Un día, igual que en la escuela primaria con David, un chico se me juntó. Era pequeño y flaco y apenas tenía pelo en la cabeza. Los chicos le llamaban Baldy (Calvito). Su verdadero nombre era Eli La Crosse. Su verdadero nombre me gustaba, pero no me ocurría lo mismo con él. El simplemente se me pegó. Era tan infeliz que no podía decirle que desapareciera y me dejara en paz. Era como un perro vagabundo, muerto de hambre e inflado a patadas. De todas formas, no me gustaba el andar por ahí con él. Pero como conocía lo que era sentirse como un perro vagabundo, le dejaba que anduviese colgándoseme. Usaba un taco en casi cada frase, pero era todo falso, él no era un tipo duro, era una persona asustada. Yo no era una persona asustada, pero sí bastante confundida, así que puede que al fin y al cabo hiciésemos una buena pareja.

 

Le acompañaba hasta su casa todos los días después de clase. Vivía con su madre, su padre y su abuelo. Tenían una casita cruzado un pequeño parque. Me gustaba aquella zona, tenía grandes árboles que daban grandes sombras, y como la gente me había dicho que era feo, prefería la sombra al sol, la oscuridad a la luz.

 

Durante nuestros paseos, Baldy me había hablado de su padre. Había sido doctor, un cirujano de éxito, pero le habían quitado su licencia por borracho. Un día lo conocí. Estaba sentado en una silla debajo de un árbol, sin hacer nada.

—Papá —dijo Baldy—, éste es Henry.

—Hola, Henry.

 

Me recordó a la primera vez que había visto a mi abuelo, de pie en los escalones de su casa. Sólo que el padre de Baldy tenía el pelo y la barba negros, pero sus ojos eran iguales, brillantes y luminosos, tan extraños. Y aquí estaba Baldy, el hijo, que no brillaba lo más mínimo.

—Ven —dijo Baldy—, sígueme.

 

Bajamos al sótano de la casa. Estaba oscuro y húmedo y pasó un rato hasta que nuestros ojos se acostumbraron a la oscuridad. Entonces pude ver unos cuantos barriles.

—Estos barriles están llenos de diferentes clases de vino —dijo Baldy—.

 

Cada barril tiene un grifo. ¿Quieres probar un poco?

—No.

—Venga, prueba un trago.

—¿Por qué?

—¿Es que no eres hombre, o qué?

 

—Soy un chico duro.

—Entonces toma un jodido trago.

Allí estaba el pequeño Baldy, desafiándome. No había problema. Me

 

acerqué a un barril y puse debajo la cabeza.

—¡Abre el maldito grifo! ¡Y abre la boca!

—¿No habrá arañas por aquí?

—¡Venga! ¡Hazlo, maldita sea!

Puse mi boca bajo el grifo y lo abrí. Un líquido oloroso salió y cayó en mi

boca. Lo escupí.

—¡No seas gallina! ¡Trágatelo, qué cojones!

Abrí la boca y el grifo. El líquido oloroso entró y yo lo tragué. Cerré el

 

grifo y me puse de nuevo en pie. Sentía ganas de vomitar.

—Ahora bebe tú —le dije a Baldy.

—Claro —dijo—. ¡Yo no tengo miedo!

Se puso bajo un barril y tomó un buen trago. Un mierdecilla como aquel

no iba a ponerme en ridículo. Me puse bajo otro barril y tomé un trago. Me

 

levanté. Estaba empezando a sentirme bien.

—Eh, Baldy —dije—, esto me gusta.

—Bueno, mierda, toma más.

Bebí un poco más. Cada vez sabía mejor. Cada vez me sentía mejor.

—Esto es de tu padre, Baldy. No nos lo deberíamos beber todo.

—No le importa. Ha dejado de beber.

Nunca me había sentido tan bien. Era mejor que masturbarse.

Fui de barril en barril. Era mágico ¿Por qué nadie me había hablado de

esto? Con ello, la vida era grandiosa, el hombre era perfecto, nada podía

 

afectarle.

Me erguí y miré a Baldy.

—¿Dónde está tu madre? ¡Voy a follarme a tu madre!

—¡Como te acerques a mi madre te mato, hijo de puta!

—Sabes que te puedo machacar, Baldy.

—Sí.

—Está bien, dejaré en paz a tu madre.

—Vámonos entonces, Henry.

—Un traguito más…

Me acerqué a un barril y me pegué uno largo. Luego subimos por la

escalera del sótano. Cuando salimos, el padre de Baldy seguía sentado en su

 

silla.

—¿Habéis estado en la bodega, eh chicos?

—Sí —dijo Baldy.

—¿Empezáis un poco pronto, no?

 

No contestamos. Fuimos hasta el bulevar y entramos en un almacén que vendía chicle. Compramos varios paquetes y nos los metimos en la boca. A él le preocupaba que su madre lo descubriera. A mí no me preocupaba nada. Nos sentamos en un banco del parque mascando chicle, y yo pensé, bueno, ahora sí que he encontrado algo, algo que me va a ayudar en los días venideros. La hierba del parque parecía más verde, los bancos del parque tenían mejor aspecto y las flores lucían más. Quizás aquella bebida no fuera buena para los cirujanos, pero el que alguien quisiera ser cirujano ya indicaba que no estaba bien desde el principio.

Libro: La senda del perdedor

Autor: Charles Bukowski

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