Gragnola, el anarquista (por Umberto Eco)

Gragnola y yo hablábamos de todo. Le comentaba mis lecturas y él discutía con furor.

–Verne –decía– es mejor que Salgari, porque es científico. Es más verdadero Cyrus Smith, que fabrica nitroglicerina, que ese Sandokán que se abre el pecho en canal con las uñas sólo porque anda chocho tras una tonta de quince años.

–¿No te gusta Sandokán? –le preguntaba.

–A mí me parece un poco fascista.

Le conté que había leído el Corazón de De Amicis, y me dijo que lo tirara a la basura porque De Amicis era un fascista (…)

Como en el Nouvissimo Melzi había leído la entrada Hegel (“Sabio filós. al. de la escuela panteísta”), le pregunté quién era el tal Hegel.

–Hegel no era un panteísta, tu Melzi es un ignorante. Si acaso, el panteísta era Giordano Bruno. Un panteísta dice que Dios está por doquier, incluso en esa cagarruta de mosca que ves ahí. Imagínate qué satisfacción; estar por todos sitios es como no estar en ninguno. Bueno, pues para Hegel no era Dios sino que era el Estado el que tenía que estar en todos sitios, luego era un fascista.

–¿Pero no vivió hace más de cien años?

–¿Y qué importa? También Juana de Arco, una fascista de tomo y lomo. Los fascistas han existido siempre. Desde los tiempos… desde los tiempos de Dios. Sin ir más lejos, Dios. Un fascista.

–¿Pero tú no eras un ateo, que dice que Dios no existe?

–¿Quién lo ha dicho?, ¿el padre Cognasso, que está más en la inopia que un besugo? Yo creo que Dios existe, desgraciadamente. Sólo que es un fascista.

–¿Y por qué va a ser Dios un fascista?

–Oye, eres demasiado joven para que pueda hacerte un discurso de teología. Empecemos por lo que sabes. Recítame los diez mandamientos, ya que en el Oratorio te los tienes que aprender de memoria.

Se los recitaba.

–Bien –decía–, ahora presta atención. Entre estos diez mandamientos hay cuatro, fíjate, no más de cuatro, que aconsejan cosas buenas, aunque también ésos, en fin, luego volveremos sobre ellos. No matarás, no hurtarás, no levantarás falsos testimonios y no desearás a la mujer ajena. Este último es un mandamiento para hombres que saben qué es el honor; por un lado, no les pongas los cuernos a tus amigos y, por el otro, intenta mantener en pie a la familia, y eso puedo asumirlo; es verdad que la anarquía quiere eliminar también a la familia, pero no podemos conseguirlo todo de una sola vez. En cuanto a los otros tres, de acuerdo, es lo mínimo que te aconseja también el sentido común. Que, bien pensando y juzgando, mentiras las decimos todos, a veces con buenas intenciones, pero matar no, no hay que matar nunca.

–¿Luego?

–Veamos los demás mandamientos. Yo soy el Señor tu Dios. Esto no es un mandamiento, si no, serían once. Es el prólogo. Pero es un prólogo que te tima. Intenta entenderlo: a Moisés se le aparece un tío, qué digo, ni siquiera se le aparece, se oye su voz y quién sabe de dónde sale, y luego Moisés va a contarles a los suyos que los mandamientos hay que obedecerlos porque proceden de Dios. ¿Y quién dice que proceden de Dios? Esa voz: “Yo soy el Señor tu Dios”. ¿Y si resulta que no lo era? Imagínate que yo te paro por la carretera y te digo que soy un carabinero de paisano y que me tienes que dar diez liras de multa porque por esa carretera no se puede pasar. Tú eres listo y me dices: pues quién me asegura a mí que tú eres un carabinero; a lo mejor eres uno que vive de por culear a la gente. Déjame ver los documentos. En cambio, Dios le demuestra a Moisés que es Dios porque se lo dice, y punto redondo. Todo empieza con un falso testimonio.

–¿Tú crees que no era Dios el que le dio los mandamientos a Moisés?

