​No se trataba para mí, desde luego, de usar la estúpida secuencia decimal que está de moda ahora en todo el mundo, en los periódicos amarillos sensacionalistas y en las investigaciones, tesis, congresos y mesas redondas del mundo académico; ahora han descubierto que cada década supone un cambio esencial en los modos de ser de las cosas (en primer lugar), de las personas, de la cultura, del arte, de la política y de la vida en general. Se habla de la década del sesenta o del ochenta como si fueran mundos separados entre sí por cientos de años luz. Los idiotas, como ya nada se mueve en el mundo y nada cambia en realidad, inventaron que cada década la gente se convierte en otra, cambia la música que escucha, la ropa que usa, la sexualidad, el peronismo, la educación, etc. La cultura de los ochenta, la política de los noventa, la estupidez de los setenta, y así se ordena y se periodiza en estos tiempos ridículos: todos creen que es verdad esa expresión y se lamentan por ser de los ochenta y ser vistos ahora, digamos, por ejemplo, en los noventa, como individuos románticos y medio yuppies, cuando en los noventa las personas son cínicas, conservadoras y escépticas. Antes por lo menos, cuando yo era joven, se periodizaba por siglos, el XVIII era el siglo de las luces, el siglo XIX era el del progreso, el positivismo, el culto a la máquina. Ahora los cambios en la civilización y en el espíritu absoluto se dan cada diez años, nos han hecho una rebaja en el supermercado de la historia. Nunca vi nada más ridículo; por ejemplo, se acusa a alguna persona de ser de los setenta, es decir, de creer en el socialismo, en la revolución. Algunos periodistas-estrella, que son el punto más bajo al que han llegado la inteligencia humana y la cultura actual en decadencia y sin remedio, han inventado los términos «ochentoso» o, peor aún y más feo, «sesentoso», o también «setentoso», como si fueran categorías de pensamiento, como quien dice el renacimiento italiano o el protestantismo anglosajón. Los imbéciles también razonan, aunque no se vea, con categorías, de ese modo disimulan su carencia total de materia gris y hablan como si fueran intelectuales y pensadores. 
Es insensato creer que la vida se divide en capítulos o en décadas o en segmentos definidos, todo es más confuso, hay cortes, interrupciones, pasajes, hechos decisivos a los que yo llamaría contratiempos, porque producen marchas y contramarchas en la temporalidad personal. Y se detuvo a beber de su copa de vino blanco. Contratiempo, ésa es la palabra que yo usaría para definir los momentos de corte en mi vivir, le dijo Renzi al barman, con un tono arisco pero educado y sincero. Y prosiguió luego de una pausa. Cuando fui echado a la calle por el ejército argentino, mi vida por supuesto cambió, pero no me di cuenta de eso, agregó mirando ahora con desconfianza su cara reflejada en el espejo que cubría la pared del bar, ante o, mejor, detrás de las botellas de whisky, de tequila, de vodka y de caña Legui, alineadas y semivacías o medio llenas que estaban frente a él. No, no me di cuenta, y fue recién al escribir los hechos –y sobre todo al leer años después lo que había escrito– que vislumbré la forma de mi experiencia, porque al escribir y al leer ya alineamos lo sucedido en una configuración ordenada dado que, nos guste o no, ya estamos sometiendo los acontecimientos a la estructura gramatical, que, por sí sola, tiende a la claridad y a la organización en bloques sintácticos.

Libro: Los diarios de Emilio Renzi   – Los años felices

Autor: Ricardo Piglia

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los que estaban  vivos y asustados  y los que estaban muertos (por Julian Barnes)

En la Rusia de Stalin no había compositores que escribiesen con una pluma entre los dientes. En lo sucesivo sólo habría dos clases de compositores: los que estaban  vivos y asustados  y los que estaban muertos.

Libro: El ruido del tiempo

Autor: Julian Barnes 

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Y saberlo no es ningún consuelo (por Roberto Bolaño)

​ – ¿Pero qué pretende usted? -preguntó un hombrecillo barbado y de pelambrera erizada que hasta entonces permanecía oculto en el otro extremo de la barra-. ¿Que nuestros ineptos gobernantes encima de todo nos metan en una carrera armamentista? ¿Vaciar las arcas del Estado? ¡Por el amor de Dios, estimado amigo, ya hay suficientes nazis en Europa!

   – Yo de nazis no sé nada. Lo único que digo es que los alemanes son un peligro para Francia y que los franceses debemos dejar de soñar y hacerles frente.

   – También la burguesía francesa es un peligro -terció el mecánico-, un peligro para nosotros, los trabajadores franceses.

