Decencia (por William Faulkner)

-Escucha -dijo-; ya sé que éste no es asunto mío. Pero quisiera saber lo que hay. Estabas aquí ganando bastante; y Carlota tenía un buen empleo; tenían una buena casa para vivir. Y de repente te vas, haces que Carlota renuncie a su empleo para irse en febrero a meterse en el pozo de una mina de Utah, sin ferrocarril o teléfono y ni siquiera una cucaracha, con un sueldo de…

-Eso es. Ése es el porqué. Me había vuelto…

Se calló. El mozo dejó las bebidas sobre la mesa y se fue. Wilbourne levantó su gínger ale.

-A la libertad.

-Brindo -gruñó Mc Cord-. Probablemente vas a poder beber bastante antes de verla. Y con agua también, ni siquiera con sifón. Y quizás en un sitio más estrecho que éste. Porque ese tipo es venenoso. Yo sé algo de él. Es un impostor. Si la verdad sobre él se escribiera en una lápida no sería un epitafio, sería un informe de policías.

-Bueno -dijo Wilbourne-. Al amor, entonces. Había un reloj sobre la puerta de entrada -la cara ubicua y sincronizada, oracular, admonitoria e insensible; aún le quedaban veintidós minutos. En dos minutos diré a Mc Cord lo que tardé meses en descubrir, pensó.

-Me había convertido en un marido -dijo-. Eso es todo. Yo no lo sabía siquiera hasta que ella me dijo que en la tienda le propusieron que se quedara. Al principio tenía que observarme cada vez que tenía que decir «mi esposa» o mistress Wilbourne, luego descubrí que me había vigilado meses para no decirlo; hasta me había sorprendido dos veces desde que volvimos del lago, pensando quiero que mi esposa tenga lo mejor exactamente como un marido con el salario del sábado y su casita suburbana llena de invenciones eléctricas para ahorrar trabajo y su mantelito de verde para regar el domingo por la mañana, que serán suyos si no lo despiden o si no es atropellado por un coche en los diez años subsiguientes: el gusano ciego a toda pasión y muerta toda esperanza y que ni siquiera lo sabe, olvidadizo e inconsciente ante la tiniebla total, ante la oscuridad toda despectiva que lo fulminará a su hora. Hasta había dejado de avergonzarme de la manera como ganaba el dinero; ya no me avergonzaban mis cuentos; como el empleado que está comprando por mensualidades la casita propia donde su mujer tendrá lo mejor, no se avergüenza de su emblema, el destapador de goma para letrinas, que lleva consigo. En efecto, hasta me gustaba escribirlos, aun aparte de la ganancia, como el muchacho que nunca ha visto hielo y que se enloquece por patinar en cuanto aprende. Además, después de empezar a escribirlos me di cuenta de que no había sospechado los abismos de depravación de que la invención humana es capaz, lo que siempre es interesante…

-De los abismos en que la invención humana se regocija, querrás decir -dijo Mc Cord.

-Sí. Eso es… Decencia, eso era lo que me decidió. Hace poco descubrí que la haraganería engendra nuestras virtudes, nuestras más tolerables cualidades; contemplación, ecuanimidad, pereza, dejar en paz al prójimo; buena digestión mental y física; la sabiduría de limitarse a placeres carnales: comer y defecar y fornicar y sentarse al sol, porque no hay nada mejor, comparable, ninguna cosa mejor en este mundo sino vivir por el corto tiempo en que se nos presta aliento, estar vivo y saberlo (ah, sí, ella me enseñó eso, me marcó también para siempre) nada, nada. Pero hace poco he visto claro, sacando la conclusión lógica, que una de las virtudes primordiales (ahorro, aplicación, independencia) engendra todos los vicios (fanatismo, entrometimiento, suficiencia, miedo y lo peor de todo, decencia). Nosotros, por ejemplo. Porque el hecho de ser solventes por primera vez, de saber con seguridad de dónde vendría la comida de mañana (el maldito dinero, demasiado: de noche nos quedábamos despiertos planeando cómo gastarlo; para la primavera ya andaríamos con prospectos de compañías de vapores en los bolsillos) me había esclavizado y entregado a la decencia como cualquiera.

-Pero no ella -dijo Mc Cord.