–No, yo creo que era precisamente Dios. Digo sólo que usó un truco. Siempre lo ha hecho: tienes que creer en la Biblia porque está inspirada por Dios, ¿pero quién dice que esté inspirada por Dios? La Biblia. ¿Entiendes el timo? Bueno, sigamos adelante. El primer mandamiento dice que no tendrás a otro Dios más que a él. Así, ese señor te prohíbe pensar, qué sé yo, en Alá, en Buda o incluso en Venus, que, la verdad, tener como diosa a una tía que está más buena que un pan no está nada mal. Pero quiere decir también que no tienes que creer, qué sé yo, en la filosofía, en la ciencia, y que no debe ocurrírsete que el hombre desciende del mono. Sólo él, nadie más. Ahora presta atención, que todos los demás mandamientos son fascistas, están hechos para obligarte a aceptar la sociedad tal cual es. Acuérdate de santificar las fiestas… ¿qué me dices?

–Bueno, en el fondo manda que vayamos a misa los domingos, ¿qué hay de malo?

–Eso te lo dice el padre Cognasso, que, como todos los curas, no se sabe de la Biblia ni media. ¡Despierta! ¡En una tribu primitiva como la que Moisés se llevaba de paseo por el desierto, esto significa que debes observar los ritos, y los ritos sirven para atar al pueblo, desde los sacrificios humanos hasta las concentraciones del Pelado ante el balcón del Palacio Venecia! ¿Y luego? Honra al padre y a la madre. Calla, no me digas que es justo obedecer a los padres, eso vale para los niños que deben ser guiados. Honrar al padre y a la madre quiere decir respeta las ideas de los ancianos, no te opongas a la tradición, no pretendas cambiar la forma de vida de la tribu. ¿Entiendes? No le cortes la cabeza al rey como Dios manda; es decir, perdón, como deberíamos hacer en el fondo si la cabeza, la nuestra, la tuviéramos bien plantada en los hombros, sobre todo con un rey como el enanejo ese del Saboya, que ha traicionado a su ejército y mandado a sus oficiales a la muerte. Entonces entiendes que incluso el no hurtarás no es ese mandamiento inocente que parece, porque lo que manda es que la propiedad privada no se toca, que es la propiedad de los que se han enriquecido robándotela a ti. Si sólo fuera eso. Faltan aún tres mandamientos. ¿Qué significa no cometerás actos impuros? Los varios padres Cognasso quieren hacerte creer que sirve sólo para impedirte menear lo que te cuelga entre las piernas y, la verdad, ir a marear las tablas de ley por alguna paja pues me parece un derroche. ¿Qué tendría que hacer yo, que soy un fracasado, que esa buena mujer de mi madre no me hizo guapo, por añadidura me he quedado cojo y una mujer que sea una mujer no la he tocado nunca? ¿Y me quieres quitar también este desahogo?

Por aquel entonces yo sabía cómo nacían los niños, pero creo que tenía ideas vagas sobre lo que sucedía antes. De pajas y otros tocamientos había oído hablar a mis compañeros, pero no me atrevía a profundizar. Claro que no quería que Gragnola pensara que me chupaba el dedo. Asentí mudo, con compunción.

