Pero entonces ya bailábamos (por Nacho Vegas)

Y qué si tenemos que gritar solos en medio del océano.

Gritemos y seamos multitud.

Una multitud que pueble este océano.

¿Recuerdas cuando sobrevino aquel desastre?

La gente se aterrorizó, pero una voz

empezó a entonar una canción

a la que se sumaron más voces

hasta que se abrió una grieta en un cielo plomizo

y así fue como entró la luz y supimos que vivíamos.

Y el desastre continuó.

Pero entonces ya bailábamos.

 

Libro: Reanudación de las hostilidades

Autor: Nacho Vegas

 

 

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la dicha es fugaz (por Nacho Vegas)

Debí de tener una infancia bonita porque apenas la

recuerdo:

alguna frase adherida a la memoria, un puñado de

imágenes indelebles

sensaciones violentas, las primeras preocupaciones;

todo ello vislumbres de la edad adulta.

Aprendes que, tarde o temprano, todo termina.

El resto es un manto suave, casi invisible.

(Mi padre se olvidó de mi décimo cumpleaños.

Cuando lo recordó, me entregó un pedazo de papel que ponía “Vale por una bicicleta”.

La única bici que tuve me la compró mi madre

cuando cumplí catorce).

Pero ¿qué estaba diciendo? Ah, sí, de niño…

Se vivía el presente como si no hubiera mañana

-acaso la única manera de ilusionarse con el

mañana-

y el ayer era aún leve e insignificante como un

bicho diminuto

Hoy sin embargo.

El pasado crece en mi espalda como un enorme

tumor,

una mezcolanza de plomo y sangre coagulada.

¿Y el mañana? Potencialmente es una amenaza.

Virtualmente aterra.

La dicha absoluta es fugaz; quien la tuvo pronto la olvidó.
La infancia ha muerto: no hay posibilidad de ser feliz.

Libro: Reanudación de las hostilidades

Autor: Nacho Vegas

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Kalulu y los afronautas (por Juan Forn)


En noviembre de 1964, la NASA y el Programa Espacial Soviético recibieron sendas cartas enviadas desde Zambia. Las remitía Edward Mukuka Nkoloso, Ministro de Asuntos Estelares y Director del Programa Espacial de aquel país. En dichas cartas sostenía que los hombres de raza negra estaban más capacitados que los blancos para ir a otros planetas y ofrecía sus conocimientos a cambio de un aporte de combustible para su programa o, en su defecto, que sumaran un astronauta africano a las tripulaciones yanquis o rusas al espacio exterior, siempre que fuese la bandera de Zambia la primera en izarse en el territorio alcanzado, la Luna o Marte (el remitente se inclinaba más por esta última opción: decía que en la Luna no había nada especialmente útil para la raza humana).

Zambia era un país flamante: apenas un mes antes había declarado su independencia de Inglaterra y abandonado su nombre colonial, Rhodesia del Norte. Su presidente Kenneth Kaúnda era un maestro de escuela que predicaba la “neutralidad positiva” en la Guerra Fría y una sociedad multirracial para su país. Pero lo que más llamaba la atención a la prensa extranjera era el inédito programa espacial que prentendía llevar a cabo Zambia. Ante la falta de respuesta de la NASA y los rusos, el excéntrico director Nkoloso había solicitado a las Naciones Unidas y la UNESCO que apoyaran a su país evitando así el despilfarro de dinero que generaba la frenética carrera espacial entre la Unión Soviética y Estados Unidos (el propio Martin Luther King había declarado que, con lo que gastaba la NASA, se podía alimentar a todos los hambrientos de Africa).

Nkoloso aceptó abrir las puertas de su cuartel general para la Associated Press y mostró cómo entrenaba y preparaba a sus doce astronautas: los ponía a rodar colina abajo en un barril vacío de combustible para que se fueran familiarizando con la falta de gravedad en el espacio, los hacía balancear de una soga a otra en las alturas para que entendieran el concepto de caída libre, los tenía horas enteras mirando por el telescopio para familiarizarse con el paisaje estelar. La elegida para tripular el primer viaje a Marte era una chica de deciséis años llamada Matha Mwamba, que iría con un gato, para hacerle compañía en el trayecto y para que saliera primero a experimentar las condiciones de la atmósfera al tocar el suelo marciano. Para propulsar sus cohetes, Nkoloso estaba experimentando con oxígeno líquido y querosén, pero lo importante no eran los detalles técnicos sino el trasfondo teórico. “Mire árbol ahí”, le decía al corresponsal de AP. “Como puedo ver árbol, puedo ir a árbol. Igual con Marte”.

El reportaje fue usado por los más rancios conservadores británicos para escarnecer la política de dar la independencia a países africanos: “La evidencia de esta mascarada, de esta idea absurda de que un africano puede hacerse cargo de llevar los asuntos de un estado moderno, queda flagrantemente demostrada en Zambia. ¿En qué país civilizado puede existir un Ministerio de Asuntos Estelares?”. El programa espacial fue discontinuado sin pena ni gloria en 1969: falta de fondos. Casi cincuenta años después, la escritora feminista Namwali Serpell volvió a su país de origen en busca de los rastros que quedaran de aquella delirante quimera espacial y descubrió que, en Zambia, Edward Mukuka Nkoloso es conocido hasta por los niños en las escuelas.

