra en quintas porque no sabía otros acordes. El Pájaro fue el primer tipo al que vi tocar la guitarra con acordes simples y ahí aprendí. Todo era super precario. Lo que no era precario era que aparecían versos, que tengo grabados en cassettes Magnatape. Están todavía por ahí… en esas cajas. No los escucho más porque me dan impresión. Si los escuchás te van a asustar. Se mezclan gritos… Realmente era una etapa terrible. Quería destruir todo, destruirme a mí”.

En aquel entonce Manuel trabajaba de mozo en un restaurant que todavía está sobre el boulevard 53. “Una tarde llegué al trabajo con las venas reventadas. No podían parar de sangrarme. Me asusté tanto… Ahí dejé. Todo duró un par de años… Hasta el 89. Después dije basta; se acabó todo”. Se cayó el muro de Berlín. Y él comenzó a bajar a tierra. Así encontró a su primer banda, Licuados Corazones, y a una mujer de la que se enamoró perdidamente; que lo cuidó cuando se despertaba a los gritos, entre ruinas, en los brazos de ella. Ese fue su primer aterrizaje.

 El horizonte es mío

Los noventa se inauguraron con otra mudanza. La casa de Peregrinos fue una casa popular en la historia no contada del rock platense. Quedaba en 55, entre 17 y 18, y fue el albergue transitorio de una camada de artistas plásticos, fotógrafos, músicos, bailarinas de tango, gente de teatro. Allí vivían con Manuel Federico y Luciano Mutinelli –actuales bajista y baterista de Mostruo!– y Juan Soto –el genial ilustrador de las tapas deSistema Nervioso CentralUna temporada en el amor–. Fue una época prolífica y de vinculación con el cine, el tango y los poetas. “Después de cuatro años en la Facultad de Bellas Artes, de la Escuela de Teatro, después de haber escuchado muchos discos, de haber tomado mucha droga… llegué al pico máximo de maduración de información”.

En esa casa Manuel escribía como cuarenta canciones por mes. Tuvo letras que surgían de jugar con las palabras; así concibió la letra que más trabajo le costó a lo largo de su carrera. Muñecas en Turquía salió después de veinte días de buscar palabras y le adeuda influencias a la canción de Páez,  Lejos de Berlín. “Peregrinos fue muy intenso; fue después de que había conocido por primera vez el amor y lo había perdido por las chifladuras mías. Fueron solamente siete shows y se llenaba siempre”.

–        ¿Qué queda del peregrino?

–        Ahora el peregrino está muy lejos. A veces saco la cuenta y es como si hubiese sido otra vida. La he pasado bien y mal, pero estaba muy presente el solitario. Ahora no me acuerdo bien… Es como si te hablara de la temporada de inyectarme drogas pesadas. Todo eso está muy lejos ya de mí. Te puedo decir qué cosas aprendí: las drogas pesadas me dieron la agudeza, la oscuridad de la soledad y el peregrino me enseñó la relación amable con la soledad.

–        ¿Y la soledad que te trajo?

–        Soledad.

En plena época de fervor grunge, a Manuel se le ocurrió un nombre para la banda nueva. Más bien parecía de cumbia y acarreaba la remembranza de una época de clubes de baile, en que los presentadores decían: “… y esta noche… con las actuaciones estelares de…”. Los Estelares. Volver al cielo; a volar con un proyecto que potenciara esos aprendizajes de la época de Peregrinos.

El primer disco de Estelares fue Extraño lugar (1996). Una vuelta de página que dejaba atrás el tiempo oscuro, pero que no prometía un horizonte legible para la banda. Sin embargo, aferrado a diez acordes aprendidos de oído y de porfiado, él creía en sus canciones. Más adelante grabaron Lados B; un disco que, aunque fue pensado como un rejunte de canciones extraditas de Extraño lugar, tiene una belleza indescriptible y tal vez sea el mejor conductor a aquellos primeros discos que aparecieron en su vida; los compilados melódicos de los setenta que escuchaba su mamá en su vieja casa de Junín cuando él todavía era un niño. Nino Bravo, Leonardo Fabio, Roberto Carlos… Y luego todos quedaron soplando de algún modo en las canciones de Manuel.