   – Monsieur Pain no trabaja -dijo el ciego-. Ni yo. No podemos.

   – ¿Quieres hacer el favor de callarte, Jean-Luc? -rogó con paciencia Raoul-. Aquí, los señores, intentan discutir con fundamentos el destino de la patria.

   – Ah, la patria, dulce, dulce… -dijo Jean-Luc.

   – En cualquier caso los que luchan en el frente son los pobres, y los que padecen en la retaguardia, también. ¿No es así, monsieur Pain?
   – También mueren algunos oficiales, Robert.
   En verdad no recordaba haber visto muchos oficiales muertos. Las bombas, los gases, las enfermedades nos reventaban a nosotros, una tropa atemorizada y embrutecida compuesta de campesinos, obreros, pequeñoburgueses ilusos. No, no me gustaban las guerras. A los veintiún años me quemaron los dos pulmones en Verdún. Los médicos que me recogieron no supieron nunca cómo logré mantenerme con vida. Gracias a la voluntad, fue mi respuesta. Como si la voluntad tuviera algo que ver con la vida y sobre todo con la muerte. Ahora sé que fue gracias a la casualidad. Y saberlo no es ningún consuelo. 

Libro: Monsieur Pain

Autor: Roberto Bolaño 

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Nada digno de memoria

​César, después de la pretura, habiéndole cabido la España en el sorteo de las provincias, como al salir para ella se viese estrechado y hostigado de los acreedores, acudió a Craso, que era el más rico de los Romanos; pero necesitaba del grande influjo y ardimiento de César para su contienda en punto a gobierno con Pompeyo. Tomó, pues, Craso sobre sí el acallar a los acreedores más molestos e implacables, afianzando hasta en cantidad de ochocientos y treinta talentos; de este modo pudo aquél partir a su provincia. Dícese que pasando los Alpes, al atravesar sus amigos una aldea de aquellos bárbaros, poblada de pocos y miserables habitantes, dijeron con risa y burla: “¿Si habrá aquí también contiendas por el mando, intrigas sobre preferencias y envidias de los poderosos unos contra otros?” Y que César les respondió con viveza: “Pues yo más querría ser entre éstos el primero que entre los Romanos el segundo”. Del mismo modo se cuenta que en otra ocasión, hallándose desocupado en España, leía un escrito sobre las cosas de Alejandro, y se quedó pensativo largo rato, llegando hasta derramar lágrimas; y como se admirasen los amigos de lo que podría ser, les dijo: “¿Pues no os parece digno de pesar el que Alejandro de esta edad reinase ya sobre tantos pueblos, y que yo no haya hecho todavía nada digno de memoria?”

Libro: Vidas Paralelas

Autor: Plutarco

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Alejandro (por Plutarco)

I.- Habiéndonos propuesto escribir en este libro la vida de Alejandro y la de César, el que venció a Pompeyo, por la muchedumbre de hazañas de uno y otro, una sola cosa advertimos y rogamos a los lectores, y es que si no las referimos todas, ni aun nos detenemos con demasiada prolijidad en cada una de las más celebradas, sino que cortamos y suprimimos una gran parte, no por esto nos censuren y reprendan. Porque no escribimos historias, sino vidas; ni es en las acciones más ruidosas en las que se manifiestan la virtud o el vicio, sino que muchas veces un hecho de un momento, un dicho agudo y una niñería sirven más para pintar un carácter que batallas en que mueren millares de hombres, numerosos ejércitos y sitios de ciudades. Por tanto, así como los pintores toman para retratar las semejanzas del rostro y aquellas facciones en que más se manifiesta la índole y el carácter, cuidándose poco de todo lo demás, de la misma manera debe a nosotros concedérsenos el que atendamos más a los indicios del ánimo, y que por ellos dibujemos la vida de cada uno, dejando a otros los hechos de grande aparato y los combates.

(…)