Nacido en 1919 en la tribu guerrera bemba, recibió de niño las cicatrices faciales que acreditaban su condición, pero en la Segunda Guerra fue reclutado por los británicos y enviado al frente de Birmania. Durante el entrenamiento le descubrieron un don para la electrónica y lo hicieron operador de radio. Acumuló tales conocimientos durante la guerra que, cuando volvió del frente, solicitó a las autoridades coloniales permiso para abrir una escuela. Se lo negaron. La abrió igual. Se la cerraron. Se volvió entonces maestro itinerante. Iba por las aldeas, así conoció al futuro presidente Kaúnda. Ambos militaron por la creación de una escuela técnica para la población negra, como primer paso hacia el ansiado objetivo “mismo trabajo, misma paga”.

La militancia se volvió resistencia activa: piqueteaban las exhumaciones de tumbas que hacían los arqueólogos blancos, exigían que las maternidades aceptaran el ingreso de parturientas negras. Kaúnda fue desterrado. Nkoloso se escondió en la selva, desde donde encabezaba actos de desobediencia civil, hasta que las autoridades lo atraparon, lo exhibieron desnudo, lo encarcelaron y apalearon, arrestaron también a sus padres y a su única tía, que murió en prisión a la semana de ser encarcelada. Las noticias llegaron hasta Londres, donde Kaúnda hizo una incendiaria denuncia en la prensa contra las autoridades coloniales. Su panfleto “Status de dominio para Africa central”, hoy tema de estudio en todas las escuelas secundarias de Zambia, usa la historia de Nkoloso como eje. Ese panfleto se convirtió en la piedra basal del partido político que lideraría la lucha por la independencia y llevaría a Kaúnda al sillón presidencial en 1964.

Se decía que Nkoloso no había quedado bien de la cabeza luego de las palizas recibidas en prisión. Los rumores crecieron cuando fue nombrado Ministro de Asuntos Estelares y más todavía cuando anunció al mundo el Programa Espacial, pero cualquier alumno de secundaria en Zambia hoy sabe que Mukuka Nkoloso no era el tonto del pueblo en esta historia, sino la encarnación de Kalulu. Me explico: la leyenda más popular de Zambia es la de Kalulu, un pillo que siempre está taladrándoles la cabeza al León y al Elefante, en el sempiterno duelo de ambos por el trono de rey de la jungla. Cada palabra que les murmura Kalulu al oído puede significar una cosa o su contrario o ambas a la vez, porque así es la lengua bemba: no existe una palabra para decir sí y otra para decir no; tienen un sí que significa sí y otro sí que significa no.

Nkoloso aceptó hacer el rol que le propuso Kaúnda porque ambos sabían que la prensa extranjera diría luego de entrevistarlo: “Este hombre no está en sus cabales. Quedó así por los golpes recibidos en prisión. Es el loco del pueblo”. Y ésa era la coartada perfecta. Porque en las instalaciones del Programa Espacial no se preparaban astronautas para ir a Marte; en realidad eran campos de entrenamiento para militantes de los movimientos de liberación en los países vecinos que aún estaban bajo dominio colonial: Angola, Mozambique y Rhodesia del Sur, la futura Zimbabwe. Había que inventarle un camuflaje a la operación: era la usina anticolonialista más importante de Africa Central. La mascarada del espacio que inventó Nkoloso funcionó a la perfección. Associated Press la divulgó al mundo y a partir de entonces nadie tomó en serio lo que ocurría en aquel cuartel de entrenamiento, no se le prestó más atención, el ojo vigilante del mundo lo eliminó de su radar. Así fue como Kalulu engañó al León y al Elefante. Así fue cómo se liberaron Angola, Mozambique y Zimbabwe. Así es como se recuerda hoy a Edward Mukuka Nkoloso en Zambia.

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El lujo de pensar y no salir huyendo (por Roberto Bolaño)

A Haas le gustaba sentarse en el suelo, la espalda apoyada contra la pared, en la parte sombreada del patio. Y le gustaba pensar. Le gustaba pensar que Dios no existía. Unos tres minutos, como mínimo. También le gustaba pensar en la insignificancia de los seres humanos. Cinco minutos. Si no existiera el dolor, pensaba, seríamos perfectos. Insignificantes y ajenos al dolor. Perfectos, carajo. Pero allí estaba el dolor para chingarlo todo. Finalmente pensaba en el lujo. El lujo de tener memoria, el lujo de saber un idioma o varios idiomas, el lujo de pensar y no salir huyendo. Después abría los ojos y contemplaba, como desde un sueño, a algunos de los Bisontes que daban vueltas, como si pastaran, en el otro lado, en la parte soleada del patio.

