Bielsa y Guardiola (por Guillem Balagué)

Con su amigo David Trueba, Guardiola condujo 309 kilómetros desde Buenos Aires hasta Rosario para reunirse con Bielsa. El encuentro tuvo lugar en una chacra, una pequeña finca rural, y se prolongó durante once intensas y productivas horas: la curiosidad era mutua y lo invadió todo. Hubo discusiones encendidas, búsquedas por Internet, revisión de técnicas, análisis detallados y representaciones de juego posicional, que, en un momento dado, incluyó la aportación de Trueba, que tuvo que marcar a una silla. Los dos compartieron obsesiones, manías y la pasión por el juego, y salieron de la chacra declarándose eterna admiración. Pep y Bielsa tienen mucho en común: aman los equipos dominantes, que anhelan el protagonismo en el terreno de juego, cuya prioridad principal es marcar goles, y no pueden soportar a los que se escudan en excusas cuando pierden. Para ambos, perder es una conmoción que los deprime y aísla, incapaces de escapar de la sensación de que han fallado al conjunto. Los equipos de Bielsa «pueden jugar peor o mejor, pero el talento depende de la inspiración, y el esfuerzo depende de cada uno de los jugadores; la actitud no es negociable», le dijo el Loco, añadiendo que sus equipos no pueden ganar si él no puede transmitir lo que siente. Pep asintía, sin dejar de tomar notas. No es una mera coincidencia que Pep usara ideas, métodos, expresiones y parte de la filosofía de Bielsa en dos momentos cruciales de su propia carrera de entrenador: en su presentación como técnico del primer equipo delante de la prensa, y en su discurso en el Camp Nou en su último partido en casa como técnico. «¿Creéis que nací sabiéndolo todo?», replicó cuando alguien señaló esas coincidencias. Antes de abandonar el chalet, Bielsa le planteó a Pep una difícil cuestión: «¿Por qué usted, que conoce toda la basura que rodea el mundo del fútbol, incluido el alto grado de deshonestidad de ciertos individuos, aún quiere volver ahí, y meterse además a entrenar? ¿Tanto le gusta la sangre?». Pep no dudó ni un momento en contestar: «Necesito esa sangre». Al final de su etapa en Argentina, Pep sintió que estaba mejor preparado que antes; no del todo aún, porque Pep nunca se permitiría darse completamente por satisfecho, pero sí lo suficiente como para empezar a poner en práctica todo lo que había aprendido.

Libro: Pep Guardiola, la biografía. Otra manera de ganar

Autor: Guillem Balagué

Páginas 100 y 101

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