Las pesadillas de Amalfitano (por Roberto Bolaño)

Amalfitano a veces tenía pesadillas. El sueño (uno en donde Edith Lieberman y Padilla tomaban una once chilena con té, colisas y paltas, mermelada de tomate hecha por su madre, pan amasado y mantequilla casera de un color casi como el de una hoja de papel Ingres-Fabriano) se abría y daba paso a la pesadilla. Allí, en esas soledades, el Che Guevara se paseaba arriba y abajo por un corredor en penumbras y en el fondo unos glaciares enormes y adiamantados se movían y crujían y parecían gemir como en el parto de la historia.¿Por qué traduje a los isabelinos y no a Issac Bábel o a Boris Pilniak?, se preguntaba Amalfitano desconsolado, sin poder salir de la pesadilla pero aún con retazos del sueño (más allá de los glaciares todo el lejano horizonte era Edith Lieberman y Padilla tomando su rica once), entre las manos vacías, ateridas, casi transparentes. ¿Por qué no me deslicé como la Ratita Astuta entre los hierros de los Premios Lenin y los Premios Stalin y las Coreanas Recogiendo Firmas para la Paz y descubrí lo que había que descubrir, lo que sólo los ciegos no veían? ¿Por qué no dije los rusos los chinos los cubanos la están cagando en algunas de esas reuniones tan serias de intelectuales de izquierda? ¿Apoyar a los marxistas? ¿Apoyar a los parias? ¿Caminar con la historia justo cuando la historia está de parto? ¿Ayudarla en silencio a parir a mitad del camino? De alguna manera, se decía Amalfitano desde el fondo de la pesadilla, con un tono doctoral y una voz enronquecida que no era la suya, me culpabilizo por crímenes no cometidos, masoquista, ya en 1967 me habían expulsado del Partido Comunista Chileno, los camaradas me insultaban y calumniaban, no era un chico popular.  ¿Por qué me culpo, entonces? Yo no maté a Isaac Bábel. No le jodí la vida a Reinaldo Arenas. No hice la Revolución Cultural ni alabé a la Banda de los Cuatro como otros intelectuales latinoamericanos. Fui el hijo tarado de Rosa Luxemburgo y ahora soy el viejo maricón, en ambos casos objeto de escarnio y mofa. ¿De qué culparme, entonces? ¿De mi Gramsci, de mi situacionismo, de mi Kropotkin al que Oscar Wilde colocaba entre los mejores hombres de la tierra? ¿De mis jodas mentales, de mi irresponsabilidad ciudadana? ¿De haber visto a las Coreanas Recogiendo Firmas para la Paz y no haberlas apedreado? (Las hubiera culeado, pensaba Amalfitano desde el remolino de los glaciares, les hubiera dado por el culo una a una a esas falsas Coreanas hasta ver que había detrás: Ucranianas Recogiendo Trigo para la Paz, Húngaras Recogiendo Transeúntes para la Paz, Cubanas Recogiendo Pechinas en un atardecer Latinoamericano sin Remisión) ¿Así, pues, de qué soy culpable? ¿De haber querido y seguir queriendo, no, queriendo, no, extrañándolos, echando de menos la conversación de mis amigos que se echaron al monte porque nunca dejaron de ser niños y creyeron en un sueño y porque eran machos latinoamericanos de verdad y murieron? (¿Y qué dicen al respecto sus madres, sus viudas?) ¿Murieron como ratas? ¿Murieron como los soldados de las Guerras de Independencia? ¿Murieron torturados, de un tiro en la nuca, arrojados al mar, enterrados en cementerios clandestinos? ¿Su sueño era el sueño de Neruda, de los burócratas del Partido, de los oportunistas? Misterio, misterio, se decía Amalfitano en el fondo de la pesadilla. Y se decía: algún día Neruda y Octavio Paz se darán la mano. Tarde o temprano Paz le hará un hueco en el Olimpo a Neruda. Pero nosotros siempre estaremos afuera. Lejos de Octavio Paz y Neruda. Por allí, se decía Amalfitano como un loco, busca por allí, escarba por allí, por allí hay rastros de verdad. En la Gran Intemperie. Y también se decía: con los parias, con los que no tienen absolutamente nada que perder hallarás, si no la razón, la jodida justificación, y si no la justificación, el canto, apenas un murmullo (tal vez no sean voces, tal vez sólo sea el viento entre las ramas), pero indeleble.

Libro: Los  sinsabores del verdadero policía

Autor: Roberto Bolaño

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