Libro: 2666

Autor: Roberto Bolaño

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La idea fija (por Ricardo Piglia)

Steve se interesa cuando sabe que mi padre es médico y que ha estado en la cárcel. Sólo el que ha estado en prisión puede hablar de enfermedades, dice. Quiere que mi padre sea su médico personal. Empiezan una conversación fantástica sobre el alcohol. Incidentalmente, dice mi padre, todo lo que se ha escrito sobre la bebida es absurdo. Hay que empezar otra vez por el principio. Beber es una actividad seria, desde siempre asociada con la filosofía. El que bebe, dice Steve, intenta disolver una obsesión. Hay que definir primero la magnitud de la obsesión. No hay nada más bello y perturbador que una idea fija. Inmóvil, detenida, un eje, un polo magnético, un campo de fuerzas psíquico que atrae y devora todo lo que encuentra. ¿Ha visto alguna vez la luz imantada? Se traga todos los insectos que se le acercan, los trata como si fueran de fierro. He visto volar interminablemente a una mariposa en el mismo lugar hasta morir de fatiga. Todos hablan de obsesiones, dice Steve, nadie las explica tal cual son. La obsesión se construye, dice mi padre, he visto construirse obsesiones como castillos de arena, sólo se necesita un acontecimiento que nos altere drásticamente la vida. Un acontecimiento o una persona, dice mi padre, de los que no podamos discernir si nos ha cambiado la vida para bien o para mal. La estructura de una paradoja, dice Steve, un acontecimiento doble o vacilante en su ser. Nos marca, pero es moralmente ambiguo. La gente se mueve hacia el futuro, dice mi padre, descentrada, sin orientación, fuera del camino en el que se movió en el pasado. Una amputación, dice mi padre, del sentido de la orientación. La obsesión nos hace perder el sentido del tiempo, uno confunde el pasado con el remordimiento.

Libro: Prisión Perpetua

Autor: Ricardo Piglia

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​El atroz redentor Lazarus Morell (por Jorge Luis Borges)

La causa remota
En 1517 el P. Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas. A esa curiosa variación de un filántropo debemos infinitos hechos: los blues de Handy, el éxito logrado en París por el pintor doctor oriental D. Pedro Figari, la buena prosa cimarrona del también oriental D. Vicente Rossi, el tamaño mitológico de Abraham Lincoln, los quinientos mil muertos de la Guerra de Secesión, los tres mil trescientos millones gastados en pensiones militares, la estatua del imaginario Falucho, la admisión del verbo linchar en la décimotercera edición del Diccionario de la Academia, el impetuoso film Aleluya, la fornida carga a la bayoneta llevada por Soler al frente de sus Pardos y Morenos en el Cerrito, la gracia de la señorita de Tal, el moreno que asesinó Martín Fierro, la deplorable rumba El Manisero, el napoleonismo arrestado y encalabozado de Toussaint Louverture, la cruz y la serpiente en Haití, la sangre de las cabras degolladas por el machete del papaloi, la habanera madre del tango, el candombe. Además: la culpable y magnífica existencia del atroz redentor Lazarus Morell.

El lugar

El Padre de las Aguas, el Mississippi, el río más extenso del mundo, fue el digno teatro de ese incomparable canalla. (Álvarez de Pineda lo descubrió y su primer explorador fue el capitán Hernando de Soto, antiguo conquistador del Perú, que distrajo los meses de prisión del Inca Atahualpa enseñándole el juego del ajedrez. Murió y le dieron por sepultura sus aguas.)
El Mississippi es río de pecho ancho; es un infinito y oscuro hermano del Paraná, del Uruguay, del Amazonas y del Orinoco. Es un río de aguas mulatas; más de cuatrocientos millones de toneladas de fango insultan anualmente el Golfo de Méjico, descargadas por él. Tanta basura venerable y antigua ha construido un delta, donde los gigantescos cipreses de los pantanos crecen de los despojos de un continente en perpetua disolución y donde los laberintos de barro, de pescados muertos y de juncos, dilatan las fronteras y la paz de su fétido imperio. Más arriba, a la altura del Arkansas y del Ohio, se alargan tierras bajas también. Las habita una estirpe amarillenta de hombres escuálidos, propensos a la fiebre, que miran con avidez las piedras y el hierro, porque entre ellos no hay otra cosa que arena y leña y agua turbia.

Los hombres

A principios del siglo XIX (la fecha que nos interesa) las vastas plantaciones de algodón que había en las orillas eran trabajadas por negros, de sol a sol. Dormían en cabañas de madera, sobre el piso de tierra. Fuera de la relación madre-hijo, los parentescos eran convencionales y turbios. Nombres tenían, pero podían prescindir de apellidos. No sabían leer. Su enternecida voz de falsete canturreaba un inglés de lentas vocales. Trabajaban en filas, encorvados bajo el rebenque del capataz. Huían, y hombres de barba entera saltaban sobre hermosos caballos y los rastreaban fuertes perros de presa.

A un sedimento de esperanzas bestiales y miedos africanos habían agregado las palabras de la Escritura: su fe por consiguiente era la de Cristo. Cantaban hondos y en montón: Go down Moses. El Mississippi les servía de magnífica imagen del sórdido Jordán.

Los propietarios de esa tierra trabajadora y de esas negradas eran ociosos y ávidos caballeros de melena, que habitaban en largos caserones que miraban al río —siempre con un pórtico pseudo griego de pino blanco. Un buen esclavo les costaba mil dólares y no duraba mucho. Algunos cometían la ingratitud de enfermarse y morir. Había que sacar de esos inseguros el mayor rendimiento. Por eso los tenían en los campos desde el primer sol hasta el último; por eso requerían de las fincas una cosecha anual de algodón o tabaco o azúcar. La tierra, fatigada y manoseada por esa cultura impaciente, quedaba en pocos años exhausta: el desierto confuso y embarrado se metía en las plantaciones. En las chacras abandonadas, en los suburbios, en los cañaverales apretados y en los lodazales abyectos, vivían los poor whites, la canalla blanca. Eran pescadores, vagos cazadores, cuatreros. De los negros solían mendigar pedazos de comida robada y mantenían en su postración un orgullo: el de la sangre sin un tizne, sin mezcla. Lazarus Morell fue uno de ellos.