Algo extraño empezaba a pasar… y todavía pasa. Cuando tocaba Estalares –en los bares; después, además, en los teatros– los lugares reventaban de jóvenes que buscaban en la banda entera un pulso a sus vidas y saltaban las canciones distorsivas que el tiempo –y Balerión– ajustaron a una forma más redonda y radial. En cambio, cuando tocaba Moretti solista había una energía extraña y entrópica. Alrededor del escenario se congregaba gente que no estaba bien y algunas chicas. Porque siempre ha habido chicas alrededor de Manuel. Chicas que aún hoy se mueren de amor al oírlo cantar. Chicas que se lo han llevado a la cama como se hubieran llevado a una bolsa de carbón. Chicas, todas distintas, para desorientar a alguien que se repite a sí mismo.

Si bien es cierto que el año 2001 no le prometía nada a nadie; que el panorama del mundo por estas tierras no era esperanzador y que esa noche de noviembre llovía y llovía… hay una escena que refleja esa distancia entre la banda y el solista. La vieja Fabriquera estaba situada en 2, entre 41 y 42, a media cuadra del cabaret La rosa roja y de la terminal de ómnibus de La Plata. Era una antigua casa revestida por un halo dramático y velas que olían mal. Aún no era ese mito vital en el que se transformaría luego de su cierre –un año después– en los relatos de lo que sumaron décadas (sin trofeos) como asiduos concurrentes a los happenings lúmpenes de la noche platense, pero ya entonces era un tugurio de mala muerte y, por tanto, prestigioso. Llovía y a excepción del tipo que atendía la barra; la mina que vendía entradas con la desazón preventiva de quien va a venderle hielo a los esquimales; dos chicas perdidamente enamoradas del cantante; un poeta de la villa de Quilmes que había llegado empapado y dispuesto a regalarle un par de letras de canciones a Manuel y él –Manuel. Moretti, el cantante– en ese lugar no había nadie y muchas goteras regaban el piso. Pero así y todo en algún momento comenzó el show.

Manuel tocó algunas canciones de La Mañana del aviador y se fue emborrachando para compensar los centímetros de lluvia que caían del cielo. Por entonces usaba camisas blancas sin planchar con cuellos que salían volando por encima de un sweater de cuello redondo tejido a mano por su madre; llevaba el pelo atado en una colita y, a veces, tenía un aire a Johnny Depp o a un actor francés. Dijo: voy a hacer una canción de un compositor que admiro mucho y se acomodó sus lentes estilo Elvis Costello. Tras los cristales la mirada del chico triste estaba perdida y la última frase que se escuchó quedó dando vueltas en el aire viciado de esa noche espesa: “algunos hombres apenas si nacieron. Los hombres no se hicieron para ser prisioneros” dijo y, después, se largó a llorar. Se levantó tambaleando de la silla; se tropezó contra todas las cosas que encontró a su paso y luego desapareció aferrado a su guitarra y al vaso de fernet, olvidando un cigarro humeante en el suelo del escenario.

 El peregrino busca un lugar…

“En los dos primeros discos de Estelares [Extraño lugar (1996); Amantes Suicidas (1998)] hay una investigación sobre el narcisismo. Le puse el cuerpo a cada investigación sobre el alma humana que hice. Pero en este buscar comprender la soledad había una gran violencia intelectual y un pedido de cercanía con alguien, en un momento en que no pegaba cercanía con nadie”. Fue lento el paso entre aquellos primeros discos y Ardimos (2003) –el primero que trabajaron con Juanchi Balerión y que les cambió la manera de entrar en las canciones. De pronto, los estribillos empezaban a ser importantes–; un disco bisagra emocionalmente. Le implicó a Manuel mucho sacrificio –mudarse a Capital; vivir nuevamente de prestado, encontrar un lugar en casas ajenas y viajar algunos días en el mes a Junín para comer algo rico y en mayor cantidad–. Los tres años que duró la grabación fueron años inciertos pero en los que le puso una cláusula terminante a su bohemia: “O las canciones me empiezan a dar de comer… O…”. No había un plan b. Así que apostó todo. Y tuvo fe. Pese a que algunas canciones hablaban de lo contrario. Y pese a que en el resto de la banda: en Torio (Víctor Bertamonti), en Pali (Pablo Silvera) había mucho más que la esperanza romántica de un mito. Había trabajo, compromiso, apoyo incondicional a Manuel y proyección artística y personal.