–Dios podía decir, qué sé yo, puedes follar, pero sólo para tener niños, sobre todo porque entonces en el mundo eran aún demasiado pocos. Pero los diez mandamientos no lo dicen: por una parte, no debes desear a la mujer de tu amigo, y por otra, no debes cometer actos impuros. En fin, ¿cuándo se folla? Hay que ver, tienes que hacer una ley que le vaya bien a todo el mundo, y mira tú, los romanos, que no eran Dios, cuando hicieron las leyes tal fundamento les pusieron que siguen funcionando aún hoy. ¿Y Dios va y te manda un decálogo que no te dice lo más importante? Tú me dirás: sí, pero la prohibición de los actos impuros prohíbe follar fuera del matrimonio. ¿Estás seguro de que de verdad era así? ¿Qué eran los actos impuros para los judíos? Ellos tenían reglas severísimas, por ejemplo, no podían comer cerdo, y tampoco bueyes sacrificados de una determinada manera y, por lo que me han dicho, ni siquiera boquerones. Entonces los actos impuros son todo lo que el poder ha prohibido. ¿Qué? Todo lo que el poder ha definido como actos impuros. Te los inventas y ya está: el Pelado consideraba impuro hablar mal del fascismo y te mandaba al confinamiento. Era impuro ser soltero, y pagabas el impuesto sobre el celibato. Era impuro agitar una bandera roja, etcétera, etcétera, etcétera. Y ahora lleguemos al último mandamiento, no codiciarás los bienes ajenos. ¿Te has preguntado tú el porqué de este mandamiento, cuando ya estaba no hurtarás? Si tú deseas tener una bicicleta como la de tu amigo, ¿has pecado? No, si no se la robas. El padre Cognasso te dice que ese mandamiento prohíbe la envidia, que sin duda es una cosa fea. Pero hay una envidia mala, esa envidia que, cuando tu amigo tiene una bicicleta y tú no, querrías que se partiera el cuello bajando por una cuesta; y está la envidia buena, cuando deseas también una bicicleta y te pones a trabajar como un loco para podértela comprar, aunque sea de segunda mano, y es la envidia buena la que hace progresar al mundo. Y luego hay otra envidia, que es la envidia de la justicia, la que hace que no te resignes a que alguien lo tenga todo y otros mueran de hambre. Y si sientes esa bella envidia, que es la envidia socialista, te pones en marcha para construir un mundo donde la riqueza esté mejor distribuida. Pero es precisamente esto lo que el mandamiento te prohíbe: no desees más de lo que tienes, respeta el orden de la propiedad. En este mundo hay quienes tienen dos campos de trigo sólo porque los han heredado y hay quienes los labran por un trozo de pan, y el que labra no tiene que desear el campo del amo, si no, el Estado se desmorona y estamos en la revolución. El décimo mandamiento prohíbe la revolución. Así es que, querido chico mío, no mates ni robes a los desharrapados como tú, pero desea todo aquello que los demás te han quitado. Este es el sol del porvenir y por eso nuestros compañeros están allá arriba en el monte, para quitar de en medio al Pelado, que subió al poder pagado por los latifundistas, y, claro, a los teutones de Hitler, que quería conquistar el mundo para que el tal Krupp vendiera más cañones, que mecacho con los pedazos de Bertas que construye. Pero qué entenderás tú de estas cosas, a ti que te han educado haciéndote aprender de memoria juro obedecer las órdenes del Duce…

–No, yo entiendo, aunque no todo.

–Esperemos.

Aquella noche soñé con el Duce.

Un día fuimos por las colinas. Pensaba que Gragnola me hablaría de las bellezas de la naturaleza, como había hecho una vez, pero aquel día me indicaba sólo cosas muertas,  mondongos de buey secos sobre los que zumbaban las moscas, una vid con mildiu, una fila de orugas que iban a dar muerte a un árbol, unas patatas con la yema más cercida que su boniato, que ya estaban para la basura, la carcasa de un animal abandonada en un foso, y no se que sabía ya si era una garduña o una liebre porque estaba en estado de avanzada putrefacción. Y se fumaba un Milit tras otro, lo mejor para la tisis, decía, te desinfecta los pulmones.

– Fíjate muchacho, el mundo está dominado por el mal. Mejor dicho, por el Mal con M mayúscula. Y no me refiero sólo al mal del que mata a su semejante para robarle dos reales, o el mal de las SS que ahorcan a nuestros compañeros. Me refiero al Mal en sí, el Mal por el que los pulmones se me han podrido, una cosecha se echa a perder, una granizada puede sumir en la más negra miseria al duelo de una pequeña viña, que es todo lo que tiene. ¿Te has preguntado alguna vez por qué existe el Mal en el mundo? Ante todo, la muerte, que a la gente le gusta mucho vivir y, un buen día, ricos y pobres, la muerte se los lleva, incluso siendo niños. ¿Has oído hablar alguna vez de la muerte del universo? Yo que leo lo sé: el universo, digo todo todo, las estrellas, el sol, la vía Láctea, es como una pila eléctrica que dura y dura pero mientras tanto se va descargando, y un día se agotará. Fin del universo. El Mal de los males es que el mismo universo está condenado a muerte. Desde su nacimiento, por decirlo de alguna manera. ¿Y te parece un buen mundo éste, donde existe el Mal? ¿No era mejor un mundo sin Mal?

– Pues claro –filosofaba yo.

– Seguro, uno va y dice que el mundo nació por equivocación, que el mundo es una enfermedad del universo que no andaba muy bien de salud, y un buen día, venga, le sale esa pústula que es el sistema solar, y nosotros nos lo tragamos a pies juntillas. Pero las estrellas, la Vía Láctea y el sol no saben que tienen que morir y no se lo toman a mal. En cambio, de la enfermedad del universo nacimos nosotros, que por desgracia nuestra somos una panda de listos y hemos entendido que hay que morir. Por lo cual, no sólo somos las víctimas del Mal sino que encima lo sabemos. Que alegría, tú.