El hombre

Los daguerrotipos de Morell que suelen publicar las revistas americanas no son auténticos. Esa carencia de genuinas efigies de hombre tan memorable y famoso, no debe ser casual. Es verosímil suponer que Morell se negó a la placa bruñida; esencialmente para no dejar inútiles rastros, de paso para alimentar su misterio… Sabemos, sin embargo, que no fue agraciado de joven y que los ojos demasiado cercanos y los labios lineales no predisponían en su favor. Los años, luego, le confirieron esa peculiar majestad que tienen los canallas encanecidos, los criminales venturosos e impunes. Era un caballero antiguo del Sur, pese a la niñez miserable y a la vida afrentosa. No desconocía las Escrituras y predicaba con singular convicción. “Yo lo vi a Lazarus Morell en el púlpito —anota el dueño de una casa de juego en Baton Rouge, Luisiana—, y escuché sus palabras edificantes y vi las lágrimas acudir a sus ojos. Yo sabía que era un adúltero, un ladrón de negros y un asesino en la faz del Señor, pero también mis ojos lloraron.”

Otro buen testimonio de esas efusiones sagradas es el que suministra el propio Morell. “Abrí al azar la Biblia, di con un conveniente versículo de San Pablo y prediqué una hora y veinte minutos. Tampoco malgastaron ese tiempo Crenshaw y los compañeros, porque se arrearon todos los caballos del auditorio. Los vendimos en el Estado de Arkansas, salvo un colorado muy brioso que reservé para mi uso particular. A Crenshaw le agradaba también, pero yo le hice ver que no le servía.”

El método

Los caballos robados en un Estado y vendidos en otro fueron apenas una digresión en la carrera delincuente de Morell, pero prefiguraron el método que ahora le aseguraba su buen lugar en una Historia Universal de la Infamia. Este método es único, no solamente por las circunstancias sui generis que lo determinaron, sino por la abyección que requiere, por su fatal manejo de la esperanza y por el desarrollo gradual, semejante a la atroz evolución de una pesadilla. Al Capone y Bugs Moran operan con ilustres capitales y con ametralladoras serviles en una gran ciudad, pero su negocio es vulgar. Se disputan un monopolio, eso es todo… En cuanto a cifras de hombres, Morell llegó a comandar unos mil, todos juramentados. Doscientos integraban el Consejo Alto, y éste promulgaba las órdenes que los restantes ochocientos cumplían. El riesgo recaía en los subalternos. En caso de rebelión, eran entregados a la justicia o arrojados al río correntoso de aguas pesadas, con una segura piedra a los pies. Eran con frecuencia mulatos. Su facinerosa misión era la siguiente:

Recorrían —con algún momentáneo lujo de anillos, para inspirar respeto— las vastas plantaciones del Sur. Elegían un negro desdichado y le proponían la libertad. Le decían que huyera de su patrón, para ser vendido por ellos una segunda vez, en alguna finca distante. Le darían entonces un porcentaje del precio de su venta y lo ayudarían a otra evasión. Lo conducirían después a un Estado libre. Dinero y libertad, dólares resonantes de plata con libertad, ¿qué mejor tentación iban a ofrecerle? El esclavo se atrevía a su primera fuga.

El natural camino era el río. Una canoa, la cala de un vapor, un lanchón, una gran balsa como el cielo con una casilla en la punta o con elevadas carpas de lona; el lugar no importaba, sino el saberse en movimiento, y seguro sobre el infatigable río… Lo vendían en otra plantación. Huía otra vez a los cañaverales o a las barrancas. Entonces los terribles bienhechores (de quienes empezaba ya a desconfiar) aducían gastos oscuros y declaraban que tenían que venderlo una última vez. A su regreso le darían el porcentaje de las dos ventas y la libertad. El hombre se dejaba vender, trabajaba un tiempo y desafiaba en la última fuga el riesgo de los perros de presa y de los azotes. Regresaba con sangre, con sudor, con desesperación y con sueño.

La libertad final

Falta considerar el aspecto jurídico de estos hechos. El negro no era puesto a la venta por los sicarios de Morell hasta que el dueño primitivo no hubiera denunciado su fuga y ofrecido una recompensa a quien lo encontrara. Cualquiera entonces lo podía retener, de suerte que su venta ulterior era un abuso de confianza, no un robo. Recurrir a la justicia civil era un gasto inútil, porque los daños no eran nunca pagados. Todo eso era lo más tranquilizador, pero no para siempre. El negro podía hablar; el negro, de puro agradecido o infeliz, era capaz de hablar. Unos jarros de whisky de centeno en el prostíbulo de El Cairo, Illinois, donde el hijo de perra nacido esclavo iría a malgastar esos pesos fuertes que ellos no tenían por qué darle, y se le derramaba el secreto. En esos años, un Partido Abolicionista agitaba el Norte, una turba de locos peligrosos que negaban la propiedad y predicaban la liberación de los negros y los incitaban a huir. Morell no iba a dejarse confundir con esos anarquistas. No era un yankee, era un hombre blanco del Sur hijo y nieto de blancos, y esperaba retirarse de los negocios y ser un caballero y tener sus leguas de algodonal y sus inclinadas filas de esclavos. Con su experiencia, no estaba para riesgos inútiles.