V.- Tuvo que recibir y obsequiar, hallándose ausente Filipo, a unos embajadores que vinieron de parte del rey de Persia, y se les hizo tan amigo con su buen trato, y con no hacerles ninguna pregunta infantil o que pudiera parecer frívola, sino sobre la distancia de unos lugares a otros, sobre el modo de viajar, sobre el rey mismo, y cuál era su disposición para con los enemigos y cuál la fuerza y poder de los Persas, que se quedaron admirados, y no tuvieron en nada la celebrada sagacidad de Filipo, comparada con los conatos y pensamientos elevados del hijo. Cuantas veces venía noticia de que Filipo había tomado alguna ciudad ilustre o había vencido en alguna memorable batalla, no se mostraba alegre al oírla, sino que solía decir a los de su edad: “¿Será posible, amigos, que mi padre se anticipe a tomarlo todo y no nos deje a nosotros nada brillante y glorioso en que podamos acreditarnos?” Pues que no codiciando placeres ni riquezas, sino sólo mérito y gloria, le parecía que cuanto más le dejara ganado el padre menos le quedarla a él que vencer: y creyendo por lo mismo que en cuanto se aumentaba el Estado, en otro tanto decrecían sus futuras hazañas, lo que deseaba era, no riquezas, ni regalos, ni placeres, sino un imperio que le ofreciera combates, guerras y acrecentamientos de gloria. Eran muchos, como se deja conocer, los destinados a su asistencia, con los nombres de nutricios, ayos y maestros, a todos los cuales presidía Leónidas, varón austero en sus costumbres y pariente de Olimpíade; pero como no gustase de la denominación de ayo, sin embargo de significar una ocupación honesta y recomendable, era llamado por todos los demás, a causa de su dignidad y parentesco, nutricio y director de Alejandro; y el que tenía todo el aire y aparato de ayo era Lisímaco, natural de Acarnania; el cual, a pesar de que consistía toda su crianza en darse a sí mismo el nombre de Fénix, a Alejandro el de Aquiles y a Filipo el de Peleo, agradaba mucho con esta simpleza, y tenía el segundo lugar.

VI.- Trajo un Tésalo llamado Filonico el caballo Bucéfalo para venderlo a Filipo en trece talentos, y, habiendo bajado a un descampado para probarlo, pareció áspero y enteramente indómito, sin admitir jinete ni sufrir la voz de ninguno de los que acompañaban a Filipo, sino que a todos se les ponía de manos. Desagradóle a Filipo, y dio orden de que se lo llevaran por ser fiero e indócil; pero Alejandro, que se hallaba presente: “¡Qué caballo pierden- dijo-, sólo por no tener conocimiento ni resolución para manejarle!” Filipo al principio calló; mas habiéndolo repetido, lastimándose de ello muchas veces: “Increpas- le replicó- a los que tienen más años que tú, como si supieras o pudieras manejar mejor el caballo”; a lo que contestó: “Este ya se ve que lo manejaré mejor que nadie”. “Si no salieres con tu intento- continuó el padre- ¿cuál ha de ser la pena de tu temeridad?” “Por Júpiter- dijo-, pagaré el precio del caballo”. Echáronse a reír, y, convenidos en la cantidad, marchó al punto adonde estaba el caballo, tomóle por las riendas y, volviéndole, le puso frente al sol, pensando, según parece, que el caballo, por ver su sombra, que caía y se movía junto a sí, era por lo que se inquietaba. Pasóle después la mano y le halagó por un momento, y viendo que tenía fuego y bríos, se quitó poco a poco el manto, arrojándolo al suelo, y de un salto montó en él sin dificultad. Tiró un poco al principio del freno, y sin castigarle ni aun tocarle le hizo estarse quedo. Cuando ya vio que no ofrecía riesgo, aunque hervía por correr, le dio rienda y le agitó usando de voz fuerte y aplicándole los talones. Filipo y los que con él estaban tuvieron al principio mucho cuidado y se quedaron en silencio; pero cuando le dio la vuelta con facilidad y soltura, mostrándose contento y alegre, todos los demás prorrumpieron en voces de aclamación; mas del padre se refiere que lloró de gozo, y que besándole en la cabeza luego que se apeó: “Busca, hijo mío- le dijo-, un reino igual a ti, porque en la Macedonia no cabes”.

Libro: Vidas Paralelas (Alejandro – Cesar)

Autor: Plutarco

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Estábamos perdidos, si no hubiésemos estado perdidos

​Temístocles se refiere que, cuando ya se miraba engrandecido y obsequiado de muchos, teniendo un día un gran festín, habló así a sus hijos: “Estábamos perdidos, hijos míos, si no hubiésemos estado perdidos”. 

