Elogio de la estupidez ¿O deberíamos decir de la imbecilidad? (por Umberto Eco y Jean-Claude Carrière)

Jean-Philippe de Tonnac: En fin, qué, si he entendido bien, están ustedes enamorados de la estupidez…

Jean- Claude Carrière: Fielmente enamorados. La estupidez puede contar con nosotros. Cuando en los años sesenta Guy Bechtel y yo empezamos nuestro Dictionnaire de la Bêtise, que ha tenido más de una edición, nos dijimos: ¿por qué dedicarnos solo a la historia de la inteligencia, de las obras maestras, de los grandes monumentos del espíritu? La bêtise, tan amada por Flaubert, nos parecía infinitamente más extendida, es evidente, pero también más fecunda, más reveladora y, en un cierto sentido, más oportuna. Escribimos una introducción que titulamos Éloge de la bêtise…Nos proponíamos también organizar “cursos de bêtise”…

Todas las idioteces escritas sobre los negros, los hebreos, los chinos, las mujeres, los grandes artistas, nos parecen infinitamente más reveladoras que los análisis inteligentes. Cuando el superreaccionario monseñor de Quélen, en la Restauración, declaró desde el púlpito de Notre-Dame ente una audiencia de aristócratas, en su mayoría emigrados que habían regresado a Francia: “No solo Jesucristo era hijo de Dios, sino que era de excelente familia por parte de su madre”, dijo muchísimo no solo sobre él mismo, lo cual tendría un interés relativo, sino especialmente sobre la sociedad y la mentalidad de su tiempo.

Me acuerdo también de esta perla que se encuentra en Houston Stewart Chamberlain, conocido antisemita: “Todo aquel que sostenga que Jesucristo es judío o es ignorante o deshonesto.

Umberto Eco: Aún así me gustaría  que llegáramos a una definición, importante para nuestra discusión.En uno de mis libros hice una distinción entre el imbécil, el tonto y el estúpido. El tonto no nos interesa. Es el que lleva la cuchara a la frente en lugar de apuntar a la boca; es el que no entiende lo que le dices. Su caso es simple. La imbecilidad, en cambio, es una cualidad social y por lo que me atañe también puede llamarse de otra forma, puesto que para algunos “estúpido” e “imbécil” es lo mismo. El imbécil es aquel que en un determinado momento dirá exactamente lo que no debe decir. Mete la pata involuntariamente. El estúpido, en cambio, es distinto; su déficit no es social, sino lógico. A primera vista parece que razona de forma correcta; es difícil darse cuenta enseguida de que no es así. Por eso es peligroso.

Le pongo un ejemplo. El estúpido dirá: “Todos los habitantes del Pireo son atenienses. Todos los atenienses son griegos. Por lo tanto los griegos son habitantes del Pireo”. Sospechamos que algo no funciona porque sabemos que hay griegos de Esparta, por ejemplo. Pero no sabemos explicar inmediatamente dónde y por qué se ha equivocado. Deberíamos conocer las reglas de la lógica formal. Pues bien, creo que deberíamos ocuparnos en concreto del estúpido.

J.-C.C.: Para mí, el estúpido no se conforma con equivocarse. Afirma su error claro y fuerte, lo proclama, quiere que todos lo oigan. Es sorprendente ver lo estruendosa que es la estupidez. “Ahora sabemos de fuentes seguras que…” Y sigue una enorme gillipollez.

 U.E.: Tiene usted toda la razón. Si una persona dice con insistencia una verdad común, banal, se convierte inmediatamente en una bêtise

 J.-C.C: Flaubert dice que la estupidez consiste en querer sacar conclusiones. El imbécil quiere llegar, por sí solo, a soluciones perentorias y definitivas.Quiere cerrar para siempre las cuestiones. Pero esa bêtise, que cierto tipo de personas suelen percibir como  una verdad ,es para nosotros con el repliegue  de la historia, extremadamente instructiva. La historia de la belleza y de la inteligencia ,a las que limitamos nuestra enseñanza, es solo una ínfima parte de la actividad humana, ya lo hemos dicho. Quizá habría que pensar, y en efecto usted  ya lo está haciendo, en una historia general del error, de la ignorancia, además de la fealdad.