El prófugo esperaba la libertad. Entonces los mulatos nebulosos de Lazarus Morell se transmitían una orden que podía no pasar de una seña y lo libraban de la vista, del oído, del tacto, del día, de la infamia, del tiempo, de los bienhechores, de la misericordia, del aire, de los perros, del universo, de la esperanza, del sudor y de él mismo. Un balazo, una puñalada baja o un golpe, y las tortugas y los barbos del Mississippi recibían la última información.

La catástrofe

Servido por hombres de confianza, el negocio tenía que prosperar. A principios de 1834 unos setenta negros habían sido “emancipados” ya por Morell, y otros se disponían a seguir a esos precursores dichosos. La zona de operaciones era mayor y era necesario admitir nuevos afiliados. Entre los que prestaron el juramento había un muchacho, Virgil Stewart, de Arkansas, que se destacó muy pronto por su crueldad. Este muchacho era sobrino de un caballero que había perdido muchos esclavos. En agosto de 1834 rompió su juramento y delató a Morell y a los otros. La casa de Morell en Nueva Orleans fue cercada por la justicia. Morell, por una imprevisión o un soborno, pudo escapar.

Tres días pasaron. Morell estuvo escondido ese tiempo en una casa antigua, de patios con enredaderas y estatuas, de la calle Toulouse. Parece que se alimentaba muy poco y que solía recorrer descalzo las grandes habitaciones oscuras, fumando pensativos cigarros. Por un esclavo de la casa remitió dos cartas a la ciudad de Natchez y otra a Red River. El cuarto día entraron en la casa tres hombres y se quedaron discutiendo con él hasta el amanecer. El quinto, Morell se levantó cuando oscurecía y pidió una navaja y se rasuró cuidadosamente la barba. Se vistió y salió. Atravesó con lenta serenidad los suburbios del Norte. Ya en pleno campo, orillando las tierras bajas del Mississippi, caminó más ligero.

Su plan era de un coraje borracho. Era el de aprovechar los últimos hombres que todavía le debían reverencia: los serviciales negros del Sur. Éstos habían visto huir a sus compañeros y no los habían visto volver. Creían, por consiguiente, en su libertad. El plan de Morell era una sublevación total de los negros, la toma y el saqueo de Nueva Orleans y la ocupación de su territorio. Morell, despeñado y casi deshecho por la traición, meditaba una respuesta continental: una respuesta donde lo criminal se exaltaba hasta la redención y la historia. Se dirigió con ese fin a Natchez, donde era más profunda su fuerza. Copio su narración de ese viaje: “Caminé cuatro días antes de conseguir un caballo. El quinto hice alto en un riachuelo para abastecerme de agua y sestear. Yo estaba sentado en un leño, mirando el camino andado esas horas, cuando vi acercarse un jinete en un caballo oscuro de buena estampa. En cuanto lo avisté determiné quitarle el caballo. Me paré, le apunté con una hermosa pistola de rotación y le di la orden de apear. La ejecutó y yo tomé en la zurda las riendas y le mostré el riachuelo y le ordené que fuera caminando delante. Caminó unas doscientas varas y se detuvo. Le ordené que se desvistiera. Me dijo: ‘Ya que está resuelto a matarme, déjeme rezar antes de morir’. Le respondí que no tenía tiempo de oír sus oraciones. Cayó de rodillas y le descerrajé un balazo en la nuca. Le abrí de un tajo el vientre, le arranqué las vísceras y lo hundí en el riachuelo. Luego recorrí los bolsillos y encontré cuatrocientos dólares con treinta y siete centavos y una cantidad de papeles que no me demoré en revisar. Sus botas eran nuevas, flamantes, y me quedaban bien. Las mías, que estaban muy gastadas, las hundí en el riachuelo.
“Así obtuve el caballo que precisaba, para entrar en Natchez.”
La interrupción
Morell capitaneando puebladas negras que soñaban ahorcarlo, Morell ahorcado por ejércitos negros que soñaba capitanear —me duele confesar que la historia del Mississippi no aprovechó esas oportunidades suntuosas. Contrariamente a toda justicia poética (o simetría poética) tampoco el río de sus crímenes fue su tumba. El dos de enero de 1835, Lazarus Morell falleció de una congestión pulmonar en el hospital de Natchez, donde se había hecho internar bajo el nombre de Silas Buckley. Un compañero de la sala común lo reconoció. El dos y el cuatro, quisieron sublevarse los esclavos de ciertas plantaciones, pero los reprimieron sin mayor efusión de sangre.