Libro: Vidas Paralelas

Autor: Plutarco

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Las retras de Licurgo (por Plutarco)

​No dio Licurgo leyes escritas, y artes era ésta una de las llamadas retras; porque creía que lo más esencial y poderoso para la felicidad de la ciudad y para la virtud estaba cimentado en las costumbres y aficiones de los ciudadanos, con lo que permanecía inmoble, teniendo un vínculo más fuerte todavía que el de la necesidad, en el propósito firme y seguro del ánimo y en la disposición que produce en los jóvenes para cada cosa la educación preparada por el legislador. Para los tratos de poca entidad y de intereses, que según los casos ocurren ya de un modo o ya de otro, creyó ser lo mejor no circunscribirlos con la necesidad que inducen la escritura y los usos invariables, sino dejarlos para que los así educados juzguen de ellos según las circunstancias, que añaden o quitan; porque todo el negocio de la legislación lo hizo consistir en la crianza o educación. Era, pues, una de las retras, como se ha dicho, no usar de leyes escritas. Otra contra el lujo era la de que toda casa tuviera la armazón del tejado labrada de hacha, y las puertas de sola la sierra, sin otro instrumento; pues lo que después dijo Epaminondas de su mesa, “este convite no admite traición”, esto mismo lo había pensado antes Licurgo: “esta casa no consiente profusión y lujo”. Nadie a la verdad sería tan simple y menguado que en una casa pobre y popular fuese a poner o lechos con pies de plata, o alfombras brillantes, o vajilla de oro, u otra cosa de lujo consiguiente a éstas, sino que era preciso que a la casa correspondiese el lecho, a éste los paños, y a los paños todo el demás menaje y prevenciones. De este modo de vivir nació el que Leotíquidas el mayor, comiendo en Corinto, como viese que la armazón del techo de la casa era muy preciosa y artesonada, hubiera preguntado al huésped si entre ellos nacían escuadreados los maderos. Otra tercera retra refiérese de Licurgo, que era la que prohibía hacer guerra a los mismos enemigos, para que no se hagan guerreros con la costumbre de defenderse muchas veces; y esto fue de lo que tiempo adelante acusaron principalmente al rey Agesilao, porque con sus repetidas y multiplicadas incursiones y guerras en la Beocia había hecho contrarios dignos de los Lacedemonios a los Tebanos; y por lo mismo, viéndole herido Antálcidas, le dijo: “Éste es el premio con que los Tebanos te pagan su aprendizaje, pues no sabiendo ni queriendo pelear, tú se lo has enseñado”. A estos establecimientos les dio Licurgo el nombre de retras, como decretados por los Dioses y como sus oráculos.

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Haciéndose valiente por miedo (por Plutarco)

Esto es cuanto digno de memoria hemos podido recoger acerca de Rómulo y Teseo. Parece, pues, en primer lugar, que éste por elección propia, sin ser precisada de nadie y pudiendo reinar quietamente en Trecene, donde heredaría una autoridad nada oscura, se consagró espontáneamente a grandes empresas; cuando aquel, colocado entre el temor de la esclavitud presente y el del castigo que le amenazaba, haciéndose valiente por miedo, según aquello de Platón, se vio precisado, por evitar el peligro extremo, a arrojarse a cosas grandes.

Libro: Vidas paralelas (Teseo, Rómulo, Licurgo, Numa, Solón, Publícola, Temístocles, Camilo)
Autor: Plutarco

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Si las olas se pusiesen a reflexionar (E.M.Cioran)

 

Si las olas se pusiesen a reflexionar, creerían que avanzan, que tienen una meta, que progresan, que obran en bien del Mar, y no se privarían de elaborar una filosofía tan necia como su celo.

Libro: Desgarradura

Autor: Emile M. Cioran

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Señor, deme tres francos y, si lo desea, le explicaré como fue la cosa en Waterloo (por Victor Hugo

Bauduin muerto; Foy herido; el incendio, la matanza, la carnicería, un arroyo de sangre inglesa, sangre alemana, sangre francesa,  furiosamente mezcladas; un pozo lleno de cadáveres, el regimiento de Nassau y el regimiento de Brunswick destruidos; Duplat muerto, Blackman muerto; la guardia inglesa, mutilada; veinte batallones franceses de los cuarenta del cuerpo de Reille, diezmados; tres mil hombres solo en aquellas ruinas de Hougomont, muertos a sablazos, acuchillados, degollados, fusilados, quemados; y todo esto para que hoy un campesino diga al viajero: “Señor, deme tres francos y, si lo desea, le explicaré como fue la cosa en Waterloo.”