-No, pero ella es más hombre que yo. Ya lo dijiste: como cualquier hombre a la bebida o al opio. Me había convertido en el perfecto dueño de casa. No me faltaba más que la sanción oficial en la forma de un número en el registro de Seguridad Social como cabeza de familia. Vivíamos en un departamento que no era bohemio, que no era un nido de amor culpable, ni siquiera en esa parte de la ciudad sino en un vecindario dedicado por las ordenanzas municipales y por su arquitectura al segundo año de matrimonio entre el montón de quienes ganan cinco mil al año. Me despertaba por la mañana el ruido de los chicos que pasaban; cuando llegaba la primavera y las ventanas tenían que estar abiertas, oía todo el día los gritos furiosos de niñeras suecas en la plaza, y cuando el viento venía de ese lado tomaba el olor de los orines de los chicos y de los clackers. Yo le decía a eso mi casa, había un rincón que llamábamos mi estudio; hasta compré al fin la maldita máquina de escribir (algo de que había prescindido durante veintiocho años hasta el punto de que ni siquiera la conocía, algo demasiado pesado y macizo para llevar, pero que no me atrevía a dejar).

-Todavía la tienes, he notado -dijo entonces Mc Cord.

-Sí. Una buena porción de valor es un descreimiento sincero en la suerte. Me había atado de pies y manos en una tirita de cinta entintada, diariamente me veía más y más enredado en ella como una mosca en una tela de araña; todas las mañanas, para que mi esposa pudiera llegar a tiempo a su empleo, yo lavaba la cafetera y la pileta y dos veces por semana (por la misma razón) compraba a la misma carnicería las verduras necesarias y las costillas que cocinaríamos los dos el domingo; un poco más y nos hubiéramos vestido y desvestido en nuestros kimonos delante uno de otro y hubiéramos apagado la luz antes de hacer el amor. Así es. No son las circunstancias las que eligen nuestras vocaciones, es la decencia la que nos convierte en quiromantes y dependientes y pegadores de carteles y motoristas y escritores de novelones.

Había un altoparlante en el bar, sincronizado también; en ese momento, una voz impersonal y cavernosa bramaba deliberadamente una frase de la que se distinguía una que otra palabra, «tren», luego otras que la mente reconocía uno o dos grupos después, como nombres de ciudades esparcidas en el continente, ciudades vistas más que nombres oídos, como si el oyente (tan enorme era la voz) estuviera suspendido en el espacio mirando el globo terráqueo girar pausadamente entre las nubes y revelar en fragmentarios vistazos las evocativas y extrañas divisiones de la esfera restituyéndolas a la nube y a la neblina antes que la visión y el entendimiento pudieran percibirlas del todo.

Miró de nuevo el reloj; le quedaban catorce minutos, catorce minutos para tratar de decir lo que ya he dicho en cinco palabras, pensó.

-Y entiéndelo bien, me gustaba. Nunca lo he negado. Me gustaba. Me gustaba el dinero que ganaba y me gustaba la manera de ganarlo: las cosas que hacía, como te dije: No fue por eso que un día me sorprendí refrenando el pensamiento: Mi esposa debe tener lo mejor. Fue porque un día descubrí que tenía miedo. Y al mismo tiempo, descubrí que seguiré teniendo miedo, haga lo que haga, que seguiré temiendo mientras ella viva o yo viva.

-Todavía tienes miedo.

-Sí.Y no por cuestión de dinero. Al demonio con el dinero. Puedo ganar todo el dinero necesario; no hay límites, ciertamente, a lo que puedo inventar sobre el tema de las desdichas del sexo femenino. No es eso, ni tampoco Utah. Somos nosotros. Es el amor, si quieres. Porque no puede durar. No hay lugar para él en el mundo, ni siquiera en Utah. Lo hemos eliminado. Nos ha tomado largo tiempo, pero el hombre es ilimitado en invenciones, y nos hemos librado del amor como nos hemos librado de Cristo. Tenemos la radio en lugar de la voz de Dios y en vez de ahorrar valor emotivo por meses y años para merecer una oportunidad de gastarlo entero por amor, lo subdividimos en cobres y nos excitamos en cualquier quiosco de periódicos, como quien extrae barritas de chewinggum o de chocolate de las máquinas automáticas. Si volviera Jesús lo crucificaríamos en segµida en defensa propia, para justificar y preservar la civilización que hemos trabajado y sufrido y matado gritando y maldiciendo con rabia e impotencia y terror por dos mil años para crearla y perfeccionarla a imagen y semejanza del hombre; si volviera Venus sería un hombre que se masturba en una letrina de subterráneo mirando tarjetas postales francesas…

Mc Cord se volvió en su silla y llamó al mozo con un solo reprimido ademán violento. El mozo apareció; Mc Cord señaló su vaso. Al rato la mano del mozo dejó el vaso lleno otra vez en la mesa y se retiró.