U.E. : Ya hemos hablado de Aecio y de la forma en que se dio cuenta de los trabajos presocráticos. No hay duda: ese señor era estúpido. En cuanto a la bêtise, tras lo que ha dicho usted , me parece que es distinta de la estupidez. Es, más bien, una forma de gestionar la estupidez

 J.-C.C: De forma enfática, a menudo declamatoria

U.E.: Se puede ser estúpido sin ser completamente “animales”. Estúpidos por azar.

J.-C.C: Si pero entonces no se hace de ello un oficio.

U.E.: Se puede vivir de bêtise, es verdad. En el ejemplo que usted citaba, decir que la familia de Jesús por parte de madre era una “buena familia” no es, desde mi punto de vista, una estupidez absoluta. Simplemente porque, desde el punto de vista de la exégesis, es verdad. Creo que en este caso estamos decididamente ante la imbecilidad. Puedo decir que uno es de buena familia. No puedo decirlo de Jesucristo porque es menos importante, en cualquier caso, que ser hijo de Dios. Por consiguiente, Quélen dijo una verdad histórica pero que no venía a cuento. El imbécil habla siempre sin intención

 J.-C.C: Pienso en otra cita: “Yo no soy de buena familia. Mis hijos sí”. A menos de que se trate de un humorista, aquí hay otro imbécil satisfecho. Y volvamos a monseñor de Quélen. Se trata siempre de un arzobispo de París, de un espíritu sin duda muy conservador pero capaz de ejercer en Francia, en aquel momento, una gran autoridad moral.

U.E.: Corrijamos, pues, nuestra definición. La bêtise es una forma de manejar con orgullo y constancia la estupidez.

J.-C.C: Sí, no está nada mal. Podríamos enriquecer también nuestra conversación con las citas de todos aquellos, y son numerosos, que han intentado demoler a los que consideramos grandes autores o artistas. Los insultos siempre son mucho más aparatosos que los elogios. Esto hay que reconocerlo y entenderlo. Un verdadero poeta se abre camino entre una tormenta de insultos. La Quinta sinfonía de Beethoven era “un estruendo de obscenidades”, “el fin de la música”. Y no faltan nombres ilustres en la guirnalda de insultos endosados a Shakespeare, Balzac, Hugo, etc. El mismo Flaubert decía de Balzac: “Qué hombre habría sido Balzac, si hubiera sabido escribir”.

Y luego está la imbecilidad patriótica, militarista, nacionalista, racista. Puede mirar en el Dictionnaire de la bêtise la entrada dedicada a los judíos. Las citas revelan más bêtise que odio. Bêtise mala, Ejemplo: los judíos tienen por naturaleza el gusto del dinero. La prueba: cuando una madre judía tiene un parto difícil, basta agitar unas monedas junto a su vientre para que el pequeño neonato judío salga tendiendo las manos. Esto lo escribió en 1888 cierto Fernand Grégoire. Escrito y publicado. Y Fourier decía que los judíos son “la peste y el cólera del cuerpo social”. Proudhon mismo anotaba en sus cuadernos: “Hay que devolver esta raza a Asia, o exterminarla”. Son “verdades” dispensadas por personas que se decían personas de ciencia. “Verdades” que producen un escalofrío en la espalda.

U.E.: Diagnóstico: ¿estupidez o cretinismo? Un caso de epifanía de la imbecilidad(en el sentido en el que yo lo entiendo) lo ofrece Joyce cuando refiere una conversación con Mister Skeffington: “Me apenó saber de la muerte de tu hermano”, dice Skeffington. “Era muy joven…un niño…” contesta Joyce. “Con todo…Es una pena…”, responde Skeffington.

 J.-C.C:  La bêtisea menudo es cercana al error. Es esta pasión por la imbecilidad la que siempre me ha acercado a su búsqueda sobre lo falso. Ahí hay dos caminos rigurosamente ignorados en la enseñanza. Cada época tiene sus verdades, por un lado, y sus notorios imbéciles, por el otro, enromes, pero asume la tarea de enseñar, de transmitir, solo la verdad. De alguna manera, la bêtise se filtra. Sí, hay un “políticamente correcto” y un “inteligentemente correcto”. Dicho de otro modo, una buena manera de pensar. La queramos o no.