– Pero eso de que el mundo no lo hizo nadie lo dicen los ateos, y tú dices que no eres ateo…

– No lo soy porque no consigo creer que todo lo que vemos a nuestro alrededor, y la forma en la que crecen los árboles y los frutos, y el sistema solar, y nuestro cerebro hayan nacido por casualidad. Están demasiado bien hechos. Por lo cual, tiene que haber sido una mente creadora. Dios.

– ¿Y entonces?

– Entonces, ¿cómo concilias a Dios con el Mal?

– Así a bocajarro no lo sé, déjame que piense…

– Anda ya, déjame que piense, dice el tío, como si no hubiera habido en siglos y siglos cabezas sutilísimas que han pensando…

– ¿Y a qué han llegado?

– A un pito. El Mal, han dicho, lo introdujeron en el mundo los ángeles rebeldes. ¿Pero cómo? Dios ve y prevé todo, ¿y no sabía que los ángeles rebeldes se iban a rebelar? ¿Por qué los creó, si sabía que se rebelarían? Como si fuera uno que se dedica a hacer neumáticos de automóviles para que estallen al cabo de dos kilómetros. Sería un gilipuertas. Pues no, él los ángeles los crea, después se pone como unas pascuas de contento, mira qué par de cajones tengo que sé hacer también ángeles… Luego espera a que se rebelen (con lo que babearía esperando a que la diñaran) y los arroja al infierno. Pues bien, entonces es una mala bestia. Otros filósofos han pensado otra buena: el Mal no existe fuera de Dios, sino que él lo lleva dentro, como una enfermedad, y Dios se pasa la eternidad intentando liberarse. Pobrecillo, puede que sea así. Pero, mira, yo sé que soy tísico y nunca echaré hijos míos a este mundo, para no crear a unos desgraciados, porque la tisis se pasa de padre a hijo. Y un Dios que sabe que tiene esa enfermedad, ¿va y te hace un mundo que por mucha chorra que tenga estará dominado por el Mal? Pura maldad. Además, uno de nosotros puede engendrar a un hijo sin quererlo, porque una noche se deja llevar y no usa el condón; pero no, Dios ha engendrado el mundo porque lo quería.

– ¿Y si se le hubiera escapado, como a uno se le escapa el pis?

– Tú crees que estás diciendo algo divertido, pero es precisamente lo que han pensando otros cerebros finos. A Dios el mundo se le ha escapado como si fuera una meada. El mundo es un efecto de su incontinencia, como a uno a quien se le inflama la próstata.

– ¿Qué es la próstata?

– No importa, imagínate que te he puesto otro ejemplo. Mira, que el mundo se le haya escapado, que Dios no haya conseguido aguantarse y que todo esto sea efecto del Mal que lleva encima, para ser que es la única manera de disculpar a Dios. Nosotros estamos con la muerda hasta los ojos, pero tampoco él está mejor. Lo que pasa es que entonces caen como peras todas las cosas bonitas que nos cuentan en el Oratorio, sobre Dios que es el Bien, y que es el ser perfectísimo creador del cielo y de la tierra. Ha sido el creador del cielo y de la tierra precisamente porque era imperfectísimo. Y por eso ha construido las estrellas como una pila que no se recarga.

– No, perdona, Dios habrá construido un mundo donde nosotros estamos destinados a morir, pero lo ha hecho para someternos a una prueba y para que nos ganemos el paraíso, y por lo tanto la felicidad eterna.

– O para que disfrutemos del infierno.

– Los que ceden a las tentaciones del diablo.

– Tú hablas como un teólogo, que tienen todos una mala fe que manda cojones. Dicen, como tú, que el Mal existe, pero que Dios nos ha hecho el mejor regalo del mundo, que es nuestro libre albedrío. Podemos hacer libremente lo que nos manda Dios o lo que nos sugiere el Diablo, y si luego nos vamos al infierno es justo porque no hemos sido creados como esclavos sino como hombres libres, pero, claro, hemos usado mal nuestra libertad y hay que joderse.

– Pues sí.