Libro: Los Miserables

Autor: Victor Hugo

Página 328

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La bondad y la indulgencia me salvaron (por Victor Hugo)

Yo, mirando por mi propio interés, me he ocultado largo tiempo con otro nombre; he llegado a ser rico; me han hecho alcalde; he querido vivir entre los hombres honrados, mas parece que esto es ya imposible. Hay muchas cosas que no puedo decir ahora: no puedo contaros mi vida; algún día se sabrá. He robado al señor obispo, es verdad; he robado a Gervasillo, también es verdad. Habéis tenido razón al decir que Juan Valjean era muy malvado; pero la falta no es toda suya. Creedme, señores jueces, un hombre tan humillado como yo no debe quejarse de la Providencia ni aconsejar a la sociedad; pero la infamia de que había querido salir es muy grande, el presidio hace al presidiario. Reflexionad sobre esto, si queréis. Antes de ir a presidio era un pobre aldeano muy poco inteligente, una especie de idiota: el presidio me transformó. Era estúpido, me hice malvado; era un pedazo de leño, me hice un tizón. La bondad y la indulgencia me salvaron de la perdición a que me había arrastrado la severidad. 
Libro: Los miserables
Autor: Victor Hugo

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La intensidad de la quietud (por Emmanuel Carrère)

La encuentro hermosa, sexy, tierna, me maravilla la quietud de nuestro amor y la intensidad de esta quietud. A su lado sé dónde estoy. Se me hace insoportable la idea de perderla, pero por primera vez en mi vida pienso que lo que pudiera arrebatármela, o arrebatarme a ella sería un accidente, una enfermedad, algo que nos viniera desde el exterior, y no la insatisfacción, la fatiga, el deseo de novedad. Es imprudente decir esto, pero, la verdad, no lo creo. Sé muy bien, por supuesto, que si logramos durar habrá crisis, instantes de desaliento, tormentas, que el deseo se agotará y buscará en otra parte, pero creo que aguantaremos, que uno de los dos cerrará los ojos del otro. Nada, en todo caso, me parece más deseable.

Libro: Vidas ajenas

Autor: Emmanuel Carrère

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El mundo nunca se repone de un acto (por Gilbert K. Chesterton)

El mundo cambia –dijo Grock–, no por lo que se dice o por lo que se reprueba o alaba, sino por lo que se hace. El mundo nunca se repone de un acto.

Cuento: Los tres jinetes del Apocalipsis

Autor: Gilbert K. Chesterton

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Leer con incredulidad los periódicos (por Jorge Luis Borges)

“Let the People Think”  es el título de una selección de los ensayos de Bertrand Russell. Wells, en la obra cuyo comentario he esbozado, nos insta a repensar la historia del mundo sin preferencia de carácter geográfico, económico o étnico; Russell también dispensa consejos de universalidad. En el tercer artículo – “Free thought and oficial propaganda”- propone que las escuelas primarias enseñen el arte de leer con incredulidad los periódicos. Entiendo que esa disciplina socrática no sería inútil. De las personas que conozco, muy pocas la deletrean siquiera. Se dejan embaucar por artificios tipográficos o sintácticos; piensan que un hecho ha acontecido porque está impreso en grandes letras negras; confunden la verdad con el cuerpo doce; no quieren entender que la afirmación: “Todas las tentativas del agresor para avanzar más allá de B han fracasado de manera sangrienta” es un mero eufemismo para admitir la pérdida de B. Peor aún: ejercen una especie de magia, piensan que formular un temor es colaborar con el enemigo… Russell propone que el Estado trate de inmunizar a los hombres contra esas agüerías, y esos sofismas.
Por ejemplo sugiere que los alumnos estudien las últimas derrotas de Napoleón, a través de los boletines del Moniteur, ostensiblemente triunfales. Planea deberes como éste: una vez estudiada en textos ingleses la historia de la guerra con Francia, reescribir esa historia desde el punto de vista francés. Nuestros “nacionalistas” ya ejercen ese método paradójico: enseñan la historia argentina desde un punto de vista español, cuando no quichua o querandí.
De los otros artículos, no es el menos certero el que se titula “Genealogía del fascismo”. El autor empieza por observar que los hechos políticos proceden de especulaciones muy anteriores y que suele mediar mucho tiempo entre la divulgación de una doctrina y su aplicación. Así es: la “actualidad candente”. Que nos exaspera o exalta y que con alguna frecuencia nos aniquila, no es otra cosa que una reverberación imperfecta de viejas discusiones.”
“De ahí que el verdadero intelectual rehuya los debates contemporáneos: la realidad es siempre anacrónica.”

Libro: Otras Inquisiciones

Autor: Jorge Luis Borges

transcripción aquí

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EN LA SALA DE LECTURAS DEL INFIERNO (por Roberto Bolaño)

En la sala de lecturas del Infierno En el club

de aficionados a la ciencia-ficción

En los patios escarchados En los dormitorios de tránsito

En los caminos de hielo Cuando ya todo parece más claro

Y cada instante es mejor y menos importante

Con un cigarrillo en la boca y con miedo A veces

los ojos verdes Y 26 años Un servidor

Libro: Los perros románticos

Autor: Roberto Bolaño

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