Nuestra propia estupidez (por Norman Mailer)

No me cabía duda ninguna. En otras ocasiones ya había estado preso en las redes de un imperativo más fuerte que yo. Así me había sentido veinte años atrás, durante aquella semana en que cada día paseé hasta el monumento de Provincetown con los pulmones fríos como el hielo y las tripas revueltas igual que si las tuviera llenas de gusanos, y una vez ante él, contemplaba aquella pared y me decía, con una tristeza tan grande que parecía que me iba a hacer perder la razón, que se podía escalar. Hasta donde alcanzaba mi vista, había un asidero tras otro, hendiduras en el cemento y pequeños salientes en los bloques de granito. Podía hacerse, y yo lo podía hacer. Miraba tan fijamente la base de la torre que, por increíble que parezca nunca me fije en el voladizo. Sólo pensaba que debía escalar aquella pared. Si no lo intentaba, se apoderaría de mi algo mucho peor que el pánico. Los ataques de terror que padecía en plena noche, cuando mi cuerpo se incorporaba en la cama como movido por un resorte , sirvieron al menos para que sintiera un poco de compasión por todos los seres a los que vence el impulso irrefrenable de hacer lo que nunca debería hacerse -tanto si se trata de seducir niños de corta edad como de violar a muchachas adolescentes-, y al menos conocí la pesadilla que arde llameante bajo la estupefacción de aquellos que procuran alejarse de sí mismos porque saben que, de lo contrario, ocurrirá una catástrofe. Los siete días y las siete noches de aquella semana que me pase luchando contra aquella extraña fuerza tan ajena a mí, tratando de convencer a aquella presencia foránea de que no tenía ningún motivo para escalar el monumento, sirvieron así mismo para que conociera las diversas variedades del aislamiento humano. Para evitar enfrentarnos con el enemigo que vive en la dulce médula de nuestra espina dorsal, bebemos, fumamos marihuana, cocaína, nicotina, tranquilizantes y somníferos, aceptamos costumbres e iglesias, prejuicios e hipocresías, nos dejamos llevar por las ideologías y, sobre todo, por nuestra propia estupidez -¡el más vital de los aislamientos!-. Conocí todo eso durante la semana que precedió a mi intento de escalar el monumento y conquistar mi indómito yo. En consecuencia, con el cerebro inflamado por las anfetaminas, inclinado en una dirección por la marihuana y en otra por el alcohol, gimiendo en mi fuero interno como un niño nonato que teme morir ahogado antes de encontrar el camino hasta la luz, sintiéndome tan sanguinario como un samurái, emprendí la escalada de la torre y descubrí, por absurdas que parezcan mis conclusiones, que me encontraba mucho mejor después de haberlo intentado, aunque solo fuera porque las pesadillas que agitaban mi sueño disminuyeron considerablemente.

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