– ¿Pues sí? ¿Pero a ti quién te ha dicho que la libertad es un regalo? A ver, cuidado con confundir las cosas. Nuestros compañeros del monte están combatiendo por la libertad, pero es libertad contra otros hombres que nos querían convertir en puras máquinas. La libertad es una cosa hermosa entre hombre y hombre; tú no tienes derecho a obligarme a hacer o pensar lo que tú quieres. Además, nuestros compañeros eran libres de decidir si irse al monte o emboscarse en algún sitio. Pero la libertad que me ha dado Dios, ¿qué libertad es? Es la libertad de ir al paraíso o al infierno, sin medias tintas. Tú naces y estás obligado a jugar esta partida de tute, y si la pierdes sufres toda la eternidad. ¿Y si yo no quiero jugar? El Pelado, que entre tantas cosas malas algo bueno habrá hecho, prohibió los juegos de azar, porque ahí la gente cae en la tentación y luego se arruina. Y no vale decir que no es libre de ir o no ir. Mejor que la gente no caiga en la tentación. En cambio, Dios nos ha creado libres y la mar de débiles, expuestos a las tentaciones. ¿Es un regalo? Es como si yo te tirara por esa cuesta y te dijera tú tranquilo, que tienes la libertad de agarrarte a una mata y volver a subir, o de dejarte rodar hasta que te quedes como la carne picada que comen en Alba. Tú podrías decirme: ¿pero por qué me has tirado si estaba tan bien aquí? Y yo te contesto: para ver si eras bueno. Menuda broma. Tú no querías probarme que eras bueno, te conformabas con no caerte.

– Ahora me estás confundiendo. ¿Cuál es la idea, entonces?

– Es sencillo, sólo que nadie lo ha pensado todavía. Dios es malo. ¿Por qué los curas te dicen que Dios es bueno? Porque nos ha creado. Pero precisamente ésa es la prueba de que es malo. Dios no tiene el Mal como nosotros tenemos un mal día. Dios es el Mal. Quizá, puesto que es eterno, no era malo hace millones y millones de años. Se ha ido volviendo malo, como esos niños que en verano se aburren y empiezan a arrancarles las alas a las moscas, para pasar el rato. Si piensas que Dios es malo, todo el problema del Mal se vuelve clarísimo.

– ¿Todos malos, entonces?, ¿también Jesús?

– ¡Ah, no! Jesús es la única prueba de que por lo menos nosotros los hombres sabemos ser buenos. La verdad, no estoy seguro de que Jesús fuera el hijo de Dios, porque no logro explicarme francamente cómo pudo nacer semejante trozo de pan de un padre tan malo. No estoy ni siquiera seguro de que Jesús existiera de verdad. Quizá lo inventamos nosotros, pero precisamente éste es el milagro, que se nos haya ocurrido una idea tan bonita. O quizá existió, era el mejor de todos, y decía que era hijo de Dios por su buen corazón, para convencernos de que Dios era bueno. Pero si te lees bien el Evangelio, te percatas de que también él, al final, se había dado cuenta de que Dios era malo: se asusta en el huerto de los olivos y pide que aleje de él ese cáliz, pero, tate, Dios no lo escucha; grita en la cruz padre mío por qué me has abandonado y, tate, Dios estaba mirando hacia el otro lado. Claro que Jesús nos ha enseñado qué puede hacer un hombre para enderezar la maldad de Dios. Si Dios es malo, intentemos ser buenos por lo menos nosotros, intentemos perdonarnos los unos a los otros, no hacernos daño, curar a los enfermos y no vengarnos de las ofensas. Ayudémonos entre nosotros, dado que ése no nos ayuda. ¿Entiendes lo grande que fue la idea de Jesús? Y lo que se fastidiaría Dios. Jesús ha sido el único verdadero enemigo de Dios, dónde queda el Diablo; Jesús es el único amigo que tenemos nosotros, pobres hijos de Dios.

– No serás un hereje, como esos que quemaron…

– Yo soy el único que ha entendido la verdad, sólo que para que no me quemen no puedo ir diciéndola a troche y moche, y te la he contado solo a ti. Jura que no se lo dirás a nadie.

– Lo juro.-Y crucé los dedos sobre los labios-. Crusin, crusùn.”

Libro: La misteriosa llama de la Reina Loana

Autor: Umberto Eco

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