Después de Ardimos la curva fue ascendente. Sistema nervioso central (2006) fue un disco lleno de hits que explotó en las fms y consagró a los Estelares como una banda de power pop. Sin embargo, debajo de la efervescencia más divulgada había canciones con letras profundas y tangueras, para quien quisiera escuchar historias de un sobreviviente al que le quedaba mucho más que demasiadas pocas cosas; le quedaba el compromiso de construir un relato con su verdad.

De aquel principio a la temporada en el amor han pasado muchas cosas… Cosas que hicieron que su mundo narrativo se amplifique; que las historias dejen de replegarse una y otra vez sobre un hombre solitario que se busca a sí mismo sin saber a dónde, hasta cuándo y para qué. “Una temporada en el amor habla del amor en un sentido amplio… y de la construcción. Yo antes de que naciera mi hija estaba de novio con las canciones. Conocía mujeres pero en el momento en que había que ponerse y estar… no, no, no. Huía. Tenía que irme a encontrar la frase; tenía que salir a buscar canciones, a encontrarme con un amigo y escucharlo que me cuente; tenía que irme a coger con una chica y a emborracharme toda la noche, porque esos eran los insumos del mundo compositivo. Todo eso cambió. Soy padre y muchas cosas me las enseñó el amor a mi hija. Ahora amo la composición pero puedo amar a un amigo, a una mujer. A pesar de que yo he sido siempre un escéptico”.

Dentro de este disco hay una canción que es posible señale el lugar hacia dónde se proyecta la banda musicalmente y que a nivel textual alberga ciertos agradecimientos a quienes estuvieron ahí, durante todos los años que tardó Manuel en llegar al reconocimiento que se merecía y a la temporada en el amor: Un viaje a Irlanda. Como si fueran cheques, con las canciones Manuel ha intentado desendeudarse de mucho afecto –sobre todo de sus amigos– que lo protegió de los fríos de su soledad. El banco de Londres se hubiera fundido con gente como él pero por estos pagos, donde la gente está más resignada al bicicleteo, un cheque puede resultar efectivo. “Hasta el 2006 transitaba por casas pero mi hogar eran las canciones. Ahora es el amor filial. Mi hija, Juana, me obligó a salir del narcismo” y le ha enseñado una felicidad más simple. A ella le dedicó una de sus canciones más hermosas, Mil abejas, mientras Juana comienza a descubrir el mundo.

  …un lugar cerca del cielo

En el camino hacia su  otra casa, en Villa Elisa, recuerda la película de los partidos de fútbol que jugaban hace treinta años en los potreros de Junín, con una banda de amigos que luego se desperdigaron siguiendo distintos rumbos pero que cada tanto se cruzan. “Me gusta el fútbol porque me gustan los lugares que me demandan atención, concentración. Necesito esa velocidad y alta demanda, como los corredores de F1 para no aburrirme. La cotidianeidad se me complica mucho. No puedo estar en la mesa con mi familia más de diez minutos. No soy un buen anfitrión. Los recibí a todos para Navidad y quería que estuviera todo bien, pero me estresé tanto que me enfermé. Estuve una semana con dolor de garganta. Aunque, bueno, ¿viste? El aire acondicionado que ponen en los supermercados te mata”.  Tanto lo estresó la navidad que de la puerta de su casa todavía cuelga una bocha dorada con muérdago verde.