U.E.: Es el test del papel de tornasol que nos permite verificar si estamos en presencia de un ácido o de una base. Si existiera un papel de tornasol para estos casos, podríamos saber en cada ocasión si estamos en presencia de un estúpido o de un imbécil. Pero, volviendo a su relación entre bêtise y falso. Lo falso no es a la fuerza expresión de estupidez o imbecilidad. Es simplemente un error. Ptolomeo creía de buena fe que la Tierra estaba inmóvil. Cometía un error por falta de informaciones científicas. Pero quizá mañana descubramos que la Tierra no gira alrededor del Sol y entonces tributaremos nuestro homenaje al a agudeza de Ptolomeo.

Actuar de mala fe significa decir lo contrario de lo que se considera verdadero. Pero cometemos siempre nuestros errores de buena fe. El error está presente, por lo tanto, en toda la historia de la humanidad; afortunadamente, porque si no seríamos dioses. La noción de “falso” que he estudiado, en realidad es muy sutil. Hay una modalidad de lo falso en la que este debe ser indiscernible (en el sentido de Leibniz) de lo verdadero, debe ser lo mismo que su modelo. Quienes presentan algo falso como “verdadero” sabiendo que no es lo mismo que su modelo, actúan con mala fe, engañan. Y la otra modalidad es el razonamiento falso de Ptolomeo, que, hablando de buena fe, se equivoca. Ptolomeo no era un falsificador porque creía de verdad que la Tierra estaba inmóvil. (*a)

JCC: Esta precisión no nos facilita nuestro esfuerzo de definición: Picasso decía que él podía pintar picassos falsos. También se vanaglorió de haber pintado los mejores picassos falsos del mundo.

UE: De Chirico también confesó que había pintado falsos de chirico. Y debo confesar que también yo he realizado falsos eco. Una revista satírica italiana, una especie de “Charlie Hebbo”, preparó un número especial de Il Corriere della Sera a propósito de la llegada de los marcianos a la Tierra. Evidentemente se trataba de una noticia falsa. Me pidieron un falso artículo firmado por mí, como parodia de Eco.

JCC: Es una manera de salir de sí mismos, de la propia carne, del propio oficio. Y también de la propia cabeza.

UE: Pero, ante todo, es una forma de criticarse, de poner entre comillas nuestros lugares comunes, porque eran precisamente los lugares comunes los que yo debía repetir para realizar “un falso eco”. El ejercicio que consiste en producir un falso de sí mismos es, por lo tanto, muy sano.

JCC: Lo mismo sucede para esta pesquisa sobre la estupidez que nos ha ocupado por algunos años. Se trató de un prolongado periodo en el que Bechtel y yo sólo leíamos, incansablemente, libros muy pero muy malos. Expurgábamos los catálogos de las bibliotecas, y la mera lectura de ciertos títulos ya nos daban una idea del tesoro que nos esperaba. Cuando descubres, en tu lista, un título como “De la influencia del velocípedo en las buenas costumbres”, puedes estar seguro de que encontrarás miel.

UE: El problema se presenta cuando un loco interfiere en tu vida. Como ya lo he dicho, realicé una investigación acerca de los locos que son publicados en la vanity press (editoriales en las que los autores pagan por publicar. N. de la T.), y para mí era evidente que yo estaba resumiendo sus ideas con total y absoluta ironía. Ahora bien, algunos de ellos no percibieron la ironía y me escribieron para agradecerme que hubiera tomado en serio su pensamiento. Lo mismo sucede conEl péndulo de Foucault, que arremetía contra los fanáticos del complot y del ocultismo y que suscitó en ellos algunos casos de manifestaciones de entusiasmo totalmente inesperadas. Todavía recibo (o mejor dicho: mi esposa o mi secretaria, que son las que las filtran) llamadas de teléfono por parte de un maestro de los Templarios. (…)

Dicho esto, la dificultad para decidir si alguien es un cretino, un estúpido o un imbécil se deriva del hecho de que estas categorías representan tipos ideales, son unos idealtypen, como dirían los alemanes. Pero la mayoría de las veces encontraremos en un mismo individuo una mezcolanza de las tres actitudes juntas. La realidad es más compleja que esta tipología. (…)

JCC: En efecto, la primera cosa que se descubre estudiando a la estupidez es que también nosotros somos unos estúpidos. Es evidente. No se puede tratar impunemente a los demás como si fuesen unos estúpidos, si uno no se da cuenta de que su estupidez es un espejo para nosotros. Un espejo permanente, preciso y fiel.