Libro: Historia universal se la infamia 

Autor: Jorge Luis Borges

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​No se trataba para mí, desde luego, de usar la estúpida secuencia decimal que está de moda ahora en todo el mundo, en los periódicos amarillos sensacionalistas y en las investigaciones, tesis, congresos y mesas redondas del mundo académico; ahora han descubierto que cada década supone un cambio esencial en los modos de ser de las cosas (en primer lugar), de las personas, de la cultura, del arte, de la política y de la vida en general. Se habla de la década del sesenta o del ochenta como si fueran mundos separados entre sí por cientos de años luz. Los idiotas, como ya nada se mueve en el mundo y nada cambia en realidad, inventaron que cada década la gente se convierte en otra, cambia la música que escucha, la ropa que usa, la sexualidad, el peronismo, la educación, etc. La cultura de los ochenta, la política de los noventa, la estupidez de los setenta, y así se ordena y se periodiza en estos tiempos ridículos: todos creen que es verdad esa expresión y se lamentan por ser de los ochenta y ser vistos ahora, digamos, por ejemplo, en los noventa, como individuos románticos y medio yuppies, cuando en los noventa las personas son cínicas, conservadoras y escépticas. Antes por lo menos, cuando yo era joven, se periodizaba por siglos, el XVIII era el siglo de las luces, el siglo XIX era el del progreso, el positivismo, el culto a la máquina. Ahora los cambios en la civilización y en el espíritu absoluto se dan cada diez años, nos han hecho una rebaja en el supermercado de la historia. Nunca vi nada más ridículo; por ejemplo, se acusa a alguna persona de ser de los setenta, es decir, de creer en el socialismo, en la revolución. Algunos periodistas-estrella, que son el punto más bajo al que han llegado la inteligencia humana y la cultura actual en decadencia y sin remedio, han inventado los términos «ochentoso» o, peor aún y más feo, «sesentoso», o también «setentoso», como si fueran categorías de pensamiento, como quien dice el renacimiento italiano o el protestantismo anglosajón. Los imbéciles también razonan, aunque no se vea, con categorías, de ese modo disimulan su carencia total de materia gris y hablan como si fueran intelectuales y pensadores. 
Es insensato creer que la vida se divide en capítulos o en décadas o en segmentos definidos, todo es más confuso, hay cortes, interrupciones, pasajes, hechos decisivos a los que yo llamaría contratiempos, porque producen marchas y contramarchas en la temporalidad personal. Y se detuvo a beber de su copa de vino blanco. Contratiempo, ésa es la palabra que yo usaría para definir los momentos de corte en mi vivir, le dijo Renzi al barman, con un tono arisco pero educado y sincero. Y prosiguió luego de una pausa. Cuando fui echado a la calle por el ejército argentino, mi vida por supuesto cambió, pero no me di cuenta de eso, agregó mirando ahora con desconfianza su cara reflejada en el espejo que cubría la pared del bar, ante o, mejor, detrás de las botellas de whisky, de tequila, de vodka y de caña Legui, alineadas y semivacías o medio llenas que estaban frente a él. No, no me di cuenta, y fue recién al escribir los hechos –y sobre todo al leer años después lo que había escrito– que vislumbré la forma de mi experiencia, porque al escribir y al leer ya alineamos lo sucedido en una configuración ordenada dado que, nos guste o no, ya estamos sometiendo los acontecimientos a la estructura gramatical, que, por sí sola, tiende a la claridad y a la organización en bloques sintácticos.

Libro: Los diarios de Emilio Renzi   – Los años felices

Autor: Ricardo Piglia

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los que estaban  vivos y asustados  y los que estaban muertos (por Julian Barnes)

En la Rusia de Stalin no había compositores que escribiesen con una pluma entre los dientes. En lo sucesivo sólo habría dos clases de compositores: los que estaban  vivos y asustados  y los que estaban muertos.

Libro: El ruido del tiempo

Autor: Julian Barnes 

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Y saberlo no es ningún consuelo (por Roberto Bolaño)

​ – ¿Pero qué pretende usted? -preguntó un hombrecillo barbado y de pelambrera erizada que hasta entonces permanecía oculto en el otro extremo de la barra-. ¿Que nuestros ineptos gobernantes encima de todo nos metan en una carrera armamentista? ¿Vaciar las arcas del Estado? ¡Por el amor de Dios, estimado amigo, ya hay suficientes nazis en Europa!

   – Yo de nazis no sé nada. Lo único que digo es que los alemanes son un peligro para Francia y que los franceses debemos dejar de soñar y hacerles frente.

   – También la burguesía francesa es un peligro -terció el mecánico-, un peligro para nosotros, los trabajadores franceses.

   – Monsieur Pain no trabaja -dijo el ciego-. Ni yo. No podemos.

   – ¿Quieres hacer el favor de callarte, Jean-Luc? -rogó con paciencia Raoul-. Aquí, los señores, intentan discutir con fundamentos el destino de la patria.

   – Ah, la patria, dulce, dulce… -dijo Jean-Luc.

   – En cualquier caso los que luchan en el frente son los pobres, y los que padecen en la retaguardia, también. ¿No es así, monsieur Pain?
   – También mueren algunos oficiales, Robert.
   En verdad no recordaba haber visto muchos oficiales muertos. Las bombas, los gases, las enfermedades nos reventaban a nosotros, una tropa atemorizada y embrutecida compuesta de campesinos, obreros, pequeñoburgueses ilusos. No, no me gustaban las guerras. A los veintiún años me quemaron los dos pulmones en Verdún. Los médicos que me recogieron no supieron nunca cómo logré mantenerme con vida. Gracias a la voluntad, fue mi respuesta. Como si la voluntad tuviera algo que ver con la vida y sobre todo con la muerte. Ahora sé que fue gracias a la casualidad. Y saberlo no es ningún consuelo. 