-Bueno -dijo Mc Cord-. ¿Y qué?

-Yo estaba en eclipse. Empezó aquella noche en Nueva Orleans cuando le dije a ella que tenía mil doscientos dólares y duró toda la noche en que me dijo que en la tienda querían retenerla. Yo estaba fuera del tiempo: todavía estaba ligado a él, sostenido por él en el espacio como tú has estado desde que hubo un «no-tú» para que tú existieras, y estarás ahí hasta que se acabe el «no-tú» que te ha permitido existir (esto es inmortalidad), sostenido por él, eso es todo, justo encima, no conductor, como el gorrión aislado por sus duros pies muertos no-conductores de la línea de alta tensión, la corriente del tiempo que corre por el recuerdo, que existe sólo en relación a la escasa realidad (también he aprendido eso) que conocemos; fuera de eso el tiempo no existe. Tú sabes: yo no era. Luego yo soy, y empieza el tiempo, retroactivo, era y será. Luego yo fui y ahora no soy y no ha existido el tiempo. Era como el instante de la virginidad, era el instante de la virginidad: la condición, el hecho que sólo existe en el instante en que uno sabe que lo está perdiendo; duró tanto porque yo era demasiado viejo, porque esperé demasiado; veintisiete años es demasiado esperar para librar al sistema de lo que debía haberse visto libre a los catorce o quizás a los quince o aun antes (el inquieto, apresurado tanteo de dos aficionados bajo los escalones del frente, o en un pajar al atardecer). Te acuerdas: el precipicio, el oscuro precipicio; toda la humanidad ha pasado por ahí antes que tú y todos los que vengan también, pero esto no significa nada para ti porque no te lo pueden decir, porque no pueden decirte lo que debes hacer para sobrevivir. Es la soledad. Tienes que hacerlo en soledad y uno puede aguantar sólo cierta dosis de soledad y sobrevivir, como de electricidad. Y durante un segundo o dos estarás completamente solo; no antes ni después porque nunca estarás solo entonces; en ambos casos estás seguro y acompañado en un millonario e inextricable anonimato; en uno, polvo entre el polvo; en otro, gusano entre gusanos. Pero ahora vas a estar solo, lo debes, lo sabes, así debe ser, así sea; arreas el animal que has montado toda la vida, la mansa yegua de siempre hasta el precipicio…

-Ahí está el maldito caballo -dijo Mc Cord-. Lo he estado esperando. A los diez minutos hablamos como Freno y espuela. No conversamos, nos sermoneamos mutuamente como dos predicadores que hacen la misma gira.

-Tal vez pensabas todo el tiempo que cuando viniera el momento podrías sofrenarla y salvar algo, el instante llega y sabes que no puedes, sabes que ya sabías que no podías y no puedes; eres una sola sencilla afirmación, un simple sí que surge del terror al que entregas la voluntad, la esperanza, todo (la oscuridad, la caída, el trueno de la soledad, la conmoción, la muerte, el momento cuando detenido físicamente por el barro sientes que toda tu vida mana de ti a la inmemorial, saturada, ciega matriz receptiva, al fundamento fluido, ciego, caliente, seno de la tumba, o tumba del seno, es igual). Pero vuelves; tal vez lo sabías todo el tiempo, pero vuelves, quizás alcances a cumplir tus setenta años o lo que sea, pero siempre sabrás que para siempre has perdido algo, que mientras duró ese segundo o dos segundos estabas presente en el espacio, pero no en el tiempo, que no tienes los setenta años que te han acreditado y que deberás reembolsarlo algún día para hacer el balance, sino sesenta y nueve años y treinta y seis días y veintitrés horas y cincuenta y ocho segundos…

-Dulce Jesús -dijo Mc Cord-. Dulces querubines. Si me toca la desgracia de tener un hijo …