UE: Caemos en la paradoja de Epiménides, que dice que todos los cretenses son mentirosos. Ya que él es de Creta, entonces también él es mentiroso. Si un imbécil te dice que todos los demás son imbéciles, el hecho de que él sea imbécil no impide que acaso te esté diciendo la verdad. Si luego agrega que todos los demás son imbéciles como él, entonces da prueba de inteligencia. Por lo tanto, no es imbécil. Porque los verdaderos imbéciles solamente se pasan la vida olvidándose de que lo son.

También existe el riesgo de caer en otra paradoja, que ha sido enunciada por Owen. Todas las personas son imbéciles, excepto tú y yo. Pero también tú, a decir verdad, si lo pienso bien…

JCC: Nuestra mente es delirante. Todos los libros que coleccionamos, tú y yo, testimonian una dimensión realmente vertiginosa de nuestro imaginario. Es particularmente difícil distinguir la divagación y la locura, por una parte, y la imbecilidad por la otra.

UE: Otro ejemplo de estupidez que me viene a la mente es el de Nehaus, autor de un pamphlet sobre los Rosacruces escrito en la época en la que, hacia 1623, la gente quería saber si realmente existían o no. “El sólo hecho de que nos escondan su existencia es la demostración de que existen”, afirma este autor. (…)

Y para concluir, otra historia. En nuestras sociedades, en las que el problema del trabajo se le plantea a todos por igual, algunas personas están redescubriendo a los trabajadores manuales. A menudo, cuando he hecho uso de sus servicios, me sucede que al leer mi nombre en la tarjeta de crédito manifiestan conocer el oficio al que me dedico; y creo que esos mismos artesanos, hace 50 años, no habrían tenido la más mínima noticia acerca de mis libros. Por lo tanto, muchos trabajadores manuales de hoy en día, antes de dedicarse a un oficio manual, completaron su formación superior. Un amigo me contaba que un día, junto con un colega filósofo, tuvo que coger un taxi que lo llevara de la universidad de Princeton a Nueva York. El chofer, en la narración de mi amigo, era un oso cuyo rostro estaba completamente cubierto por largos vellos hirsutos. Éste da inicio a la conversación para saber un poco con quiénes estaba tratando. Ellos le dicen que imparten clases en Princeton. Pero el chofer quiere saber más. El colega, un poco fastidiado, le dice que se ocupa de las ontologías regionales y de la epojé fenomenológica, y el chofer lo interrumpe diciendo: “Ah, ¿usted quiere decir Husserl, no?”. Se trataba, naturalmente, de un estudiante de filosofía que trabajaba como taxista para pagarse los estudios. Pero en otra época, un taxista que conociese a Husserl era una especie absolutamente rara. En la actualidad ustedes se pueden topar con un taxista que escuche música clásica y que a mí me plantee preguntas acerca de mi último trabajo semiótico. No es algo del todo surrealista.

JCC: En su totalidad, son noticias positivas, ¿no?

UE: Podemos insistir en los progresos de la cultura, que son manifiestos y que tocan categorías sociales que antes estaban excluidas de ella. Pero a la vez, cada vez hay más imbecilidad. No porque en el pasado los campesinos se quedaban callados esto quería decir que eran tontos. Ser cultos no significa, necesariamente, ser inteligentes. No. Pero en la actualidad todas estas personas quieren hacerse notar y, fatalmente, en algunos casos sólo logran hacernos sentir su imbecilidad. Por lo tanto, podríamos decir que la imbecilidad de un tiempo no se exponía, no se hacía reconocer, mientras que ahora ofende nuestros días. (*b)

Libro: Nadie acabará con los libros

Autores: Umberto Eco y Jean-Claude Carrière

(*a):  Parte del libro obtenida de la traducción de Helena Lozano Miralles. Transcripción propia.

(*b): Parte del libro obtenida de la traducción hecha por  María Teresa Meneses. Transcripción de milenio

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