Libro: Monsieur Pain

Autor: Roberto Bolaño 

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Nada digno de memoria

​César, después de la pretura, habiéndole cabido la España en el sorteo de las provincias, como al salir para ella se viese estrechado y hostigado de los acreedores, acudió a Craso, que era el más rico de los Romanos; pero necesitaba del grande influjo y ardimiento de César para su contienda en punto a gobierno con Pompeyo. Tomó, pues, Craso sobre sí el acallar a los acreedores más molestos e implacables, afianzando hasta en cantidad de ochocientos y treinta talentos; de este modo pudo aquél partir a su provincia. Dícese que pasando los Alpes, al atravesar sus amigos una aldea de aquellos bárbaros, poblada de pocos y miserables habitantes, dijeron con risa y burla: “¿Si habrá aquí también contiendas por el mando, intrigas sobre preferencias y envidias de los poderosos unos contra otros?” Y que César les respondió con viveza: “Pues yo más querría ser entre éstos el primero que entre los Romanos el segundo”. Del mismo modo se cuenta que en otra ocasión, hallándose desocupado en España, leía un escrito sobre las cosas de Alejandro, y se quedó pensativo largo rato, llegando hasta derramar lágrimas; y como se admirasen los amigos de lo que podría ser, les dijo: “¿Pues no os parece digno de pesar el que Alejandro de esta edad reinase ya sobre tantos pueblos, y que yo no haya hecho todavía nada digno de memoria?”

Libro: Vidas Paralelas

Autor: Plutarco

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Alejandro (por Plutarco)

I.- Habiéndonos propuesto escribir en este libro la vida de Alejandro y la de César, el que venció a Pompeyo, por la muchedumbre de hazañas de uno y otro, una sola cosa advertimos y rogamos a los lectores, y es que si no las referimos todas, ni aun nos detenemos con demasiada prolijidad en cada una de las más celebradas, sino que cortamos y suprimimos una gran parte, no por esto nos censuren y reprendan. Porque no escribimos historias, sino vidas; ni es en las acciones más ruidosas en las que se manifiestan la virtud o el vicio, sino que muchas veces un hecho de un momento, un dicho agudo y una niñería sirven más para pintar un carácter que batallas en que mueren millares de hombres, numerosos ejércitos y sitios de ciudades. Por tanto, así como los pintores toman para retratar las semejanzas del rostro y aquellas facciones en que más se manifiesta la índole y el carácter, cuidándose poco de todo lo demás, de la misma manera debe a nosotros concedérsenos el que atendamos más a los indicios del ánimo, y que por ellos dibujemos la vida de cada uno, dejando a otros los hechos de grande aparato y los combates.

(…)

V.- Tuvo que recibir y obsequiar, hallándose ausente Filipo, a unos embajadores que vinieron de parte del rey de Persia, y se les hizo tan amigo con su buen trato, y con no hacerles ninguna pregunta infantil o que pudiera parecer frívola, sino sobre la distancia de unos lugares a otros, sobre el modo de viajar, sobre el rey mismo, y cuál era su disposición para con los enemigos y cuál la fuerza y poder de los Persas, que se quedaron admirados, y no tuvieron en nada la celebrada sagacidad de Filipo, comparada con los conatos y pensamientos elevados del hijo. Cuantas veces venía noticia de que Filipo había tomado alguna ciudad ilustre o había vencido en alguna memorable batalla, no se mostraba alegre al oírla, sino que solía decir a los de su edad: “¿Será posible, amigos, que mi padre se anticipe a tomarlo todo y no nos deje a nosotros nada brillante y glorioso en que podamos acreditarnos?” Pues que no codiciando placeres ni riquezas, sino sólo mérito y gloria, le parecía que cuanto más le dejara ganado el padre menos le quedarla a él que vencer: y creyendo por lo mismo que en cuanto se aumentaba el Estado, en otro tanto decrecían sus futuras hazañas, lo que deseaba era, no riquezas, ni regalos, ni placeres, sino un imperio que le ofreciera combates, guerras y acrecentamientos de gloria. Eran muchos, como se deja conocer, los destinados a su asistencia, con los nombres de nutricios, ayos y maestros, a todos los cuales presidía Leónidas, varón austero en sus costumbres y pariente de Olimpíade; pero como no gustase de la denominación de ayo, sin embargo de significar una ocupación honesta y recomendable, era llamado por todos los demás, a causa de su dignidad y parentesco, nutricio y director de Alejandro; y el que tenía todo el aire y aparato de ayo era Lisímaco, natural de Acarnania; el cual, a pesar de que consistía toda su crianza en darse a sí mismo el nombre de Fénix, a Alejandro el de Aquiles y a Filipo el de Peleo, agradaba mucho con esta simpleza, y tenía el segundo lugar.