Villa Elisa es un lugar hermoso para pasear, para vivir, para leer, para escribir y donde hoy se proyecta Manuel en otro Manuel. Uno que se queda, en vez de irse. Que escribe y recuerda muchos libros que ha leído y a algunos escritores que admira.

“Hubo momentos en que escribir fue desesperado, veía todo oscuro. Después empecé a encontrar algunas imágenes que me liberaban. Primero fue catártico, después fue expresivo. Ahora me emociona cuando consigo decir o encuentro imágenes más íntegras. Fue un proceso con momentos bien diferentes… A veces fantaseo con tener ochenta años y estar en mi casa, dedicándome a escribir una novela, al lado de mi mujer… una mujer que no me pida mucha sexo”. Inmortal, en la estatuilla de plástico ubicada en la barra que divide el living de la cocina, asola tras el respaldo del sillón donde está Manuel desparramado, Perón. Que se ríe. “Hubo un libro importante para mí… y es El fin de la aventura, de Graham Greene. Me gustó El gran Gatsby, de Fitzgerald, aunque me pareció más maduro, más fino y más personal Suave en la noche. Me quedé enamorado de Boquitas pintadas de Puig. Ese hombre que vive en las pensiones que tenía tanto que ver con el hombre del interior que soy yo; con esto de saberme del interior… Me conmovió mucho Manuel Mujica Laínez, por su manera exquisita de narrar. Me voló la cabeza de Conrad, El corazón de las tinieblas; cómo contar una aventura hacia el infierno. Me impresionó La balada del álamo Carolina, de Haroldo Conti; la representación del escritor nacido en Chacabuco que narraba la ruralidad. Mi ruralidad que había leído en Faulkner, enMientras agonizo, y me había encantado la descubrí después en Conti… Glosa, de Saer. Me pregunto ¿cómo hacen estos hijos de puta para escribir 600 páginas y con esa naturalidad al hablar; con ese cinismo y esa chifladura? en novelas gigantes como El mundo según Garp, de Irving o Las correcciones, de Jonathan Franzen; son esos libros demenciales. Me producen admiración los tipos que consiguen escribir una novela o un cuento largo como a veces pienso que es El juguete rabioso… El perseguidor… aunque toda esa cosa francesa… No. Mentira. Está buenísimo. Me leí las biografías de Miles Davis y Días difíciles, de Dickens”. Para, piensa, toma aire. “Me relaciono mucho con el estilo y el don de los escritores. No tanto con la historia que cuentan sino con cómo. Y, básicamente, me conmueve la profundidad. Si no hay eso, tenés que tener al menos unos atributos de estilo como Foster Wallace; que hace lo que quiere. Me gusta además de ver el talento pescarles de dónde vienen. Yo alguna vez había empezado a escribir una novela sobre un hombre que se enamoraba de una bailarina de tango y se volvía tan loco de los celos que quería matarla… Después dejé de escribir. Si volviera a escribir una novela ya no escribiría esa porque mi escritura ha cambiado mucho”.

Mientras amanece, doce chicharras rosas titilan en el jardín de su casa del Rincón donde viven, en terrenos aledaños, todos sus amigos que ya van terminando de construir sus casas, a medio camino entre La Plata y Capital Federal. Allí inventaron un lugar para esa comunidad jipi que –en extensas tertulias– se propone resolver el mundo. Al menos, su mundo.

Doce chicharras rosas están gravitando sobre un pozo que será pronto una pileta. Las nubes de ayer se han ido hacia el sur. Un inmenso sol calienta la mañana cuando enciende el auto que va de regreso a Almagro. Frena la marcha lenta, un perro batata que anda suelto por las calles de tierra y pedregullos, resultado de los surcos de las gomas de automóviles que van asfaltando lentamente Villa Elisa. Pasa, se va, y el auto sigue su viaje. Hay apenas un leve viento entre las ramas de los árboles y ese sonido lo tapa la radio en la que suenatodo el rock nacional. Dice Fito: “no creas que perdió sentido todo, no dificultes la llegada del amor, no hables de más, escucha el corazón, ese es el cable a tierra”.

 fuente

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