-Eso es lo que me sucedió -dijo Wilbourne-. Esperé demasiado. Lo que hubieran sido dos segundos a los catorce o quince años fueron ocho meses a los veintisiete. Estaba en eclipse y casi tocamos fondo en aquel lago helado de Wisconsin con nueve dólares y veinte centavos de provisiones entre nosotros y el hambre. Vencí, eso lo creí. Yo creía que me había despertado a tiempo y vencido; volvimos aquí y pensé que nos iba espléndidamente hasta esa noche antes de Navidad cuando ella me habló de la tienda y me di cuenta a lo que íbamos, que el hambre no era nada, no podía hacer nada más que matarnos, pero que esto era peor que la muerte o la separación; era el mausoleo del amor, el catafalco hediondo del cadáver llevado entre las formas ambulantes y sin olfato de las insensibles divinidades que piden carne antigua.

El altoparlante habló de nuevo; se levantaron al mismo tiempo; en el mismo momento el mozo apareció y Mc Cord le pagó.

-Y ahora tengo miedo -dijo Wilbourne-. Entonces no tenía miedo porque estaba en eclipse, pero ahora estoy despierto y puedo tener miedo gracias a Dios. Porque en este año de gracia de mil novecientos treinta y ocho no hay lugar para el amor. Me atacaban con su dinero mientras dormía porque era vulnerable en el dinero. Luego desperté y rectifiqué el dinero y pensé que los había vencido hasta esa noche en que descubrí que Ellos me atacaban con su decencia y eso era más dificil de vencer. Pero ahora ya no soy vulnerable ni en la decencia ni en el dinero, así que ahora tendrían Ellos que encontrar alguna otra cosa para forzarnos a aceptar el molde de la vida humana que ahora ha evolucionado hasta prescindir del amo: aceptar o morir.

Se acercaron a los andenes, a la oscuridad cavernosa donde la perenne electricidad que no distingue el día de la noche ardía pálidamente hacia el alba invernal de hierro entre jirones de vapor, entre los cuales la larga fila inmóvil de coches pullman oscurecidos parecía estar hundida hasta la rodilla, asentada y detenida para siempre en hormigón. Pasaron las paredes de hierro saturadas de hollín, los apretados cubículos llenos de ronquidos, hasta el vestíbulo abierto.

-Por eso tengo miedo. Porque ellos son astutos, malignos. Tendré que serlo; si nos dejaran vencerlos sería como permitir el asesinato y el robo no descubierto. Claro que no podemos vencerlos; estamos destinados a la derrota; por eso tengo miedo. Y no por mí. ¿Recuerdas aquella noche en el lago cuando me dijiste que yo era una vieja que cruzaba la calle llevada por un vigilante o por un boy scout y que cuando el coche borracho viniera no sería la vieja, sería…?

-Pero ¿por qué disparar a Utah en febrero para vencer? Y si no puedes vencer, ¿por qué demonios ir a Utah?

-Porque yo…

El vapor, el aire, silbaban detrás de ellos en largo suspiro; el mozo apareció repentinamente de quién sabe dónde, lo mismo que el mozo.

-Bueno, señores -dijo-. Nos vamos.

Wilbourne y Mc Cord se dieron la mano.

-Quizá te escriba -dijo Wilbourne-. Carlota lo hará de todos modos. Ella es más caballero que yo.

Dio un paso hacia el vestíbulo y se volvió, el mozo detrás, la mano en el picaporte, esperando; él y Mc Cord se miraron, con las dos cosas no dichas entre ellos, sabiendo cada uno que no las dirían. No te volveré a ver y No. No nos volverás a ver. Porque los cuervos y los gorriones son cazados a tiros en los árboles o son ahogados en inundaciones o muertos por huracanes e incendios, pero no los halcones. Yo seré un gorrión, pero tal vez soy la pareja de un halcón. El tren se encogió; el principio, el comienzo del movimiento, de la partida, volvió atrás coche por coche y pasó bajo sus pies.

-Y algo que me dije arriba en el lago -dijo-. Que hay algo en mí de que ella no es la querida sino la madre. Bueno, he dado un paso más.

El tren arrancó, él se asomó. Mc Cord caminaba para seguir a su lado.

-Que hay algo en mí que tú y ella prohijaron, algo cuyo padre eres tú. Dame tu bendición.

-Recibe mi maldición -dijo Mc Cord.

Libro: Las palmeras salvajes.

Autor: William Faulkner

Traducción: Jorge Luis Borges

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