VI.- Trajo un Tésalo llamado Filonico el caballo Bucéfalo para venderlo a Filipo en trece talentos, y, habiendo bajado a un descampado para probarlo, pareció áspero y enteramente indómito, sin admitir jinete ni sufrir la voz de ninguno de los que acompañaban a Filipo, sino que a todos se les ponía de manos. Desagradóle a Filipo, y dio orden de que se lo llevaran por ser fiero e indócil; pero Alejandro, que se hallaba presente: “¡Qué caballo pierden- dijo-, sólo por no tener conocimiento ni resolución para manejarle!” Filipo al principio calló; mas habiéndolo repetido, lastimándose de ello muchas veces: “Increpas- le replicó- a los que tienen más años que tú, como si supieras o pudieras manejar mejor el caballo”; a lo que contestó: “Este ya se ve que lo manejaré mejor que nadie”. “Si no salieres con tu intento- continuó el padre- ¿cuál ha de ser la pena de tu temeridad?” “Por Júpiter- dijo-, pagaré el precio del caballo”. Echáronse a reír, y, convenidos en la cantidad, marchó al punto adonde estaba el caballo, tomóle por las riendas y, volviéndole, le puso frente al sol, pensando, según parece, que el caballo, por ver su sombra, que caía y se movía junto a sí, era por lo que se inquietaba. Pasóle después la mano y le halagó por un momento, y viendo que tenía fuego y bríos, se quitó poco a poco el manto, arrojándolo al suelo, y de un salto montó en él sin dificultad. Tiró un poco al principio del freno, y sin castigarle ni aun tocarle le hizo estarse quedo. Cuando ya vio que no ofrecía riesgo, aunque hervía por correr, le dio rienda y le agitó usando de voz fuerte y aplicándole los talones. Filipo y los que con él estaban tuvieron al principio mucho cuidado y se quedaron en silencio; pero cuando le dio la vuelta con facilidad y soltura, mostrándose contento y alegre, todos los demás prorrumpieron en voces de aclamación; mas del padre se refiere que lloró de gozo, y que besándole en la cabeza luego que se apeó: “Busca, hijo mío- le dijo-, un reino igual a ti, porque en la Macedonia no cabes”.

Libro: Vidas Paralelas (Alejandro – Cesar)

Autor: Plutarco

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Estábamos perdidos, si no hubiésemos estado perdidos

​Temístocles se refiere que, cuando ya se miraba engrandecido y obsequiado de muchos, teniendo un día un gran festín, habló así a sus hijos: “Estábamos perdidos, hijos míos, si no hubiésemos estado perdidos”. 

Libro: Vidas Paralelas

Autor: Plutarco

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Las retras de Licurgo (por Plutarco)

​No dio Licurgo leyes escritas, y artes era ésta una de las llamadas retras; porque creía que lo más esencial y poderoso para la felicidad de la ciudad y para la virtud estaba cimentado en las costumbres y aficiones de los ciudadanos, con lo que permanecía inmoble, teniendo un vínculo más fuerte todavía que el de la necesidad, en el propósito firme y seguro del ánimo y en la disposición que produce en los jóvenes para cada cosa la educación preparada por el legislador. Para los tratos de poca entidad y de intereses, que según los casos ocurren ya de un modo o ya de otro, creyó ser lo mejor no circunscribirlos con la necesidad que inducen la escritura y los usos invariables, sino dejarlos para que los así educados juzguen de ellos según las circunstancias, que añaden o quitan; porque todo el negocio de la legislación lo hizo consistir en la crianza o educación. Era, pues, una de las retras, como se ha dicho, no usar de leyes escritas. Otra contra el lujo era la de que toda casa tuviera la armazón del tejado labrada de hacha, y las puertas de sola la sierra, sin otro instrumento; pues lo que después dijo Epaminondas de su mesa, “este convite no admite traición”, esto mismo lo había pensado antes Licurgo: “esta casa no consiente profusión y lujo”. Nadie a la verdad sería tan simple y menguado que en una casa pobre y popular fuese a poner o lechos con pies de plata, o alfombras brillantes, o vajilla de oro, u otra cosa de lujo consiguiente a éstas, sino que era preciso que a la casa correspondiese el lecho, a éste los paños, y a los paños todo el demás menaje y prevenciones. De este modo de vivir nació el que Leotíquidas el mayor, comiendo en Corinto, como viese que la armazón del techo de la casa era muy preciosa y artesonada, hubiera preguntado al huésped si entre ellos nacían escuadreados los maderos. Otra tercera retra refiérese de Licurgo, que era la que prohibía hacer guerra a los mismos enemigos, para que no se hagan guerreros con la costumbre de defenderse muchas veces; y esto fue de lo que tiempo adelante acusaron principalmente al rey Agesilao, porque con sus repetidas y multiplicadas incursiones y guerras en la Beocia había hecho contrarios dignos de los Lacedemonios a los Tebanos; y por lo mismo, viéndole herido Antálcidas, le dijo: “Éste es el premio con que los Tebanos te pagan su aprendizaje, pues no sabiendo ni queriendo pelear, tú se lo has enseñado”. A estos establecimientos les dio Licurgo el nombre de retras, como decretados por los Dioses y como sus oráculos.

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Haciéndose valiente por miedo (por Plutarco)

Esto es cuanto digno de memoria hemos podido recoger acerca de Rómulo y Teseo. Parece, pues, en primer lugar, que éste por elección propia, sin ser precisada de nadie y pudiendo reinar quietamente en Trecene, donde heredaría una autoridad nada oscura, se consagró espontáneamente a grandes empresas; cuando aquel, colocado entre el temor de la esclavitud presente y el del castigo que le amenazaba, haciéndose valiente por miedo, según aquello de Platón, se vio precisado, por evitar el peligro extremo, a arrojarse a cosas grandes.

Libro: Vidas paralelas (Teseo, Rómulo, Licurgo, Numa, Solón, Publícola, Temístocles, Camilo)
Autor: Plutarco

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Si las olas se pusiesen a reflexionar (E.M.Cioran)

 

Si las olas se pusiesen a reflexionar, creerían que avanzan, que tienen una meta, que progresan, que obran en bien del Mar, y no se privarían de elaborar una filosofía tan necia como su celo.

Libro: Desgarradura

Autor: Emile M. Cioran

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